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Contar para ocultar

Siempre he desconfiado de la estadística. No es que no me haya gustado la materia, de hecho dentro de las ciencias, junto con física, era la que más me gustaba porque le entendía, o creía que le entendía. En todo caso me parecía más útil que saber sobre la mitocondria.

No, mi escepticismo ante los números y porcentajes no tiene nada que ver con los traumas de la adolescencia, sino precisamente con los gobiernos que se buscan escudar en cifras que venden como falsos antídotos ante la crítica.

No es que no le crea a nadie, pero es que los regímenes que abusan de la aparente credibilidad que da tener un dato oficial delante me provocaron una duda permanente que no me puedo quitar tan fácilmente.

Esta era una práctica común en la República Democrática Alemana, donde las autoridades comunistas inflaban (o desinflaban) las cifras de delincuencia para dar una falsa idea de seguridad y paz en el territorio que ellos controlaban.

Delitos de aparente poca gravedad, como los robos, allanamientos y la difamación, no eran registrados como tales, como si no contarlos mágicamente los hubiera hecho desaparecer.

Además del subregistro, las estadísticas que publicaba el gobierno comunista eran agregadas y excluían categorías especialmente sensibles. Y por si fuera poco, los delitos políticos, por ejemplo, recibían un tratamiento distinto y sus datos se mantenían secretos. 

El gobierno de Mao Zedong en China parece haber tomado nota de la buena imagen que da a nivel internacional ocultar la verdad, y no registró la gran cantidad de muertos que dejó el Gran Salto Adelante entre 1958 y 1962.

La hambruna generada por la estrategia impulsada por el líder comunista que buscaba transformar de manera radical la tradicional economía agraria del país para convertirla en una potencia industrial moderna en un tiempo récord fue un completo desastre.

El problema es que tuvieron que pasar años para entender la dimensión de lo que pasó, en gran parte por los fuertes incentivos que tenían las autoridades locales para mentir.

Constantemente, los gobiernos exageraban la producción de grano en la región que tenían bajo su mando, lo que provocó que las autoridades centrales calcularan mal la cantidad de alimento que tenían disponible.

Las estimaciones actuales nos dicen que murieron entre 20 y 45 millones de personas. Sobra decir que Mao nunca aceptó su error y, algo que no termino de entender, todavía hoy hay quien admira al líder chino.

Un último ejemplo que sólo refuerza mi desconfianza es la estadística que se reproducía cuando Joseph Stalin estaba al frente de la Unión Soviética.

Durante ese tiempo era común la clasificación, manipulación, ocultamiento y publicación parcial de estos datos, además de que algunos crímenes como algunos homicidios y suicidios fueron clasificados como secretos de Estado.

No era la única forma en la que se escondía la realidad. A modo de anécdota, el filósofo Slavoj Žižek cuenta en Pedir lo imposible lo que era vivir en el régimen comunista.

“Bajo el estalinismo, si por ejemplo te violaban y se te ocurría ir a comisaría, ¿sabes que te iban a decir? ‘Lo sentimos, no podemos ocuparnos de su caso. Tenemos que presentar estadísticas que muestren que cada vez hay menos criminalidad’”.

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