Escándalos, jaloneos, gritos y desgarres de vestiduras han caracterizado las últimas jornadas de la vida política nacional, así en Palacio como en Morena, si bien se llevan la plana el caso Rocha Moya, Andy y las listas negras de opositores y críticos del gobierno. En cada uno han llovido interpretaciones y la construcción de diversos escenarios de variopinta calidad, incluidas algunas muy valiosas escritas por periodistas que saben de qué lado masca la iguana.
Sin embargo, como historiador, tiendo a tomar las crisis políticas con prudencia, acorde a la experiencia del pasado. En general, presentan dos constantes: en el momento, muy pocos entienden lo que realmente está sucediendo, incluidos los actores principales, y el resultado final es impredecible incluso para sus protagonistas. Cuando los historiadores están en condiciones de reconstruir el pasado, la mayor parte de sus actores han muerto. Si los escándalos recientes obedecen a una crisis profunda, a un simple reacomodo de fichas o se trata de un gran montaje, es materia para los periodistas de investigación e historiadores del futuro. Por ahora, como dijo el político gringo, sólo nos queda comparar palomitas y disfrutar del espectáculo para lo cual, por fortuna, contamos con excelentes cronistas del presente.
Ahora bien, podemos observar un aspecto que pone en evidencia el desconcierto y desorientación de la nomenclatura gobernante, así como del servilismo autoinfligido por morenistas y corifeos. Me refiero a su inacabable capacidad de armar de cualquier piojo un feroz caballero. Es decir, los sucesos se distorsionan en su sentido y significado generando una verborrea insufrible.
Estados Unidos solicita la extradición de un gobernador y sus secuaces para ser juzgado por presuntos vínculos con el crimen organizado. La evidencia es abrumadora. Sin embargo, la presidenta lo defiende desde la más alta tribuna de la patria, acusa injerencia en asuntos internos de la nación, llama a las fuerzas vivas de la cuarta transformación a manifestarse en todas las plazas públicas en defensa de los presuntos defenestrados y ella misma se enrolla en la bandera como la primera adalid de la causa. A las pocas semanas, sucede lo mismo, pero en sentido contrario. El gobernador no gobernador regresa a la gubernatura, genera desgobierno y al final renuncia. Quien hace días era el prócer, cae del altísimo altar de los héroes.
Misma historia con el Andy que no es Andy. Los vecinos del norte le cancelan la visa y el hecho se convierte en un atentado imperdonable contra la soberanía nacional. La crónica se repite. Un diminuto piojo se ha convertido en el gran caballero.
Cualquier escándalo se acompaña de rimbombantes declaraciones de amor al pueblo, en defensa de la soberanía nacional, de los altos valores de la patria, siempre en feroz competencia por ver quién hace la declaración más obtusa. Como historiador me queda claro que falta mucho para entender lo que sucede, pero también que en esa ridícula grandilocuencia se muestra el agotamiento de las ideas. Y los tontos, bien se sabe, pocas veces alcanzan a Dios.
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