El fenómeno no es nuevo. En las masas, hay una fascinación por lo autoritario, por la persona que señala a un enemigo, que habla del desastre de épocas pasadas y dice que va a arreglar todo de un golpe, en 15 minutos o en un sexenio. Hay muchos registros de eso en la historia. Suelen ser golpistas, disfrazados de salvadores de la república, para luego imponerse como dictadores o como monarcas absolutos. Julio César cruzó el Rubicón, lo que a veces se muestra como una hazaña, pero lo único que hizo fue imponerse por la fuerza ante el Senado y romper así una legalidad que conduciría al fin real de la república romana y al inicio de la época imperial. Algo parecido hizo Napoleón Bonaparte cuando, el 18 Brumario del año VIII de la Revolución (9 de noviembre de 1799), disolvió las asambleas equivalentes al Senado y la Cámara de Diputados, para establecer un Consulado esencialmente presidido por él y luego convertirse en emperador. Esa fecha es considerada el fin de la Revolución Francesa. Marx hizo famosa la fecha cuando su sobrino Luis Napoleón Bonaparte hizo algo parecido en diciembre de 1851 al disolver la Asamblea Nacional de la Segunda República francesa. Ambos, pero sobre todo el primero, fueron en su momentos adorados y todavía hoy honrados. Napoleón sigue siendo motivo de culto bajo la cúpula de Los Inválidos, antiguo hospital y hoy museo de los Ejércitos franceses. A Julio César todavía se le presenta como un gran estratega y hábil político. Ambos, por más virtudes que hayan desplegado previamente o una vez en el poder, deberían ser más bien expuestos como viles dictadores que aprovecharon la fuerza de las armas para acabar con repúblicas. Unas especies de Pinochets, traidores a las instituciones democráticas existentes. Pero no, en ese como en muchos otros casos, la gente los sigue adorando y venerando como grandes hombres de su tiempo. Poco importa que hayan terminado por generar guerras con miles de muertos entre sus propios compatriotas y en pueblos diversos. Los autoritarios, los antidemócratas, fascinan.
Me gustó por eso la frase de Friederich Merz, canciller alemán (no secretario de Relaciones Exteriores como aquí diríamos, sino primer ministro), quien este domingo, ante la aplastante derrota de su partido, el Demócrata Cristiano, ante la extrema derecha representada por el partido AfD (Alternative für Deutschland), después de reconocer que estas elecciones significaban un desastre, dijo que “la fascinación por lo autoritario, penetra cada vez más profundamente en nuestra sociedad". Y, en efecto, más allá de que el resultado de esas elecciones es producto de la baja popularidad del canciller, debido a múltiples factores de los que aquí no podemos ocuparnos por el corto espacio, muestra también el enorme atractivo que representan los regímenes autoritarios para las masas. Y escribo con intención “representan”, porque lo que los partidos y movimientos autoritarios hacen son sobre todo representaciones, en el sentido de ficciones teatrales, para el consumo de las masas, mismas que así se definen precisamente por la facilidad con que son manipuladas a partir de campañas incesantes de propaganda, basadas éstas en formulaciones simplistas.
Ciertamente, el autoritarismo es un fenómeno complejo, pero poco nos hemos detenido a estudiar esta fascinación por líderes autoritarios que, pese a todo, suelen terminar mal. Ni Julio César, ni Napoleón Bonaparte ni Luis Bonaparte terminaron bien. Porque “el pueblo”, sinónimo en muchos casos de “las masas”, termina siempre por abandonar a sus salvadores. Después de un tiempo, cuando sus promesas no se cumplen, les da la espalda y se lanza a adorar a otro ídolo.
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