A comienzos de septiembre se llevó a cabo la reunión de líderes de tecnología del G20 en los Estados Unidos. Entre lo que pude ver, destaco una entrevista a Jensen Huang, cofundador y CEO de Nvidia (disponible en YouTube). Lo que me llamó la atención fue escuchar a este hombre usar reiteradamente la palabra de moda en el México de la 4T: soberanía.
Si usted no sabe quién es Huang ni qué es Nvidia —hasta hace poco yo tampoco lo sabía—, me veo obligado a informárselo: Nvidia es hoy la compañía más valiosa del mundo. Y lo es porque diseña los microprocesadores que hacen posible la inteligencia artificial.
Si eso tampoco le dice mucho, le cuento: su computadora, teléfono y demás dispositivos electrónicos tienen chips cuya función es procesar información a gran velocidad. Esto es posible gracias a que los chips albergan transistores, que realizan las operaciones que demanda tal procesamiento de información. Mientras más transistores tiene un chip, mayor es su capacidad de procesamiento.
Pues bien, Nvidia es la única entidad capaz de diseñar chips que, en un área equivalente a una moneda, contienen más de 200 mil millones de transistores, acomodados con tal precisión que en el grosor de un solo cabello humano cabrían miles. Esta concentración permite a sus chips realizar volúmenes inimaginables de operaciones a velocidades extraordinarias, que es exactamente lo que requiere la inteligencia artificial. Dicho sencillamente: Nvidia es el arquitecto de la infraestructura del nuevo mundo cuyo nacimiento estamos presenciando.
En la entrevista, Huang abordó el concepto de "IA soberana". Su argumento central se basa en que la inteligencia artificial no es simplemente "software que se compra", sino una capacidad nacional que depende de tres componentes fundamentales: la producción de inteligencia digital propia a partir de datos locales, el procesamiento de esa información en infraestructura instalada en el país y la formación de talento capaz de modelar esa tecnología. Sin esto, advirtió, las naciones quedarán reducidas a simples colonias digitales.
El problema es que los gobiernos de la 4T nos llevan justamente en esa dirección. Para procesar datos e instalar la infraestructura que exige el nuevo siglo se requiere energía masiva, constante y limpia, algo que la reforma energética de Peña habilitó, pero que López Obrador paralizó y Sheinbaum no se ha decidido a corregir abiertamente.
Y formar el talento requiere educación desideologizada y de excelencia, que no será posible sin una inversión histórica; sin embargo, ni la debacle en PISA ha logrado cambiar las prioridades del gobierno, que prefiere quemar billones de pesos en el barril sin fondo, orgullo de la soberanía del S. XX llamado Pemex, antes que invertir en nuestra soberanía del S. XXI a través de la educación.
La retórica patriótica no va a cambiar la realidad. Si les seguimos cerrando las puertas al conocimiento y a la infraestructura del futuro, más que un país soberano, seremos un país de soberasnos. Por eso, ante la cerrazón del Estado, nos toca a las familias, empresarios y universidades saltarnos el dogma oficial y prepararnos para el nuevo mundo.
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