Zavel Castro
En el célebre ensayo Una habitación propia, Virginia Woolf reflexionó acerca de las condiciones materiales e ideológicas que inhibían la producción literaria de las mujeres en Europa alrededor de 1929. Resulta impactante reconocer la vigencia de las circunstancias que perpetúan la disparidad de oportunidades creativas y profesionales para las identidades femeninas y feminizadas, así como su persistencia en la mayoría de los ámbitos artísticos e intelectuales de nuestro entorno cultural. Si bien comprendo la complejidad de la diversidad, en este texto me limitaré a abordar la desventaja de las identidades femeninas ante quienes históricamente ha privilegiado el sistema artístico.
En el caso del teatro, encuentro que tanto la precariedad como los criterios de valoración empleados por la mayoría de los críticos, periodistas y divulgadores para determinar la calidad de las obras, constituyen dos factores de peso que perjudican a las creadoras escénicas frente a las masculinidades. Quiero concentrarme en los estándares de evaluación con el ánimo de propiciar una discusión acerca de la dificultad de emitir juicios y de la responsabilidad que implica asumir esta tarea.
En este punto, conviene recordar la manera en que Woolf concebía el ejercicio de calificar las obras artísticas, una práctica que, desde entonces, se suele confundir con la función primordial de la crítica. Para la autora, emitir juicios constituía un pasatiempo inútil, pues una misma obra se podía considerar al mismo tiempo ‘la mejor’ y ‘la peor’, según el gusto del medidor. De ahí que las valoraciones dirigidas a determinar su valor le parecieran, en el fondo, irrelevantes. El ensayo es contundente al expresar su animadversión tanto hacia quienes se dedicaban a emitir esos dictámenes como hacia quienes se sometían a ellos, una actitud que consideraba profundamente servil.
El cuestionamiento de Woolf acerca de los mecanismos mediante los cuales se reconoce y legitima el valor artístico permite abrir una discusión más amplia sobre los parámetros que intervienen en esta tarea. ¿Qué determina que una obra se considere mejor que otra? ¿Sobre qué principios se definen la genialidad, la maestría y la excelencia? ¿A quiénes les concedemos el derecho a decidirlo? En el campo teatral, éstas y muchas otras preguntas legítimas suelen quedar relegadas, incluso entre quienes han leído el ensayo citado, frente a la necesidad de que una voz autorizada asigne valor a su trabajo y ante el temor de perder la promesa de reconocimiento de quienes ejercen esa función.
El núcleo del texto apunta a que, históricamente, la facultad de determinar el valor de las obras artísticas ha recaído en los varones, quienes han empleado ese poder simbólico para exaltar las creaciones de sus congéneres en detrimento de las realizadas por mujeres. En este sentido, la autora señala que ha sido necesario insistir en la supuesta inferioridad artística femenina porque, de no presentarlas de ese modo, los hombres perderían una de las condiciones que les permiten engrandecerse a sí mismos.
Conviene examinar la crítica teatral vigente para observar con qué tono, mediante qué adjetivos y bajo qué criterios se valoran las obras hechas por mujeres, en comparación con los que se utilizan para juzgar las creaciones masculinas. Después de varios años dedicada a este ejercicio, puedo afirmar que, al menos en México, el sistema tiende a premiar y encumbrar con mayor facilidad, e incluso con cierta ligereza, las obras escritas, dirigidas y protagonizadas por hombres, mientras que los aciertos de las mujeres se suelen minimizar, poner en duda o atribuir, de algún modo, a la intervención de un varón.
A propósito, recuerdo algunos casos, como una crítica firmada por un prestigioso dramaturgo que ponderaba el talento inconmensurable de una actriz, directora y dramaturga, siempre que cayera en manos de un director solvente. En otra ocasión encontré una nota que cuestionaba el discurso feminista de una obra mientras el periodista explicaba en qué consistía realmente el feminismo y qué decisiones escénicas habría debido tomar. Esta misma semana vi en redes un video en que un divulgador recomendaba una obra, elogiando al director y al responsable del vestuario, mientras omitía cualquier reconocimiento a la actriz que la protagoniza. Podría enumerar muchos casos semejantes. Todos parecen confirmar la persistencia del mecanismo que Woolf denunciaba hace un siglo.
*Zavel Castro. Historiadora, crítica y curadora de artes escénicas. Fundadora de la plataforma de crítica Aplaudir de Pie. Miembro de la mesa directiva de la Red Latinoamericana para el Desarrollo de Públicos. Imparte talleres independientes de crítica teatral desde un enfoque en el que dialogan diversas perspectivas y disciplinas, proponiendo una práctica alternativa a los modelos tradicionales del periodismo cultural.
@ZavelCastro
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