Christian Mendoza
Parto de una generalidad o de suponer una circunstancia de lectura: las novelas contemporáneas que tienen un robusto número de páginas despiertan expectativas específicas. Se puede pensar que se leerá una trama ambiciosa que desafiará las maneras de representar el tiempo, ya sea por las décadas en las que se desarrolla la historia o por la capacidad de elaborar una poética del instante; esto es, conseguir que un reducido número de horas se extienda en centenares de páginas. De igual manera, el lenguaje se podría considerar un parámetro para ponderar la legitimidad de una novela larga. Un texto de esa naturaleza implica que el lector comprometa su atención; algo que se realizará con mayor ahínco si la novela es un prodigio literario estructurado, por decir algo, en múltiples voces narradoras.
Ladrón de Werner Herzogs (2024) es una novela de 1,467 páginas, cuya edición física fue publicada en dos tomos por la editorial 2628. Escrita por el también poeta Iván Soto Camba, la obra fue finalista en el Premio Hispanoamericano de Narrativa Las Yubartas 2024. La novela, en toda su extensión, no cumple con las expectativas que describí anteriormente. Su trama es tan elemental como los personajes a los que pretende capturar: Daniel es un cineasta entrenado como sonidista. Por la precariedad económica y la inconstancia de proyectos en los que puede participar, Daniel decide trabajar en Impremático, una oficina que ofrece servicios de impresión, la cual fue fundada por el padre de Daniel, apodado ‘el Ingeniero’. ¿La novela, entonces, trata sobre un creador irrelevante o más bien frustrado? De todos los agentes que forman parte de las producciones cinematográficas, ¿por qué detenerse en un sonidista que no ejerce su oficio?
Desde que Daniel empezó a interesarse en el cine, la figura del director alemán Werner Herzog ha sido un fetiche al que vuelve obsesivamente; tiene incluso un archivo que cultiva con datos que provienen de fuentes heterodoxas, que es a la vez un filtro con el que observa su cotidianidad. Herzog, como es sabido, emprendió rodajes que demandaron exigencias físicas no sólo para él, sino también para los equipos que se instalaron en condiciones climáticas y sociales adversas. Más que comparar su humilde trayectoria cinematográfica con la del ingente artista, Daniel utiliza a Herzog como un dispositivo que le permite indagar en la naturaleza del acto creativo. El sonidista no recordará una absurda lesión que sufrió en un pie durante uno de los rodajes como un accidente; más bien como una circunstancia ‘herzoguiana’: de alguna forma, todos los que participan en la producción del arte arriesgan su integridad, incluso sin perseguir el arquetipo romántico del artista que premeditadamente muere por defender su creación. Los trabajos que giran en torno al arte, como el del sonidista, son susceptibles a imprevistos riesgosos.
¿Cómo se cimenta la actitud que Daniel asume ante el acto artístico? El personaje acumula toda la información sobre Herzog que tiene a su alcance, la cual organiza en carpetas que alberga en su computadora. Los datos provienen de entrevistas a Herzog y sus colaboradores más cercanos —como lo fue el actor Klaus Kinski— pero también de foros de Reddit, copias piratas de las obras menos conocidas del director, conferencias o ensayos académicos sobre su obra. Si se piensa en que las novelas largas responden a la idea de ‘novela total’, Soto Camba, mediante el cúmulo de citas con el que organiza Ladrón de Werner Herzogs, da cuenta de que nuestro saber del arte, cuando nos afecta profundamente, es indisciplinado y fragmentario. El lenguaje del Internet o de las declaraciones más o menos informales que Herzog y sus cercanos dieron en entrevistas son la materia textual que su autor “manipula, interviene y tergiversa”, como el mismo Soto Camba advierte al inicio de la novela. Y todo ese lenguaje, en apariencia banal, otorga una imagen más completa y honesta de lo que implica crear arte, ya sea como director o como un obsesivo espectador.
Daniel ‘roba’ pedazos de Herzog como director y personaje. La novela Ladrón de Werner Herzogs se apropia de otras textualidades para dibujar con mayor precisión a su personaje sonidista: cuando los capítulos narran las peripecias del director alemán, en realidad estamos observando el interior de Daniel. ¿Acaso no funciona así la experiencia estética? Más allá del regodeo, queremos robar las pinturas, las piezas musicales o los libros que nos conmueven; es decir, buscamos hacerlos parte de nuestra subjetividad.
*Christian Mendoza. Doctorante en Literatura Hispánica por El Colegio de México. Escribe sobre literatura, cine y artes.
@ChClumsy
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