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Información para decidir con libertad

La democracia no es un examen de admisión

La meritocracia parte de una promesa atractiva: que las oportunidades dependan de las capacidades y no de los apellidos, los contactos o los privilegios. Sin embargo, muchas veces olvidamos que no todos tuvieron las mismas oportunidades para demostrar de qué son capaces.

Solemos confundir el talento con las credenciales que nos permiten reconocerlo, elogiando a quien tiene el título o la experiencia, pero no siempre nos preguntamos que obstáculos tuvieron que superar para lograrlo. Valoramos la seguridad al hablar, el dominio de ciertos códigos y la facilidad para moverse dentro de una estructura; y por supuesto que son habilidades útiles, pero no son las únicas que importan. Esas habilidades se aprenden en determinados entornos,  familias, escuelas, círculos sociales o experiencias que no están al alcance de todos. Rara vez dependen solo del esfuerzo individual, muchas se heredan o se absorben en una educación tácita sin darnos cuenta.

En la participación ciudadana pasa algo parecido. Se presenta como una puerta abierta, pero atravesar requiere tiempo, recursos, contactos, conocimientos y mucha paciencia que no están repartidos por igual. Quien domina el lenguaje institucional muchas veces tiene ventaja sobre quien conoce el problema de primera mano y no sabe cómo convertir su experiencia en una propuesta que la institución reconozca. Así, invitamos a todos a participar y terminamos escuchando a quienes ya sabían cómo funciona el sistema.

El mérito importa, sin duda alguna, hay propuestas mejores que otras y funciones que exigen preparación, y las responsabilidades deben asignarse con criterios claros. El reto está en aprender a reconocerlo cuando no viene en el formato que esperamos. Hay mérito en quien sostiene una organización comunitaria sin presupuesto, en quien conoce un problema porque lo vive todos los días, en quien resuelve sin saber cómo se llama técnicamente lo que hace. Ese mérito rara vez aparece en un currículum, y por eso casi nunca llega a la mesa.

Eso exige distinguir entre abrir una puerta y construir las condiciones para cruzarla, exige dejar de confundir la falta de experiencia institucional con la falta de capacidad, y la familiaridad con las reglas con el mérito mismo. Una democracia sana reconoce el mérito sin convertir las desigualdades de origen en desigualdades permanentes de participación.

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