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Información para decidir con libertad

La policía que todavía nos falta

Imagine una escena común. Ocurre un robo. La primera patrulla llega en pocos minutos, habla con la víctima, ubica cámaras, pregunta a vecinos, identifica por dónde huyeron los responsables y quizá relaciona el hecho con otros ocurridos en la zona. Tiene información valiosa cuando la pista todavía está caliente, pero demasiadas veces ahí termina su participación: llena formatos, informa al Ministerio Público y vuelve a patrullar.

Lo paradójico es que desde la reforma constitucional de 2008, el artículo 21 establece que la investigación de los delitos corresponde al Ministerio Público y a las policías, bajo la conducción del primero. Es decir, no estamos frente a una idea nueva, sino ante una capacidad que México lleva años intentando construir.

En lo federal incluso ya tuvimos una institución con esa lógica. La Policía Federal desarrolló áreas de investigación, inteligencia, análisis científico y combate a delitos complejos. Después llegó la Guardia Nacional, que también cuenta con facultades de investigación e inteligencia, pero cuya operación se ha concentrado principalmente en el despliegue territorial.

Y ahí aparece uno de los grandes retos: investigar requiere permanencia. Quien inicia un caso debe darle seguimiento, ampliar entrevistas, revisar información y comparecer cuando sea necesario. Incluso firmar un Informe Policial Homologado puede implicar regresar posteriormente ante una autoridad. En una fuerza con alta movilidad territorial, esa continuidad se vuelve mucho más complicada.

Por eso resulta relevante que la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana esté fortaleciendo nuevamente la formación de agentes especializados en investigación e inteligencia. Cada día son más. El reto ahora es que esa capacidad crezca, se institucionalice y no desaparezca con el siguiente cambio de administración.

Pero para contar con policías investigadoras exitosas en los tres niveles hacen falta condiciones muy concretas.

Primero, separar investigación de despliegue. Una persona investigadora necesita estabilidad, especialización y tiempo para seguir casos. Segundo, formar perfiles adecuados: entrevista, análisis criminal, evidencia digital, explotación de cámaras y bases de datos, identificación de patrones y conocimiento jurídico.

También hace falta carrera policial. Formar a una buena persona investigadora puede tomar años; moverla de área por decisiones administrativas significa perder experiencia acumulada.

Otro requisito es construir una relación madura con las fiscalías. La conducción jurídica corresponde al Ministerio Público, pero eso no significa que la policía tenga que esperar instrucciones para cada movimiento. La fiscalía debe definir qué necesita acreditar y la policía saber cómo obtener legalmente la información necesaria.

Algunos estados ya están avanzando exitosamente, con las fiscalías, sin ellas y, en ocasiones, a pesar de las dificultades de coordinación. Han desarrollado capacidades propias de inteligencia, análisis e investigación dentro de sus secretarías de seguridad.

El municipio también puede ser decisivo. La policía local conoce el territorio: sabe dónde aumentaron los robos, qué vehículo aparece repetidamente, qué negocio recibió amenazas o qué domicilio genera reportes constantes. Convertir ese conocimiento cotidiano en información investigable puede cambiar radicalmente la capacidad de respuesta.

Todo ello requiere tecnología, bases de datos interoperables y controles estrictos. Quien investiga accede a información sensible, por lo que cada consulta debe quedar registrada y poder ser auditada.

México no necesita descubrir la policía de investigación. Ya tiene la base constitucional, tuvo experiencia federal, la SSPC vuelve a construir capacidades y algunos estados muestran que es posible.

El reto es lograrlo en los tres niveles y, sobre todo, mantenerlo.

Porque patrullar permite llegar donde ocurrió el delito. Investigar permite llegar hasta quien lo cometió.

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