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Calderón en el foro, AMLO en Palenque

El 30 de septiembre pasado fue un día atípico. En la víspera del segundo aniversario del gobierno de Sheinbaum aparecieron dos expresidentes de México, y los contrastes llaman la atención.

Es un hecho poco común porque en nuestro país existe una tradición que se ha respetado a lo largo de la historia presidencial. Los expresidentes se retiran de la vida política para dedicarse a otros temas que no interfieran en los asuntos públicos. La lógica, es que callen y no estorben a quien gobierna. Tiene sentido en un sistema presidencialista como el nuestro, donde el Poder Ejecutivo recae en una sola persona que lo ostenta durante 6 años; esa concentración de poder y esa responsabilidad presuponen que no intervengan quienes ocuparon el mismo cargo. Lo que popularmente conocemos como “no hacer mosca”.

En otros países esa regla no existe. En Estados Unidos los expresidentes crean fundaciones, aparecen en medios, hacen campañas en favor de candidatos de sus partidos y realizan una amplia gama de actividades públicas que no son mal vistas. En Colombia, Argentina y Brasil siguen siendo actores políticos, y es común que mantengan actividad parlamentaria. El silencio de los expresidentes mexicanos es la excepción, no la norma.

En los últimos años, fruto de la gran descomposición política, del deterioro institucional y de los ataques a nuestra democracia, algunos ex presidentes han vuelto a hablar, dejando momentáneamente sus estancias académicas o sus conferencias. Es el caso de Ernesto Zedillo, profesor de economía en Yale, y de Felipe Calderón, quien ahora es académico y conferencista internacional. Vicente Fox, el primer presidente de alternancia, vive en su rancho en Guanajuato, recorre el país, permanentemente hace comentarios críticos sobre el desempeño de Morena en poder y en últimas fechas, junto con ciudadanos, impulsa una iniciativa llamada Alma de México. Los demás priistas, como Peña Nieto y Salinas, guardan silencio.

La semana pasada, en la misma jornada, uno por la mañana y otro por la tarde, reaparecieron Felipe Calderón y López Obrador. El primero, en un foro sobre libertad en América Latina, que se llevó a cabo en la Ciudad de México; el segundo, desde su rancho en Palenque, Chiapas. Más allá de la tradición de mantenerse en el ostracismo, vale la pena contrastar ambas apariciones.

Calderón se presentó en un hotel de Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, ante un público nutrido para hablar de las libertades amenazadas en algunos países latinoamericanos. Denunció el deterioro democrático en México, fue autocrítico de los errores del pasado (incluyendo a su gobierno), advirtió que el enemigo del país es el crimen organizado y no la oposición política, y retomó la “dictadura perfecta” con la que Mario Vargas Llosa describió al viejo sistema priista, para decir que México regresa a ella. Convocó a la unidad nacional para defender nuestra democracia y reconstruir el entramado legal e institucional que hemos perdido en los últimos años.

Afuera hubo protestas y, mientras hablaba, manifestantes enviados por el régimen decapitaban su estatua, tirada desde hace años en Los Pinos.

López obrador apareció sentado en su rancho de Palenque, del que supuestamente no sale, con un mensaje lleno de ataques a periodistas, a quienes llamó “achichincles”, se quejó de las redes sociales. Culpó a los expresidentes de todo y responsabilizó al pasado (del que él mismo es parte) de lo malo de México. Defendió a su hijo Andy, acusado de ser parte de una red criminal, reclamó el retiro de su visa a los norteamericanos, atacó al embajador de EU. En la víspera del aniversario de su sucesora dijo que no quiere ser un poder detrás del trono, y aprovechó para promover su libro Pueblo, cuya portada, dicho sea de paso, no es el pueblo sino él.

Los expresidentes ya no guardan silencio y quizá la regla no escrita se quedó en el pasado. Como sea, cada uno delata su talante: uno habló en público sobre libertades y enfrento protestas, y el otro, en video desde su rancho, atacó el ejercicio de las mismas libertades.

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