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De la inversión a las capacidades compartidas

Una visita presidencial, como la reciente del presidente de Corea del Sur, suele evaluarse por los acuerdos firmados. Sin embargo, el valor del Plan de Acción México-Corea 2026-2030 adoptado el jueves no debería reducirse a las cifras del comercio y la inversión. Corea ya es uno de los principales inversionistas en México, así como uno de sus socios comerciales más importantes. La cuestión decisiva es cómo la inversión puede generar beneficios sostenibles: qué conocimientos se comparten y cuántas empresas mexicanas logran integrarse en las cadenas de valor.

La experiencia coreana ofrece una lección útil: una industrialización duradera requiere coordinación entre empresas, universidades, centros tecnológicos, banca de desarrollo y gobiernos locales. México cuenta con activos formidables: una base manufacturera diversificada, ciudades industriales dinámicas, talento técnico creciente y una ubicación geográfica excepcional. El Plan México busca elevar el contenido nacional, atraer inversiones productivas y desarrollar sectores como de alta tecnología, la industria farmacéutica, la química y la aeroespacial. Su meta no puede limitarse a ensamblar más, sino que debe consistir en aprender más, diseñar más y exportar bienes de mayor valor agregado. Corea puede contribuir a esos objetivos, siempre que la cooperación responda a las prioridades mexicanas y, a la vez, ofrezca a las empresas coreanas certidumbre regulatoria, infraestructura adecuada, personal calificado y condiciones competitivas para invertir a largo plazo.

El primer ámbito es el desarrollo de proveedores. Muchas pequeñas y medianas empresas mexicanas poseen talento y vocación industrial, pero enfrentan limitaciones de financiamiento, certificaciones, maquinaria avanzada y contratos estables. Las grandes compañías coreanas podrían colaborar con empresas mexicanas de alto potencial en materia de calidad, automatización, eficiencia energética y gestión digital. A cambio, México puede consolidar mecanismos transparentes de certificación, financiamiento y vinculación empresarial que reduzcan los costos de transacción y fortalezcan la confiabilidad de los suministros para las firmas coreanas.

El segundo ámbito es la formación de talento. En lugar de cursos aislados, convendría establecer institutos mexicano-coreanos vinculados a las necesidades industriales regionales. Las universidades tecnológicas, los institutos politécnicos y las empresas podrían diseñar programas conjuntos de ingeniería práctica, mantenimiento avanzado, robótica, control de calidad y gestión de la producción. La capacitación debe responder a proyectos concretos, elevar la productividad de la fuerza laboral mexicana y garantizar a las empresas coreanas el talento especializado que requieren sus inversiones presentes y futuras.

La tercera prioridad es impulsar la innovación en México. Con frecuencia, las funciones de mayor valor —diseño, desarrollo de productos, ingeniería y propiedad intelectual— permanecen fuera del país receptor de inversión. No se trata de imponer transferencias forzosas de tecnología ni de debilitar la protección de la propiedad intelectual, sino de crear incentivos para que investigar, adaptar y desarrollar soluciones tecnológicas en México sea rentable y seguro para todos los participantes. México necesita, sobre todo, aumentar de manera sostenida la inversión pública y privada en investigación y desarrollo (I+D). Sin una base más sólida de investigación, desarrollo e innovación, será difícil que la expansión manufacturera genere innovaciones propias y una inserción más sofisticada en las cadenas globales de valor.

En este contexto, un tratado de libre comercio o una eventual incorporación de Corea al CPTPP serían instrumentos útiles, no fines en sí mismos. La apertura comercial será políticamente sostenible si fortalece a las empresas locales, genera empleos de mayor productividad y facilita las exportaciones; pero también debe asegurar reglas previsibles, protección efectiva de las inversiones y condiciones equitativas para las empresas coreanas. La mejor contribución coreana no consistirá sólo en instalar nuevas líneas de producción, sino en construir, junto con socios mexicanos, un ecosistema industrial más integrado, eficiente y capaz de competir en los mercados globales.■

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