Concluidos los destapes del bienestar para definir las candidaturas de Morena en las entidades que renovarán gubernatura el próximo año, destaca el hecho de que el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) esté cerca de gobernar cuatro estados de la República, ya sea a través de militantes propios o de figuras que responden directamente a su cúpula.
En las circunstancias actuales, el crecimiento de una fuerza política comprometida con el ambiente y distinta al partido hegemónico debería ser una buena noticia, sin embargo, lamentablemente, no es este el caso.
Primero, porque está plenamente demostrado que este partido de ecologista solo tiene el nombre. ¿Qué mayor prueba de su desdén por el ambiente que su silencio y complicidad durante todo el sexenio anterior ante la decisión gubernamental de destruir la selva maya?
Segundo, porque el hecho de que sea un partido distinto al que destruyó no solo la selva, sino las instituciones de la República, no quiere decir que el PVEM piense o actúe de otra manera. De hecho, esa agenda de destrucción logró avanzar en el Congreso gracias a los votos del PVEM.
Ya sabemos que, más que declaración de principios, este partido tiene un modelo de negocio y que se alquila al mejor postor a cambio de posiciones de poder y feudos territoriales, que brindan a quienes los ocupan acceso a lujos y a presupuestos públicos que utilizan para enriquecerse a sí y a sus amigos. De manera que su alineamiento con el régimen es absoluto, y cualquier amago de distancia, más que un arrebato de dignidad, es un chantaje orientado a encarecer el precio de su compañía.
Sin embargo, el propósito de estas líneas no es rasgarse las vestiduras por la falta de ética de los socios y accionistas del PVEM. A estas alturas, listar sus saqueos, recordar sus escándalos o evidenciar sus contradicciones resulta ocioso. Lo verdaderamente urgente, si aspiramos a un país mejor, es entender qué es lo que provoca que en el México del siglo XXI el cinismo resulte una estrategia política y electoral tan extraordinariamente rentable.
Primera y triste realidad: la tragedia no se agota con este partido. En mayor o menor medida, y salvo honrosas excepciones, los demás actúan igual: mercadean candidaturas, encubren a los suyos, pisotean sus propios principios y gestionan el erario como patrimonio privado.
Segunda y dolorosa realidad: el problema tampoco se agota con los partidos y los políticos; es un mal sistémico enraizado en el corazón de nuestra cultura. Nos hemos convertido en una sociedad que premia el pragmatismo, admira la riqueza rápida y se hace de la vista gorda ante la falta de escrúpulos si viene acompañada del éxito.
Lamentable conclusión: el cinismo se volvió la estrategia política más lucrativa porque descubrió que aquí la corrupción no tiene costo ni castigo. Y si no lo tiene, es porque como sociedad hemos decidido abrazarla. Mientras lo sigamos haciendo, seguiremos condenados a vivir en el reino del Niño Verde.
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