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DANZA: El lado oscuro de la danza

Daniela Martínez

En múltiples ocasiones en este espacio, he tenido la oportunidad de recalcar los beneficios comunitarios de bailar, las redes que se construyen alrededor de la danza y los procesos grupales que conlleva. Sin embargo esta vez, en el marco del pasado Día Mundial para la Prevención del Suicidio, he decidido abordar el aspecto emocional de las bailarinas, ya que el estado anímico define la proyección y expresión del baile.

La danza tiene efectos neurológicos positivos en quienes la practican, tales como la liberación de serotonina y dopamina, endorfinas relacionadas con la neuroplasticidad y resiliencia emocional. En contraparte, la disciplina también puede acarrear emociones negativas derivadas de las deficiencias pedagógicas de los docentes, la competitividad del entorno y las prácticas violentas normalizadas en el medio.

Si bien la danza representa un espacio de expresión, autoexploración y creación, también transita por vórtices vertiginosos como el perfeccionismo, la comparación, la competitividad, el dolor corporal, la exclusión, las lesiones y el sometimiento. Día a día en diferentes academias, las bailarinas atraviesan por uno o ambos extremos, ya que en la danza habita la dicotomía de lo bello y efímero frente a lo crudo y traumático.

Aunque en los escenarios el público puede ver coreografías impresionantes, tras bambalinas los bailarines pueden experimentar ataques de ansiedad previos a las funciones, periodos prolongados de depresión, ideaciones suicidas y ejecución de prácticas perjudiciales para la salud, como desórdenes alimenticios o sobrecargas musculares. Pese a lo anterior, los bailarines siguen asistiendo a ensayos y tienen la capacidad de ejecutar coreografías, así como de participar en presentaciones y apropiarse del personaje en escena. Empero, la funcionalidad de los bailarines no es un sinónimo de estabilidad emocional.

Actualmente no existe un protocolo institucionalizado en los espacios dancísticos para enfrentar un escenario emocional adverso, ni un acompañamiento a las crisis emocionales provocadas por las demandas del entorno artístico. El malestar cotidiano de los artistas como parte del proceso creativo, al igual que la normalización de las prácticas arbitrarias tanto de docentes como de integrantes de las compañías, quebranta el bienestar emocional de los bailarines y con ello su proyección escénica.

A pesar de que quienes estamos involucrados en los espacios dancísticos no somos profesionales de la salud psicológica o psiquiátrica, resulta indispensable contribuir al desarrollo de un entorno artístico vinculado a la empatía a través del respeto, la creación de redes de apoyo y la debida canalización con profesionales capacitados. De igual forma, es imperativo destruir los discursos de violencia y control disfrazados de estética y belleza.

En conclusión, la danza puede acercarnos a los otros y a nosotros mismos, pero también puede mostrarse perjudicial para la salud emocional debido a las corrompidas estructuras del entorno, del mismo modo en que el discurso estético y de ‘compromiso con el arte’ vulnera la estabilidad emocional de los practicantes. Bailarines, coreógrafos, directores, docentes y vestuaristas tenemos el deber ético de reestructurar las expectativas y dinámicas artísticas. Priorizar el bienestar emocional en el entorno dancístico en tiempos de violencia y exigencia es un acto subversivo y urgente de amor.

*Daniela Martínez. Politóloga y bailarina de Ori Tahiti galardonada en competencias nacionales. Defensora de la diversidad corporal y la apropiación del espacio.
@DannRedhead

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