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Una vez más Heidegger, antisemita

Este ensayo aborda la compleja relación entre la filosofía de Martin Heidegger y su antisemitismo, a partir de los debates suscitados por Los cuadernos negros. Sin pretender absolverlo ni expulsarlo de la historia del pensamiento, el texto examina cómo el prejuicio puede transformarse en una categoría filosófica.

Luis Xavier López-Farjeat

Se han cumplido en mayo 50 años de la muerte de Martin Heidegger. Las conmemoraciones han sido más bien sobrias. Es posible que sea el filósofo más importante del siglo XX. Sin embargo, su antisemitismo ha tenido tal vez un efecto negativo. No soy un heideggeriano. No me considero tan competente como para escribir sobre su filosofía con el mismo rigor con que lo hacen varios de mis colegas que por años lo han estudiado y hasta traducido. Soy un simple aficionado a la lectura de Heidegger. Lo leo siempre con reservas. Mi simpatía por algunos filósofos analíticos me alerta contra el canto de las sirenas, contra su verbosidad y sus largos, oscuros e interminables párrafos. 

Me gusta, a veces, su interpretación de otros filósofos, por ejemplo, la de Parménides. Comencé a interesarme aún más en él a raíz de la publicación de Los cuadernos negros. No es que me haya atraído el sensacionalismo. Sucede que, tras su aparición, mi colega y amigo André Laks, un reconocido historiador de la filosofía, sobre todo antigua, estaba sumamente preocupado por la sutil filtración del antisemitismo y del nazismo en la historia de la filosofía contemporánea. Se preguntaba incluso si no teníamos que reescribir por completo lo sucedido en la historia de la filosofía desde el siglo XX en adelante. Para Laks, se trataba asimismo de una afrenta personal: su padre, el músico Simón Laks, fue prisionero en Auschwitz y allí dirigió la orquesta del campo de concentración. 

En realidad, el antisemitismo de Heidegger era ya sabido, pero Los cuadernos negros venían a confirmarlo. ¿Qué debíamos entonces hacer con Heidegger? Laks se dio a la tarea de organizar en 2016 un coloquio en busca de una respuesta. Se llevó a cabo en la Ciudad de México y, entre los ponentes, estuvo nada más ni menos que Peter Trawny, uno de los editores de los cuadernos de marras. Interesante. Un par de años después, impulsé la publicación de las memorias en línea. Grabé además una conversación entre Trawny y Laks. Permanece inédita. En cambio, lo que sí edité y publiqué en la revista Tópicos fue una conferencia en la que Trawny intenta responder a una cuestión que apenas comenzaba a discutirse: ¿qué tipo de antisemitismo es el de Heidegger?

Trawny sostiene que una investigación sobre Heidegger no debe consistir en la recopilación de expresiones antisemitas ni en la discusión acerca de si éstas resultan centrales o marginales para su filosofía. Mucho menos se trata de analizar sus relaciones personales con los judíos. Lo relevante es determinar qué concepción del judaísmo se esconde detrás de aquellas expresiones, si en efecto tienen algún referente histórico real y, de tenerlo, qué papel jugaría en la historia del ser, es decir, en la historia de las distintas formas en que se ha revelado la realidad y, al mismo tiempo, la del olvido progresivo del ser. 

Para hallar una respuesta, Trawny parte del magnífico libro de David Nirenberg titulado Anti-Judaism. The Western Tradition, en donde se habla de dos sentidos del término “judaísmo”. Por una parte, el judaísmo designa una religión, una tradición histórica y una comunidad concreta, con sus instituciones, textos y prácticas. Pero, por otra parte, “judaísmo” puede ser una categoría imaginaria construida a partir de un repertorio de ideas y características, tales como el materialismo, el legalismo, el cálculo, el dinero, el desarraigo y el cosmopolitismo, que no corresponden por necesidad a los judíos reales. En efecto, nadie ha logrado definir qué significa ser judío. El tema ha sido  discutido de manera amplia entre los propios intelectuales judíos. Si no hay un consenso acerca de qué se debe entender a ciencia cierta por “judaísmo” y “ser judío”, es curioso que exista el anti-judaísmo. ¿Qué se repudia exactamente? Quien ataca al judío podría estar proyectando en esa “entidad imaginaria” todos los males del presente. 

¿Será entonces, se pregunta Trawny, que el antisemitismo responde a lo que los judíos hacen o son? ¿O, más bien, se ha producido primero una imagen mítica del “judío” y se ha reaccionado luego contra ella? Trawny examina tres posibles respuestas. La primera es la de Sartre en Reflexiones sobre la cuestión judía: el antisemita no descubre al judío, sino que lo fabrica simbólicamente. La segunda es la de Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo: no existe un antisemitismo eterno enteramente separado de toda historia concreta; es necesario, según Arendt, examinar las funciones sociales, económicas y políticas desempeñadas por determinadas comunidades judías en los Estados europeos. Para Trawny, el problema con esta alternativa es que los datos a analizar ya han sido configurados desde el prejuicio. La tercera respuesta es la de Adorno y Horkheimer en la Dialéctica de la Ilustración: el antisemitismo forma parte de un orden social falso que produce una imagen del judío sobre la cual proyecta sus propias contradicciones. 

¿Y qué pasa con Heidegger? Trawny sostiene que sus expresiones no se sustentan en un estudio efectivo del judaísmo: no interpreta el judaísmo bíblico, no sostiene un diálogo filosófico serio con pensadores de la talla de Martin Buber o Franz Rosenzweig, no está lo suficientemente informado sobre el sionismo, desconoce en detalle la diversidad de las comunidades judías, ni siquiera alude a otras posiciones antisemitas. El hecho de que su concepción del judaísmo sea tan abstracta, sin embargo, no lo hace menos antisemita, puesto que, según Trawny, Heidegger transformó un mito antisemita en categoría de la historia del ser.  

El antisemitismo de Heidegger no es una cuestión menor. No se trata de borrarlo de la historia de la filosofía. Es imposible. La filosofía del siglo XX —al menos la continental— es incomprensible sin Heidegger. Ni siquiera los grandes filósofos judíos del siglo XX —muchos de ellos, sus estudiantes— se entienden sin él. En Heidegger y los judíos. Los cuadernos negros, Donatella di Cesare sostiene que una aproximación seria al antisemitismo de Heidegger no puede consistir ni en un intento de expulsión de la filosofía ni en su absolución. A la misma pregunta que se hace Trawny, ¿qué tipo de antisemitismo es el de Heidegger?, di Cesare responde que se trata de un “antisemitismo metafísico”. Un antisemitismo más abstracto que la mera animadversión hacia los judíos de carne y hueso es grave: posee una raíz teológica, una intención política y un rango filosófico. La metafísica pregunta ti esti, “¿qué es?”, y busca fijar una esencia. Pese a que Heidegger es un crítico de esta tradición metafísica centrada en el ser, reproduce, según di Cesare, su gesto al intentar determinar qué es lo judío. La raza, en el planteamiento de Heidegger, no aparece sólo como un dato biológico, sino también como un principio filosófico de identidad, pertenencia y autoconservación. Heidegger convierte al judío en una esencia inmutable.

Parece ocioso preguntarse por el tipo de antisemitismo de Heidegger. Sin embargo, es más pertinente —más vigente— de lo que podría parecer. Hay un antisemitismo biológico, uno religioso, uno político, uno metafísico, incluso. En los tiempos que corren, por si fuera poco, hay un “antisemitismo” que no es antisemitismo. Algunos piensan que disentir del gobierno israelí o cuestionar la legitimidad del Estado de Israel equivale a ser antisemita. Ha habido también quienes han sostenido que denunciar la brutalidad de Netanyahu en Gaza equivale a promover el exterminio de los judíos. Disentir, condenar y reprobar el comportamiento de Israel no es antisemitismo ni implica estar del lado de Hamás. Existen, sin duda, verdaderos antisemitas. Sin embargo, un debate de altura —ya sea en torno a Heidegger o a los recientes acontecimientos en Gaza— ha de centrarse en hechos y argumentos, no en el uso indiscriminado de términos que, como es el caso del “antisemitismo”, son un recurso retórico para descalificar al contrincante. Por desgracia, se usan en la discusión pública, de un lado y del otro, pocos argumentos, muchos adjetivos. Las etiquetas bloquean el diálogo y los motivos correctos para disentir. Pensar que, por eso, hay quien no lee más a Heidegger y muchas otras cosas.

*Luis Xavier López-Farjeat. Filósofo y ensayista. Editor de Tópicos, Revista de Filosofía (https://revistas.up.edu.mx/topicos)y subdirector de Conspiratio (https://www.conspiratio.mx).
@piunsky


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