Una de las lecciones más valiosas que aprendí mientras trabajaba en una startup es que una idea no vale por lo bien que suena, antes de apostarle te preguntan cuántas personas la probaron, qué falló y qué ajustaste. Primero se demuestra, después se escala.
En política solemos hacer exactamente lo contrario.
Una iniciativa puede convertirse en ley sin piloto, sin evaluación previa y sin evidencia de que resolverá el problema que promete atender; diseñamos una política nacional, creamos una institución, asignamos presupuesto y sólo después descubrimos si funciona.
A una aplicación le exigimos más pruebas que a una reforma que cambiará la vida de millones.
Hay razones para que ocurra, una de ellas es que los ciclos políticos son cortos y premian anunciar más que medir. Un piloto tarda y sus resultados pueden llegar cuando quien lo impulsó ya dejó el cargo. Admitir que algo no funcionó tiene un costo político que pocos quieren asumir; el sistema político recompensa la promesa, mucho más que el aprendizaje.
Leyes que reconocen derechos sin crear la capacidad institucional para garantizarlos. Reformas diseñadas sin escuchar a quienes tendrán que vivir con ellas, programas que se replican en todo el territorio antes de saber si funcionaron siquiera en un municipio.
Probar en pequeño tampoco es una idea nueva. Los científicos lo llaman experimentar, los ingenieros lo llaman probar, la administración pública lo llama programa piloto. Sabemos hacerlo, lo que no hemos logrado es convertirlo en una condición habitual para decidir dentro de lo público.
Porque legislar con evidencia exige algo que la política no siempre premia, reconocer que la primera versión de una buena idea puede estar equivocada. Probarla, escuchar a quienes la viven, medir, corregir y solo entonces, escalar.
A la ciudadanía también nos toca. Cuando alguien presente una reforma, quizá deberíamos preguntar menos cuánto promete y más dónde se probó, con quién, qué resultados produjo y qué se cambió a partir de lo aprendido. Cuando una startup se equivoca con un producto, pierde usuarios, pero tiene mucha agilidad para corregir el camino. Esas correcciones a nivel Nacional, no se hacen fácilmente, cuando el Estado se equivoca con una política pública, podemos perder años, recursos y oportunidades.
Mientras sigamos aplaudiendo anuncios antes de exigir evidencia, seguiremos pagando experimentos a escala nacional.
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