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Hablar por las masas

Pocos conceptos han sido tan desgastados como los de libertad y democracia. Tantos años de ser usados como justificación para lograr exactamente lo contrario a lo que representan estos ideales sólo han provocado que cada vez menos personas crean en ellos.

Alguno dirá que la explicación es el mal entendimiento de dos conceptos que, al final del día, son complejos. Si no fuera así, ¿por qué llevamos tantos siglos dándole vueltas a estos asuntos?

No, no son fáciles de entender, mucho menos de llevar a cabo, y eso sólo le abre paso a líderes que se aprovechan del desconocimiento de las personas que están ansiosas por creer que alguien buscará el bien común y no sólo la acumulación de poder.

Hitler decía que la democracia liberal era decadente y debía ser sustituida. Stalin pregonaba que la democracia soviética era superior a la democracia burguesa.

Muamar Gadafi tomó una ruta diferente. Eliminó todos los contrapesos bajo el pretexto de que iba a entregar de forma directa el poder a las masas. El dictador de Libia, como tantos, dijo hablar por las masas para quedarse en el poder durante 42 años.

Después del golpe de Estado que lo instaló en el poder en 1969, el dictador libio construyó lo que finalmente llamaría El Libro Verde, ese que decepcionó a la reportera Oriana Fallaci por su delgadez física e intelectual, en el que explicó su Jamahiriya, el “Estado de las masas”.

Su idea, o la que presentó como tal, era que la democracia representativa era, en realidad, una forma de dominación en la que los ciudadanos elegían representantes y después perdían el control sobre ellos.

Y como podía ser muchas cosas menos ingenuo, Gadafi propuso lo que, según él, era el sistema correcto de democracia, en el cual el pueblo gobernaba de forma directa a través de una pirámide de congresos y comités populares.

Gadafi decía que en su modelo no había un Parlamento tradicional ni un gobierno que mandara sobre los ciudadanos, sino que las decisiones debían surgir desde los congresos populares.

El dictador lo vendía como la mejor manera en la que la gente gobernaba. En la práctica, su círculo íntimo y él monopolizaron el poder, usaron las instituciones del estado como pantallas para enriquecerse y se creyeron invencibles.

Human Rights Watch fue tajante al decir, después de que cayó el régimen en 2011, que la Jamahiriya libia “impedía elecciones significativas”, además de que el mandatario había construido uno de los Estados policiales más rigurosos de la región.

La prensa, esa que vale la pena leer, quiero decir, nuevamente alertó lo que venía para quien quisiera escuchar.

En 1984, un reportaje del Washington Post sobre el funcionamiento cotidiano del sistema advirtió que, pese a toda la estructura de congresos y comités, todo indicaba que “las masas no decidían gran cosa”.

Detrás de la máscara de la ciudadanía se escondían detenciones arbitrarias, desapariciones, torturas, presos políticos, restricciones a las libertades, control de medios y, sobre todo, una persecución a quien se atreviera a hablar en contra del régimen.

Cuando Fallaci lo entrevistó en 1979, la periodista desnudó a todo el sistema con una sencilla pregunta. “Y la oposición, ¿dónde está?”.

“¿Qué tiene que ver la oposición? Cuando todos forman parte del congreso del pueblo, ¿qué necesidad hay de oposición? Si el pueblo se gobierna por sí mismo, ¿quién debe oponerse?”.

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