El Kremlin amenaza con usar todo su arsenal, incluidas armas nucleares, si los países de la Alianza intentan aislar ese enclave ruso
El Kremlin amenaza con usar todo su arsenal, incluidas armas nucleares, si los países de la Alianza intentan aislar ese enclave ruso

La amenaza nuclear lanzada esta semana por Vladimir Putin ha colocado en el centro del tablero europeo un pequeño territorio ruso que puede convertirse en el lugar más peligroso del continente: Kaliningrado.
Rusia advirtió formalmente a la OTAN que está dispuesta a emplear “todo el arsenal” a su disposición, incluidas armas nucleares, si los países de la Alianza intentan aislar ese enclave ruso, situado entre Polonia y Lituania. La advertencia fue transmitida en un documento diplomático y confirmada públicamente por Moscú.
Putin fue más lejos ayer. En el foro de Valdái reiteró que Rusia no pretende atacar a Europa, pero aseguró que responderá con todas sus armas si territorio ruso es atacado. Kaliningrado está expresamente incluido en esa advertencia.
El lenguaje recuerda inevitablemente la escalada verbal que precedió a la invasión de Ucrania en febrero de 2022: Moscú niega que pretenda iniciar una guerra mientras simultáneamente establece cuáles serían las líneas cuya violación justificaría una respuesta militar.
Pero Kaliningrado plantea un problema mucho más grave. Ucrania no pertenece a la OTAN. Polonia y Lituania sí.
Una agresión armada contra cualquiera de ellas puede activar el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que establece que un ataque contra un aliado será considerado un ataque contra todos. Cada miembro deberá entonces asistir al país atacado con las medidas que considere necesarias, que pueden incluir el empleo de la fuerza militar.
Ahí está el punto ciego que inquieta a los estrategas europeos.
Kaliningrado tiene apenas unos 15 mil kilómetros cuadrados, pero es una formidable plataforma militar rusa en pleno territorio de la Unión Europea. Alberga la sede de la Flota rusa del Báltico, sistemas avanzados de defensa aérea y misiles capaces de portar cabezas nucleares.
A pocos kilómetros se encuentra el llamado corredor de Suwałki, una franja de unos 80 kilómetros entre Polonia y Lituania que separa Kaliningrado de Bielorrusia, principal aliado militar de Moscú.
Ese corredor es, al mismo tiempo, la única comunicación terrestre entre los tres países bálticos —Lituania, Letonia y Estonia— y el resto del territorio de la OTAN. En una guerra, cortar Suwałki podría dejar aislados por tierra a los bálticos.
La tensión ya no es solamente teórica. Hace dos semanas cazas de la OTAN derribaron sobre Lituania un dron que había penetrado en su espacio aéreo; prácticamente al mismo tiempo, un buque ruso disparó bengalas contra un helicóptero militar danés en el Báltico.
A ello se suman sabotajes, ciberataques e incursiones aéreas que los gobiernos europeos atribuyen a Rusia. Esta semana Estonia responsabilizó a los servicios rusos del incendio provocado contra Milrem Robotics, fabricante de vehículos militares y proveedor de Ucrania. Moscú niega las acusaciones de realizar una campaña de sabotaje en Europa.
La preocupación ha llegado a los servicios de inteligencia. La inteligencia militar danesa advirtió el 24 de septiembre que Rusia probablemente intensificará en los próximos meses su guerra híbrida contra Occidente y que existe un riesgo “bajo, pero creciente” de ataques militares limitados contra algún país de la OTAN, incluso mientras continúe la guerra en Ucrania.
Ese escenario explica una inquietud que comienza a recorrer las capitales europeas: antes que una invasión rusa de un país de la OTAN, el peligro puede ser un incidente limitado —un dron, un misil, un sabotaje que cause muertos— cuya autoría o intencionalidad no resulte inmediatamente clara.
El general estadounidense Alexus Grynkewich, comandante supremo aliado en Europa, advirtió esta semana que las operaciones de sabotaje, ataques cibernéticos e incursiones rusas buscan quebrar la voluntad europea de apoyar a Ucrania. La OTAN ha reforzado por ello su vigilancia y defensa del flanco oriental.
De ahí que en medios militares y diplomáticos europeos crezca la preocupación por el día en que esas provocaciones dejen de producir solamente daños materiales. La pregunta ya no es únicamente cómo responderá la OTAN a una incursión rusa, sino qué hará cuando haya bajas en territorio de la Unión Europea.
Mark Rutte, secretario general de la OTAN, intenta rebajar la temperatura. Asegura que no existe una amenaza militar rusa “inminente” contra territorio aliado y sostiene que la evaluación de Moscú no ha cambiado sustancialmente en semanas o meses. Al mismo tiempo, pidió al Kremlin que termine con sus amenazas nucleares.
La paradoja es que, mientras Rutte llama a mantener la calma, Europa se prepara.
Polonia refuerza sus defensas; Lituania realiza ejercicios militares; Estonia construye fortificaciones en su frontera; Finlandia practica evacuaciones de población y la OTAN incrementa la vigilancia aérea sobre el Báltico.
Kaliningrado resume así el dilema que Europa trató de evitar desde el comienzo de la guerra de Ucrania: cómo contener a Rusia sin entrar directamente en guerra con Rusia.
Durante cuatro años esa frontera se mantuvo, aunque cada vez con mayor dificultad.
Ahora Putin acaba de colocar sobre ella una palabra que Europa esperaba no volver a escuchar como amenaza directa desde la Guerra Fría: nuclear.
Recomendar Nota
Contacto