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CINE: El fascismo sentado a la mesa: "Anniversary" de Jan Komasa

Miguel Cane

Hay películas que fracasan porque nadie las vio y películas que fracasan porque nadie quiso verlas. Anniversary, el debut en inglés del polaco Jan Komasa (Corpus Christi), pertenece a esta segunda categoría. Y lo digo sin ninguna ironía: pertenece a esa estirpe incómoda de obras que no se estrellan por defectos, sino por atreverse a decir demasiado y demasiado pronto. Por decir, con una precisión que incomoda, algo que muchos preferirían seguir ignorando. 

A esta película recién añadida a Amazon Prime Video, el estudio Lionsgate la financió, distribuyó y luego enterró con una indiferencia que roza lo deliberado: apenas 800 salas en Estados Unidos, marketing inexistente, una recaudación de apertura de 259 mil 180 dólares que equivale a unos 352 por pantalla y un total mundial de 672 mil 711 sobre un presupuesto de siete millones. El productor Nick Wechsler lo dijo sin rodeos: “Es difícil comercializar una película política hoy en día. La gente les tiene miedo. No sabes cómo será recibida emocionalmente. Es un momento extraño”. Komasa fue aún más explícito: “La enterraron porque es incendiaria. Para mí, es una señal del mundo en el que vivimos”.

Y lo es. 

Anniversary es incendiaria de una manera que no se veía desde hace décadas en el cine estadounidense, y conecta directamente con esa tradición de paranoia y disidencia que cineastas como Alan J. Pakula (en The Parallax View y All the President’s Men) o Sidney Lumet (en Network), planteaban como metáfora existencial, sólo que aquí se trata de una advertencia política. 

La premisa es engañosamente doméstica, casi costumbrista, y ése es en efecto su golpe maestro. La familia Taylor se reúne para celebrar el vigésimo quinto aniversario de bodas de Ellen (la portentosa Diane Lane), quien es profesora de la universidad de Georgetown, y Paul (Kyle Chandler), dueño de un restaurante. Su hijo mayor, Josh (Dylan O’Brien) trae como invitada a su nueva novia, Liz Nettles (Phoebe Dynevor), a quien Ellen reconoce de inmediato como una antigua alumna a la que expulsó de su clase por defender ideas totalitarias en un ensayo que abogaba por un sistema de partido único. 

Liz ha convertido su tesis en un libro llamado The Change: The New Social Contract, que pronto se convierte en un fenómeno editorial y en el manifiesto de un movimiento político radical financiado por la enigmática y todopoderosa corporación Cumberland.

Komasa y su guionista, Lori Rosene-Gambino, estructuran la película en cinco actos que corresponden a cinco años y cinco reuniones familiares, aniversarios y Días de Acción de Gracias, celebraciones que se repiten con la puntualidad de un ritual. Entre cada una hay saltos temporales que marcan no sólo el paso del tiempo sino la degradación del país. Ese dispositivo episódico, que la crítica ha comparado con una obra de teatro filmada, es eficaz porque la política no irrumpe en la casa con violencia: se filtra por la puerta principal, se sienta a la mesa, pide el pan. Lo que empieza como una cena incómoda se convierte, año tras año, en un régimen que vigila, encarcela y ejecuta. 

La casa de los Taylor funciona como microcosmos de la clase media alta ilustrada de Estados Unidos: empieza como espacio de calidez y termina siéndolo de traición y violencia; un lugar donde los acontecimientos que se suceden a lo largo de cinco años habrían sido descartados como patrañas hace apenas un año o dos antes, pero ahora suenan como una alarma mayor.

Lo que distingue a Anniversary de otros thrillers distópicos (o no tanto) de factura reciente es su comprensión del fascismo como proceso, no como evento. No hay un golpe de Estado, no hay tanques en las calles, no hay un líder carismático que arenga a las masas desde un balcón (¿suena familiar?). 

Hay algo mucho más insidioso y reconocible: la erosión lenta de una democracia a través de conversaciones interrumpidas, compromisos pequeños, silencios cómplices. El fascismo aquí no entra pisoteando con botas militares, se arrastra, bonito y femenino, sobre pies con tacones. Liz no es Donald Trump o alguno de sus adláteres: es una joven pulcra, educada y calculadora que se infiltra en la familia como novia antes de revelarse como arquitecta de un régimen. Esa caracterización, que algunos críticos encontraron demasiado esquemática, es en realidad una de las intuiciones más agudas del film: el autoritarismo contemporáneo no se presenta como ruptura sino como continuidad, no como violencia: como un nuevo orden, no como ideología, disfrazándose como sentido común (nuevamente: ¿suena familiar más allá de Estados Unidos?).

El tema central, y el que conecta la película con la mejor tradición del cine político estadounidense, es el precio de la neutralidad liberal. Ellen abre la película declarando que no es conservadora o liberal, que prefiere pensarse como una librepensadora. Esa cómoda pose centrista se desmorona cuando el régimen la marca como disidente. La película sugiere que la neutralidad es una ilusión costosa: cuando el autoritarismo avanza, los que se creen por encima de la política descubren que ésta ya los ha clasificado. Ellen pierde su trabajo, Paul su restaurant y sus hijos terminan en fuga, en peligro o en prisión. En el clímax, ya bajo el dominio del movimiento denominado The Change, Birdie (Mckenna Grace), la hija menor de la familia, inclinada hacia la investigación científica, participa en un acto terrorista de resistencia transmitido en vivo por televisión que desafía a Cumberland. El resto de la familia es señalado por sedición y el futuro se torna incierto, oscuro, siniestro.

Al centro de todo esto, Diane Lane sostiene la película en sus hombros. Hay algo profundamente justo y triste en el hecho de que sea ella quien cargue con el peso emocional de esta historia. Lane es una de las grandes actrices de su generación (a la altura de la Blanchett, la Watts, la Foster o la Kidman), una de esas presencias que el cine estadounidense nunca supo valorar del todo, quizá porque siempre estuvo demasiado cómoda en su propia piel como para hacer ruido. Debutó a los trece años nada menos que al lado de Laurence Olivier en A Little Romance, fue la musa adolescente de Coppola en The Outsiders, Rumble Fish y Cotton Club, y a los 40 alcanzó su cumbre con Unfaithful, que le valió una nominación al Oscar y la confirmación de que estábamos ante algo más que una cara bonita. Pero Lane nunca fue una estrella de primera línea al estilo de Meryl Streep o Sandra Bullock, y quizá por eso su carrera tiene esa textura particular, esa elegancia natural sin glamour ni aspavientos; la capacidad de estar siempre en el lugar exacto sin necesidad de ocupar el centro.

En Anniversary interpreta a Ellen Taylor con una contención que hace más devastador el derrumbe final. Es la única que parece intuir al principio el peligro que se avecina: hay algo en la mirada de Lane, en esa forma suya de escuchar más de lo que dice, que convierte a Ellen en la brújula moral de la película. Cuando el resto de la familia se acomoda, negocia y cede, ella resiste. No con heroísmo grandilocuente; más bien se vale de la terquedad silenciosa de quien sabe que está en lo correcto y no piensa pedir perdón por ello. Es el trabajo de una actriz que lleva casi cinco décadas en pantalla y que entiende, como pocas, que la grandeza interpretativa no está en los gestos grandes; se deja ver en los pequeños. En la forma en que sostiene una taza de café o cómo mira a su hijo cuando comprende que lo ha perdido irremediablemente. En la forma en que, al final, ya sin nada que perder, decide que la dignidad es lo único que no se negocia.

Lane ha dicho que hizo esta película porque el guion le pareció “demasiado cercano a casa” y rodarla en el clima político actual fue “inquietante”. “Nunca pensamos que veríamos la cancelación del humor, las artes y el pensamiento, pero parece ser un tema que ocurre en escenarios autoritarios, y nuestra película trata de eso” declaró ¡a Los Angeles Times! “Es bastante desafiante creer que algo que pensábamos que era muy hiperbólico se ha vuelto parte de los titulares”, redondeó. 

Hay algo casi profético en esa declaración y también algo trágico. Porque Anniversary, rodada en 2024, es, en el fondo, una película sobre el momento en que las advertencias dejan de ser hipérboles y se convierten en descripciones.

Si Lane es el corazón de la película, Dylan O'Brien —que ha demostrado su madurez como actor en Twinless— es su nervio más doloroso. Su Josh es un escritor fracasado, un hombre que ha vivido toda su vida a la sombra de una familia que lo quiere pero no lo respeta, y que encuentra en Liz no una ideología sino una coartada para su resentimiento. O'Brien lo interpreta con una precisión que desconcierta, porque no hay en él nada del villano clásico. No hay grandeza, no hay carisma, no hay siquiera una inteligencia perversa que lo redima. Hay algo peor: la mediocridad de quien descubre que puede ser alguien si se alinea con el poder y decide que ese precio vale la pena (y una vez más: ¿les suena conocido?). 

O'Brien ha señalado que nunca pensó que pudiera hacer odiar a uno de sus personajes, y tiene razón: hay algo en su Josh que resulta repelente justo porque es alguien perfectamente reconocible. No se trata de un monstruo. Es un hombre pequeño en un momento grande, y eso lo hace mucho más peligroso. 

Dylan O'Brien ha construido una carrera interesante con trabajos memorables en Love & Monsters y Send Help!, y en Anniversary demuestra que está en su mejor momento como actor. Su química con Dynevor —una Liz que nunca levanta la voz y precisamente por eso resulta más perturbadora— desestabiliza cada escena que comparten. La actriz, que viene del fenómeno Bridgerton, ha encontrado aquí un papel que la obliga a trabajar en un registro completamente distinto, y del cual emerge airosa: hace un estudio de ambigüedad, modales dulces, mirada calculadora, lágrimas de cocodrilo que sugieren que eligió, fascinó, sedujo y finalmente corrompió al primogénito de Ellen por una razón turbia y jamás revelada. Es convincente en su calma y determinación, y hay que añadir que su presencia en pantalla tiene algo de depredador paciente, de animal que sabe que no necesita correr porque el tiempo juega a su favor.

También hay que mencionar a Kyle Chandler, que en los últimos años ha vivido una suerte de renacimiento que nadie habría predicho y que él, con su modestia habitual, parece disfrutar sin aspavientos. Chandler se ha convertido en una presencia recurrente en el cine y la televisión de prestigio —Friday Night Lights, Bloodline, Godzilla vs. Kong, Capitana Marvel— y ahora es un gran Hal Jordan en Lanterns. Hay algo reconfortante en verlo ahí, en un papel que transmite autoridad sin esfuerzo, porque Chandler siempre ha sido eso: un actor que no necesita gritar para ser escuchado. Es así que interpreta a Paul, el patriarca que primero resiste y luego cede, y lo hace con esa mezcla de calidez y fragilidad que lo ha convertido en uno de los actores más queridos de su generación. Diane Lane lo describió como “un rayo de sol” durante el rodaje, y añadió: “Creamos un sentido de familia y un sentido del humor sobre nuestra experiencia, algo necesario cuando filmas algo que requiere apuestas emocionales tan altas”.

Esa calidez se filtra en la película: Paul no es un cobarde, es un hombre que ama a su esposa pero no sabe cómo resistir el embate del mundo exterior que ya no reconoce y también la transformación de su hijo en un opresor sonriente. Chandler lo interpreta con una dignidad que hace su rendición final mucho más dolorosa. Cuando Paul acepta lo que no debería aceptar. No hay en él traición, hay agotamiento. Y ese agotamiento, esa rendición silenciosa del hombre que ya no sabe qué más hacer, es quizá la imagen más precisa de lo que Anniversary quiere contar.

La gran ironía es que la película tiene un 69% de aprobación en Rotten Tomatoes, con una división clara entre quienes la consideran una parábola política valiente y quienes la acusan de ser una soap opera, cosa que también es, aunque el punto de la película es mostrar que el régimen de The Change se define por lo que niega —partidos, disenso, libertad— y por su estética de unidad forzada, no por un programa positivo. Es un autoritarismo que se vende como sentido común y unidad nacional, y que encuentra su fuerza en los agravios de estatus de una clase alta que se siente desplazada,  aun cuando no suceda en términos ideológicos profundos (ya no voy a preguntar si les suena, porque es obvio que sí).

Otros la definen como un estudio de personajes que enfrentan al fascismo que se arrastra de manera insidiosa, y ahí está quizá la clave de su verdadera naturaleza. No es una película sobre política, sino sobre lo que la política le hace a las personas. No está interesada en izquierda o derecha, sino en los apetitos básicos del poder: inseguridad, resentimiento, pertenencia. Esos impulsos destruyen tanto un matrimonio como una constitución. 

Anniversary no es ni de lejos una película perfecta, pero no está exenta de interés. Su estructura episódica, que le da coherencia trágica, también la vuelve predecible en su acumulación de desgracias, y su negativa a concretar el contenido ideológico de The Change la expone a ser endeble por momentos; no obstante, sus defectos son inseparables de sus virtudes, y su mayor logro es haber construido una metáfora doméstica del colapso democrático que se sostiene en la intimidad de una mesa familiar. No es The Handmaid's Tale como alegoría completa, pero comparte con ella la intuición de que el fascismo no siempre llega desde fuera: a veces entra en casa como la novia de tu hijo.

La cinta ha sido castigada comercialmente por su rareza, por su negativa a ofrecer soluciones fáciles u optimistas, por su honestidad brutal, por lo que es muy probable que el paso del tiempo la reivindique. Este es un thriller emocional cuyo verdadero terror no está en el lúgubre régimen que retrata; se encuentra en la certeza de que ese régimen no es una fantasía distópica. Se trata de una posibilidad que ya es real, y de que la única vida que no podemos dejar atrás es la que hemos construido sobre compromisos pequeños, silencios cómplices y la ilusión de que la política no nos concierne.  

Como sucede actualmente en muchos países, incluyendo el nuestro, el fascismo no llega con botas. Llega con una sonrisa educada y, cuando te das cuenta, ya estás sentado a la mesa, pidiéndole perdón a un Estado, por algo que no hiciste.

Para pensar, sacudirse y ver un reflejo que estremece, la película está disponible en streaming y merece ser vista al menos una vez, aunque sea por la necesidad de constatar que la ficción ya no es sólo una imitación de la realidad.

*Miguel Cane. Escritor, dramaturgo, crítico y periodista cinematográfico con 30 años de carrera. Su último libro es Liliput (Gato Blanco, 2025).
@AliasCane

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