Es cierto que los bisontes todavía pastaban, no se si en Nueva York, pero ciertamente en el Medio Oeste de Norteamérica, cuando en México ya se había fundado, por cédula real, la Universidad de México en septiembre de 1551. Lo cual se debe agradecer a la tan cuestionada (por nuestros políticos nacionalistas) Corona española, no a Miguel Hidalgo ni a “las niñas héroes”. Pero también es cierto que los bisontes seguían pastando allí cuando Estados Unidos nos arrebató la mitad del territorio. O sea, los bisontes fueron testigos del crecimiento del poderío de ese país y de nuestra creciente debilidad. No veo lo que hay que presumir. Si tener una de las primeras universidades de América, fundada hace 475 años, es algo para justamente celebrar, cosa que yo hago, también nos debería llevarnos a pensar en las razones de nuestro atraso, a pesar de ella, o a pesar de la falta de apoyo a la educación. Si nada más es porque se fundó antes, lo cierto es que todo es cuestionable. Los españoles se asentaron definitivamente en tierras hoy mexicanas en 1521 y tardaron sólo treinta años en establecer su universidad. Los puritanos ingleses llegaron a Plymouth en 1620 y dieciséis años después ya habían fundado Harvard. La primera universidad en el continente latinoamericano no fue la novohispana, sino la de Santo Domingo en la actual República Dominicana, en 1538. La única que ha permanecido ininterrumpidamente desde 1551 es la de San Marcos, en Perú. La nuestra se interrumpió en 1865 y fue reabierta bajo un esquema completamente distinto en 1910, en pleno porfiriato, con Justo Sierra.
Jugar con los tiempos, como si la antigüedad fuera por sí sola una virtud es una estupidez. Podríamos vanagloriarnos de todo lo que ya teníamos antes de que Australia existiera como país y todo eso no serviría más que para preguntarnos por qué ellos sí han logrado desarrollarse y nosotros seguimos estancados. En el caso de los Estados Unidos de América la pregunta es ¿si un puñado de puritanos llegaron a establecerse 100 años después que los españoles en tierras hoy mexicanas, ¿por qué nos rebasaron en menos de 150 años? Ya Humboldt hace más de doscientos años daba cuenta de la enorme desigualdad en el país.
Para el momento de la guerra de intervención norteamericana, en 1846, México no rebasaba los 6 millones y los Estados Unidos tenían por lo menos cuatro veces esa cifra. Nuestra política migratoria era nula, o más bien xenofóbica e intolerante. No admitíamos más que a católicos y lo único que se nos ocurrió fue expulsar a los españoles, lo que significó una sangría no sólo de personas, sino de capitales. Lázaro Cárdenas encomiablemente abrió la puerta a los exiliados españoles de la guerra civil, pero se la cerró a los judíos perseguidos por el nazismo. Y ahora lo único que se le ocurre al gobierno es decir que el que tenga doble nacionalidad no puede ser ni presidente ni gobernador. Todo esto en el momento en que queda claro que nuestra población está disminuyendo y que cada vez seremos una nación más vieja. Ello en medio de una situación económica muy crítica.
Así que esas balandronadas ahistóricas, no son más que producto de la ignorancia y de un nacionalismo barato que no sirve para nada, sobre todo cuando seguimos con los mismos problemas de hace quinientos años y no hemos sabido resolverlos; desde la falta de crecimiento (salvo algunos años como en el porfiriato y en la época de la sustitución de importaciones) hasta la corrupción flagrante e impune. Mientras, los bisontes regresaron a Norteamérica.
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