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DISCUSIÓN: Líneas en el agua: algunas consideraciones sobre el sector cultural 

Elevar a rango ministerial una dependencia cultural es una ilusión que no resuelve la asfixia presupuestal ni los problema de fondo del sector: por ejemplo, la promesa vacía de 'reconstruir el tejido social', metáfora que diagnostica una ruptura sin decir quién la ha causado, y que, en la práctica, ha funcionado como un 'nudo falso' que sostiene sin reparar. Frente a un contexto de impunidad y violencia, y una política cultural que oscila entre administrar la espera y el planteamiento de prohibiciones que censuran en nombre de una 'cultura de paz', es preciso no medir qué siente la comunidad, sino qué se puede hacer después (organizarse, nombrar, exigir).

Francisco Escalante

Doscientos dos millones de pesos —el 0.26 por ciento del gasto total, poco más de 60 pesos por habitante— constituyen la fijeza contable con la que el Gobierno de Sinaloa ha tasado este año la administración de la cultura en el estado. Frente a esta asfixia presupuestal, la iniciativa ciudadana que busca convertir el instituto local en secretaría apela a una ilusión predecible: la creencia de que la elevación de la dependencia a rango de gabinete puede subsanar lo que la incomprensión política ya ha traducido en desdén. Los argumentos son conocidos: el titular carece de silla en la mesa donde se reparte el dinero y se coordinan la educación o la seguridad.  La propuesta imagina un fondo en cultura para la construcción del ‘tejido social’, quedando claro que la reforma busca priorizar el sector; sin embargo,sin inventariarla, hereda la ilusión con que se ha pretendido definir la tarea del aparato cultural en los años más recientes. Un proyecto  que opera como quien muda de casa y da por suyos, sin revisarlos, los muebles ajenos que sólo sirven para administrar la espera.

Otras palabras han tenido en la administración cultural mexicana una fortuna semejante. En diciembre de 2012, al tomar posesión del entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), Rafael Tovar y de Teresa describió “un país con el tejido social resquebrajado” y anunció que la cultura sería fundamental para reconstruirlo. Desde aquel momento, la fórmula ha atravesado gobiernos que no coinciden en casi nada —ni en el diagnóstico del país ni en el color de sus banderas— con una constancia que ya quisieran para sí sus otros programas. Tres años después, el propio Tovar consiguió lo que había perseguido durante décadas: que CONACULTA se convirtiera en Secretaría de Cultura. La institución subió a rango ministerial como una victoria gremial que el presupuesto a la baja de los años siguientes se encargó de desmentir; una mudanza de organigrama que no multiplicó los recursos, sino las firmas, otorgándole el costo del nuevo membrete a la misma parálisis. Conviene, por eso, volver a leer la fórmula (‘construir el tejido social’) al pie de la letra. Un tejido es algo que alguna vez estuvo entero; si se rompe, la rotura es un accidente y la tarea evidente: zurcir. La metáfora incorpora su diagnóstico y, junto con él, una omisión —nunca dice quién rasga, ni con qué, ni desde cuándo. Los gobiernos y el país desde el que se pronuncia, sin embargo, carecen de una trama previa a la cual volver. Lo que la política cultural ha hecho en estos años, con enorme esfuerzo y a veces con enorme dignidad, se parece menos a un zurcido que a un nudo: un amarre que sostiene lo que no termina de sostenerse solo, que da apariencia de tela a lo que nunca lo fue. El psicoanálisis tiene un nombre para eso —Lacan lo pensó a propósito de James Joyce—: un anudamiento en falso. El adjetivo no es un reproche. Hay nudos falsos que impiden que una estructura se venga abajo. El problema empieza cuando el nudo se presenta como tejido y promete lo único que no puede cumplir: reparar.

Sería deshonesto detenerse ahí, como si el nudo hubiera sido un capricho de funcionarios. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía publicó su encuesta anual de victimización: en 2025 ocurrieron en México 33.8 millones de delitos; de los cuales se denunció el nueve por ciento, al tiempo que el 1.1 por ciento obtuvo una resolución favorable para la víctima. Uno de cada cien. Frente a esa cifra —y frente a lo que esconde, que es peor que lo que muestra—, ¿qué otra cosa se le podía pedir a la cultura? Cuando la ley dimite, algo tiene que ocupar su lugar —para que la vida en común no se deshaga del todo— y hacer vivible lo invivible no es una tarea menor ni innoble. El dictamen no es un juicio moral exterior; el propio aparato ha fabricado durante años justificaciones retóricas para legitimar esa ruta: frente a un país que cuenta sus muertos por decenas de miles, la pacificación no constituye una ocurrencia, sino la única ruta administrativa disponible.

Esa misma promesa es la que, incumplida durante catorce años, termina por apretar el nudo con otras herramientas: en junio, el Congreso de Sinaloa reformó cuatro leyes para impedir que en escuelas, edificios públicos y transporte se reproduzcan contenidos que hagan apología del delito. Y lo hizo en nombre de una ‘cultura de paz’. Esta iniciativa no pretende disputar la materialidad del corrido, sino clausurar su circulación mediante la gramática ordinaria de la censura: cuando la aguja no alcanza, aparece la tijera. De un lado, un fondo que ofrece esperanza; del otro, una prohibición que administra el miedo. El legislador intuye algo cierto —una ley no desplaza un afecto; sólo otro afecto, más fuerte, consigue hacerlo—, pero equivoca el instrumento. 

Hace poco más de un siglo, hubo alguien que desconfió por igual de las tijeras y de las agujas. En 1918 —en plena Primera Guerra Mundial y lo que era, para muchos, un enfrentamiento ulterior entre la barbarie (representada por el Eje) y la civilización (representada por la causa aliada)—, Thomas Mann publicó sus Consideraciones de un apolítico, un libro enorme y malhumorado, escrito en buena medida contra su hermano Heinrich, el literato que exigía a los hombres de letras tomar partido. Mann se negó. Recurrió a Tolstói, a un relato de juventud en el que un cantante ambulante toca bajo los balcones de un hotel de lujo en Lucerna ante huéspedes que no le dan una moneda. En él, el narrador se indigna, invoca la civilización contra la barbarie de aquellos ricos, y enseguida se desdice: esas categorías son líneas que el hombre traza en el agua. Mann se quedó con esa duda y se preguntó si no habría en ella “más religiosidad que en cualquier fijación política de lo que es bueno y malo, de lo que es civilización y barbarie”. Sabía lo que le responderían: escepticismo, relativismo, frivolidad. Aceptó el cargo. La frivolidad era, para él, otra forma del escrúpulo: la negativa a dejarse encerrar en los compartimentos que el poder traza sobre el caos. Leída hoy, en Sinaloa, la objeción conserva su filo. ¿No es la ‘cultura de paz’ otra línea en el agua,y el ‘tejido social’ su compartimento más amable?

La desconfianza de Mann es la mejor defensa contra quien traza líneas en el agua: es también su trampa. El esteta que él describe es escrupuloso al hacer y desentendido al mirar: cuida la forma y suspende el juicio sobre lo que la forma deja pasar. Esa suspensión en aquel entonces no protegió a nadie. La guerra siguió su curso, y el refugio interior que Mann reivindicaba —esa cultura que se retira a su propio reino para no mancharse— convivió sin sobresaltos con ella. Cuatro años después, en 1922, el mismo Mann subió a una tribuna berlinesa para defender la república que había desdeñado. Se ha discutido si aquel giro de 1922 constituyó una conversión ética o mero oportunismo; lo decisivo es que desnudó el límite de la frivolidad estética como un refugio que, al suspender el juicio para no manchar la forma, termina por convalidar aquello de lo que se aparta. Entre la tijera del Estado y el refugio del esteta —ambos de nuevo convencidos de que la sensibilidad es una provincia aparte, un laboratorio para ponerla a trabajar o un búnker para resguardarla— falta todavía la formulación de un criterio.

Baruch Spinoza fijó la potencia de ese límite mediante un dictamen inexpugnable: nadie sabe lo que puede un cuerpo. Los afectos, bajo esa física, no constituyen estados del alma sino tránsitos —pasajes de una potencia menor a una mayor, o al revés—, y lo que importa de una alegría o de una tristeza no es cuánto se siente, sino qué se puede hacer después. Llevado a la política cultural, el criterio desplaza la pregunta. Deja de importar qué siente una comunidad al salir de un taller, de un concierto o de una lectura en la plaza, y empieza a importar qué puede hacer que antes no podía: organizarse, nombrar lo que le ocurre, exigir. Un coro juvenil en una colonia sitiada puede ser ambas cosas. Puede ofrecer dos horas de calma a la semana —lo que o no es poco— o puede convertirse en el lugar donde un grupo de muchachos aprende a sostener una voz común frente a quien les exige silencio. El presupuesto es el mismo. Lo que cambia es aquello que el programa se propone medir. Una cultura que calma sin otorgar esa potencia administra una pasión; una que la entrega, aunque incomode, libera una potencia. El nudo falso sostiene. La potencia pregunta.

Vuelvo a la iniciativa. Una Secretaría de Cultura en Sinaloa tendrá más firmas (o firmas con mayor peso) y, con suerte, más presupuesto; si hereda el verbo ('reconstruir el tejido social'), tendrá también la misma tarea imposible, aunque nada le asegure un mejor mobiliario. El rango no resuelve el problema porque el problema no es de rango, sino de lo que se promete. Anudar sin fingir que se zurce, sostener sin prometer que se sana, financiar —aunque incomode— lo que le da a una comunidad la capacidad de preguntar por qué: eso sí estaría a la altura de uno entre cien. Mann tomó de Tolstói la imagen de las líneas en el agua para recordar que ésta no conserva las formas que se trazan en ella. Conserva otra cosa, que no se dibuja ni se decreta: la dirección de la corriente.

*Francisco Escalante. Consultor independiente y estratega de inversiones productivas en artes y cultura. Egresado de la Licenciatura en Administración Financiera del Tecnológico de Monterrey. Ha sido director ejecutivo de la Feria Internacional del Libro de Monterrey, coordinador de asesores en la vicepresidencia de la Mesa Directiva del Senado de la República, responsable de iniciativas culturales de la Fundación Coppel y jefe de oficina de la Presidencia del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (hoy Secretaría de Cultura). Actualmente cursa un posgrado en Letras Modernas en la Universidad Iberoamericana.
@muzott

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