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Más allá del vecino

Algo ha hecho bien Canadá. No es sólo que sus ciudadanos sean conocidos por pedir perdón hasta cuando alguien más les choca en la fila del súper, o la comodidad que genera su amabilidad, o que por varios motivos sienta una conexión especial con ese país.

No creo que sea únicamente el hecho de que no le dan tanta importancia a la imagen (entre bromas te dicen que un smoking canadiense es unos jeans y una camisa de mezclilla), ni que los canadienses han encontrado la manera de ser cálidos a pesar del frío clima.

No es que sea un país perfecto, ninguno lo es (¡gracias Horrible Histories!). Como todos, hay fragmentos de su historia que, ya que no se pueden reescribir, muchos prefieren olvidar. 

También hay que decir que es una democracia liberal multicultural, y que es un país bilingüe en inglés y francés. No es poca cosa.

Pero en un momento en el que sólo se ve incertidumbre en cualquier lugar al que se voltea, en el que el extremismo y la polarización parecen fertilizar el terreno para que crezca lo peor de la humanidad, Canadá sigue siendo una voz razonable.

Con una democracia reconocida mundialmente como fuerte, con un apoyo sólido a los derechos humanos y, sobre todo, aprendiendo a voltear a diferentes direcciones y no sólo hacia el sur inmediato.

El país no se quedó congelado ante la incertidumbre y buscó a un nuevo socio con el que no sólo se pueda entender bien en temas comerciales, sino también en valores fundamentales.

Cuando se dio el anuncio de que el país norteamericano había sido invitado a ser el primer miembro asociado, lo primero que pude pensar fue en el abuelo empresario que le compartía su conocimiento a un amigo mío.

“Siempre es mejor tener 100 clientes chicos que uno grande. Si el grande te deja de pagar, estás frito, pero si uno chico te deja de pagar, tienes a otros 99 que te sostienen”.

Mi amigo tomó nota de lo que le decía su abuelo y ha sabido mantener la empresa familiar, y hasta extenderla. Algo entendió él también.

En cuanto al escenario internacional, ese que cada vez es más complejo y en el que más y más líderes le dan la espalda a esa cooperación entre países que tan pocos votos dan pero que tanto les podría ayudar a sobrevivir la turbulencia, Canadá y la UE nadan contracorriente.

Aunque, también hay que decirlo, tampoco creo que haya sido una decisión apresurada, mucho menos una que se tomó en los últimos meses, en los que el tablero ha cambiado cada vez con mayor velocidad.

Este acercamiento se ha gestado desde hace años. Lo que sí puede ser cierto es que las condiciones actuales obligaron a ambos a actuar, y rápido. Al final del día, una crisis bien manejada puede unir y fortalecer cuando no se le permite destruirlo todo.

Digo esto porque ya en 2023, el escritor Timothy Garton Ash, que también ha tenido relación con diferentes gobiernos, ya daba muestras de lo que se podía venir en su libro Europa. Al hablar de Europa, o mejor dicho las diferentes Europas, ya daba un aviso de lo que podía venir.

“Europa no termina en ninguna línea divisoria clara; simplemente se extiende a través del Mediterráneo, Eurasia e incluso, en cierto sentido, a través del Atlántico. (Canadá sería un miembro perfecto de la UE)”.

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