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Crítica de la razón abajofirmante

Este ensayo examina la transformación de la figura del intelectual en la esfera pública, desde su papel central en los medios tradicionales hasta su debilitamiento en la era de las redes sociales. Con humor y sentido crítico, analiza el fenómeno del “abajofirmantismo” como una forma contemporánea de intervención política.

Armando Luna Franco

Una de las figuras más peculiares de la esfera pública es el intelectual. Al mismo tiempo una reliquia y un actor preponderante, hoy es un personaje que siempre parece de salida, pero nunca vemos cruzar la puerta. Si abrimos un periódico o revista, si encendemos la radio o la televisión, es probable que leamos o escuchemos a algún intelectual hablando sobre la agenda nacional o internacional. El tema no será necesariamente político: puede ser de economía, de cultura, o incluso de deportes, pero la cuestión es que está ahí, dando a conocer sus ideas y reflexiones.

A veces es irrelevante cómo llegó a ese espacio: literato o escritor, algún académico o investigador, incluso un militante político con el don de la palabra. El intelectual es una persona que piensa en público y nos hace parte de sus cavilaciones: en ocasiones somos una audiencia para él, en otras un interlocutor, y a veces somos un pupilo por educar. Por su afición a la publicidad (en el sentido tradicional de estar en público y no mercadotécnico), el intelectual fue el personaje central de la discusión en el mundo occidental durante el siglo XX y principios de este siglo.

La adaptabilidad es una de sus principales cualidades. Si aceptamos que Émile Zola fue nuestro primer intelectual con su J’accuse…!, la vitalidad característica del intelectual en la esfera pública es indisociable de los medios de comunicación. De las columnas de periódico a las mesas de debate en televisión, estos personajes se convirtieron en la guía sapiencial de la sociedad democrática occidental. Sin embargo, la explosión de las redes sociales digitales en el siglo XXI, junto con la decadencia de los medios ahora llamados tradicionales, han cuestionado la primacía del intelectual como voz de la inteligencia comunitaria.

La perversión del vox populi que representan sitios como X o Facebook, así como las plataformas de video como TikTok o YouTube, facilita que cualquier persona exprese sus palabras (no por fuerza sus ideas). Digo perversión porque no considero inherentemente malo que las personas expresen de manera libre sus posiciones e ideas en la esfera pública. Pero la perversión es confundir alcance o viralidad con autoridad de quien lo dice. Ese cambio ha hecho que la influencia de los intelectuales tradicionales sea menor que antes.

Antes no era raro ver a intelectuales ocupar puestos clave en universidades, dependencias gubernamentales, o encabezar proyectos culturales y editoriales de primer orden. Para aterrizar el caso mexicano, el periodo posrevolucionario nos legó personajes como Daniel Cosío Villegas (fundador del Fondo de Cultura Económica y la Casa de España en México), Salvador Novo, Juan José Arreola, y los dos patriarcas centrales: Octavio Paz y Carlos Fuentes. En lo que podríamos llamar “los años dorados” del intelectual, estos personajes participaban o tomaban decisiones que definían la política cultural del país. 

Sus sucesores, que llamamos los intelectuales de la transición, también buscaron ese papel, pero no con el mismo éxito. Si bien establecieron empresas culturales privadas, y podría argumentarse que la aparición del especialista tecnocrático disputó su lugar en la discusión pública, lo cierto es que no formaron parte del régimen de la misma manera que sus antecesores. A través de sus empresas culturales mantuvieron influencia y posiciones mediáticas, pero su poder político disminuyó su posición. Y aquí entra el quid: la pérdida de influencia y de capacidad decisoria en la vida política y cultural del país transformó la expresión de poder y autoridad del intelectual. 

Aunque no perdieron del todo los espacios en medios, ni la autoridad ganada por ser mercaderes de ideas ante un público hambriento de sentidos, cada vez fue más difícil transformar ese capital cultural en capital político. Así, nació una figura peculiar de intervención pública: el desplegado como recurso último de acción política. Contra mi propia raigambre colmeca, no es mi intención hacer la Historia mínima de los desplegados (queda abierta la invitación a escribir esa historia de los desplegados y posicionamientos políticos), sino simplemente destacar algo.

En algún momento del siglo XX, quiero suponer que después de la Segunda Guerra Mundial, alguien decidió que era una demostración de fuerza juntar a personas para que prestaran su firma a un posicionamiento publicado en periódicos y revistas de circulación nacional. A diferencia de los desplegados campesinos y obreros de la primera mitad del siglo XX, que tenían un carácter programático, este recurso es más un posicionamiento contingente, exclusivo a un acontecimiento. Recuerdo algunos desplegados firmados en la revista Política a principios de los años sesenta, con motivo del apoyo a la Revolución Cubana o la formación del Movimiento de Liberación Nacional. Pero este fenómeno mediático dio lugar al afamado corolario: el abajofirmantismo.

Más allá de la militancia, del trabajo territorial, del debate público o de prestar la cara a una idea o programa, el atractivo de ser una firma apilada bajo un desplegado es simple. Puede que el texto que se rubrica fuera precedido de una discusión, o que incluso circularan versiones previas y recibieran comentarios, la cuestión es que adherirse a él mediante la firma facilita muchas cosas. Es una manera de declarar simpatías sin dar mayores explicaciones, es reconocerse como parte de una colectividad, congregada en torno al asunto que trata el desplegado.

El problema del abajofirmantismo es cuando se vuelve un fin en sí. Antes que usarlo para realizar trabajo político, o para difundir ideas en una labor secular de conversión, el abajofirmantismo puede servir para concluir dicha labor. Y es peor cuando se vuelve un hábito, una práctica automatizada. De repente ves un nombre repetido en desplegados de muchos temas disímbolos entre sí. A veces uno recula y decide retirar su firma porque, sin proponérselo, su firma expresa sus contradicciones. Otras más, como un acto mecánico, el desplegado es una labor de grupo que asume sin más que sus miembros rubrican acríticamente.

Lo cierto es que su recurrencia es parte de una prolongada decadencia de la figura del intelectual, incluso al interior de sus propios círculos. Ser abajofirmante permite que muchas personas (impotentes ante quienes detentan el poder, concentran los recursos y ejercen la autoridad) puedan manifestarse. La masificación de la sociedad y la cultura trajo consigo también la masificación de los intelectuales, pues la formación universitaria aumentó el segmento de la población que sirve de masa crítica que los busca como referente. El problema es que el crecimiento de la masa crítica no generó nuevos espacios donde sus ideas tuvieran cabida y, por añadidura, la de sus intelectuales.

Los intelectuales que  ya cuentan con una posición establecida en el ecosistema de medios difícilmente usan los desplegados o encabezan los esfuerzos para firmarlos. Cuando aparecen en ellos, reflejan la excepcionalidad de las circunstancias, pero lo cierto es que incluso su firma expresa su inutilidad. Hemos normalizado tanto los desplegados y el abajofirmantismo que se vuelve un chiste de sobremesa. El cotilleo de los grupos y las mesas gira en torno a escudriñar quién prestó su nombre, para qué causa, quién busca figurar en estos ejercicios para hacerse de un reconocimiento que su trabajo no le ha dado.

Antes de terminar, quisiera hacer un acto de contrición: me declaro abajofirmante. Lo he hecho, a sabiendas de que probablemente el efecto sea nulo. No me arrepiento de ello, mucho menos espero que alguien de repente se sienta iluminado por mis palabras y diga: ¡tomemos las armas, muerte al abajofirmantismo y viva la Revolución! Si escribo esta reflexión no es sólo desde mi experiencia, es desde una curiosidad genuina sobre cómo terminamos convertidos en la rúbrica invisible de una idea inconsecuente. Y lo hago también porque creo que existe algo redimible de ser abajofirmante cuando los recursos para incidir políticamente son escasos.

La crítica de la razón abajofirmante se propone motivar el encuentro personal. El compromiso intelectual que motivó a Zola a denunciar el antisemitismo del asunto Dreyfus era una inquebrantable convicción en el valor de la dignidad humana y su lucha contra la injusticia. El escritor francés puede considerarse el primer abajofirmante en la historia, aunque sólo fuera él. Y considero importante regresar a ese principio para redignificar el acto de plasmar nuestro nombre en un desplegado o postulado público.

La complejidad y la amplitud de los problemas políticos y sociales que enfrentamos cada día nos impide involucrarnos directamente en todas las causas que nos conmueven. Es imposible contar con todos los recursos necesarios para incidir en ellas, y a veces el mejor recurso es simplemente manifestar nuestro apoyo mediante estos ejercicios. Pero insisto: también deben servir para convocarnos, para organizarnos y obligarnos a construir los espacios y las condiciones para pasar de la firma a la acción, toda proporción guardada. En ese sentido, la crítica de la razón abajofirmante es un llamado a la acción. Y si están de acuerdo, sólo les pediría que firmen su nombre al final de este llamamiento para unirse a este gremio.

*Armando Luna Franco. Ensayista y articulista especializado en política mexicana y pensamiento político contemporáneo. Escribe para Animal Político y Revista Común.
@alunaf_89

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