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Los grandes ríos de Europa se están secando y con ellos se tambalea una parte de su poder económico: NYT

El fenómeno dejó de ser una preocupación ambiental para convertirse en un reto industrial, logístico y gubernamental

Crédito: @segoviaudaz

Un inquietante reportaje de Ben Coates, publicado por The New York Times, advierte sobre una transformación que Europa comienza a descubrir no sólo como un problema ambiental, sino económico, industrial y estratégico: algunos de los grandes ríos que durante siglos vertebraron al continente están alcanzando niveles excepcionalmente bajos y amenazan con dejar de cumplir las funciones sobre las que se construyó buena parte de la prosperidad europea.

Coates, periodista radicado en los Países Bajos y autor de El Rin: Siguiendo el río más importante de Europa desde Ámsterdam hasta los Alpes, abre su texto con imágenes casi arqueológicas. En Serbia han quedado expuestos barcos nazis hundidos en 1944; en Croacia apareció un carguero de la década de 1930 y en Bulgaria, sobre el lecho descubierto del Danubio, fueron encontrados restos que especialistas atribuyen a un antiguo mamut. Lo que emerge de las aguas sirve como una espectacular evidencia de lo que está desapareciendo: el agua misma.

La sequía que afecta a amplias regiones europeas ha reducido considerablemente el caudal de varios de sus principales ríos. El Danubio, segundo río más largo del continente después del Volga y arteria que atraviesa o bordea diez países, ha registrado niveles extraordinariamente bajos. En Budapest llegó a medirse una profundidad de apenas 23 centímetros. El Po, columna vertebral agrícola e industrial del norte de Italia, también ha sufrido mínimos históricos para esta época del año, mientras que el Rin ha descendido a niveles excepcionalmente bajos.

Pero el verdadero asunto del texto de Coates comienza justamente ahí. Europa puede soportar la imagen de un barco nazi oxidándose al sol; lo que resulta mucho más difícil de soportar es que sus barcos comerciales ya no puedan navegar.

El Rin y el Danubio no son simplemente accidentes geográficos ni paisajes turísticos. Son gigantescas infraestructuras naturales. Durante décadas han permitido trasladar enormes volúmenes de combustibles, productos químicos, minerales, cereales, materias primas y bienes industriales a un costo mucho menor que el transporte terrestre. Al bajar el agua, las embarcaciones tienen que reducir su carga para evitar encallar y, llegado cierto punto, algunos trayectos dejan de ser comercialmente viables.

Este verano, señala The New York Times, el transporte de productos químicos, derivados del petróleo y otras mercancías prácticamente se paralizó en algunos tramos del Rin y del Danubio. El fenómeno dejó de ser una preocupación de ambientalistas para convertirse en un problema de gerentes industriales, operadores logísticos, compañías eléctricas y gobiernos.

Las consecuencias alcanzaron incluso a la generación de energía. Rumania tuvo que cerrar una central nuclear refrigerada con agua del Danubio y Hungría estuvo cerca de hacer lo mismo. Los fabricantes automotrices Dacia y Ford acordaron suspender temporalmente la producción en plantas rumanas para reducir el consumo energético.

Aquí aparece uno de los puntos centrales del análisis de Coates: los ríos forman parte del modelo industrial europeo tanto como las fábricas, los ferrocarriles, las carreteras o los puertos.

La espectacular expansión industrial de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial se concentró en buena medida alrededor de la cuenca formada por el Rin y el Ruhr. Allí crecieron industrias siderúrgicas, químicas, manufactureras y energéticas que podían recibir materias primas y despachar productos terminados utilizando una extraordinaria autopista acuática proporcionada gratuitamente por la geografía.

Al final de esa autopista está Róterdam, en los Países Bajos, convertido durante décadas en el gran puerto europeo precisamente porque desde allí las mercancías pueden internarse profundamente en el continente a través del Rin y su red de canales y afluentes.

El Danubio desempeña una función semejante en Europa central y oriental. Además de transportar productos industriales y energéticos, constituye una ruta fundamental para las exportaciones agrícolas ucranianas y, desde la invasión rusa, ha adquirido también una evidente importancia estratégica y militar.

Por eso, sostiene Coates, la disminución de los caudales introduce un problema que Europa todavía no ha incorporado plenamente a sus grandes planes políticos.

La Unión Europea habla insistentemente de alcanzar una mayor “autonomía estratégica”. El objetivo consiste en depender menos de Estados Unidos para su defensa, reducir la dependencia energética de Rusia, responder al formidable desafío industrial y tecnológico de China y desarrollar cadenas propias de suministro y producción.

La tarea ya era enorme antes de que comenzaran a secarse los ríos.

Europa enfrenta simultáneamente la competencia de la manufactura china de alta tecnología, particularmente de los vehículos eléctricos, que amenaza a símbolos industriales como Volkswagen y Porsche. Debe transformar además su sistema energético después de décadas de dependencia del gas ruso y acelerar el desarrollo de fuentes renovables.

A ello se suma el replanteamiento de su defensa ante el nacionalismo estadounidense bajo Donald Trump y la agresividad de la Rusia de Vladimir Putin. Las guerras y tensiones en Oriente Medio, junto con los problemas alrededor del estrecho de Ormuz, han vuelto a recordar a los europeos hasta qué punto pueden resultar vulnerables las cadenas internacionales de suministro.

En medio de todos esos desafíos existía, sin embargo, una premisa casi invisible: la geografía europea seguiría funcionando como siempre.

Es justamente esa certeza la que ahora comienza a desmoronarse.

Los grandes proyectos europeos suponen que seguirá existiendo agua suficiente en el Rin para mover mercancías desde Róterdam hasta Alemania y Suiza; que el Danubio continuará siendo una ruta barata entre Europa central y el Mar Negro; que habrá agua dulce abundante para los procesos industriales; que las centrales nucleares podrán refrigerarse; que las hidroeléctricas podrán producir electricidad y que la agricultura contará con los recursos necesarios.

Nada de eso puede darse ya por descontado.

Si las sequías prolongadas se convierten en un fenómeno recurrente, Europa tendrá que sustituir parcialmente sus “autopistas azules” mediante ferrocarriles, carreteras, ductos, nuevas instalaciones energéticas y redes logísticas alternativas. Pero reemplazar la capacidad de transporte de un río no es simplemente construir unas cuantas vías férreas.

Mover por tierra las enormes cantidades de mercancías que actualmente viajan en barcazas significa mayores costos, saturación ferroviaria y carretera, nuevas inversiones y, en muchos casos, mayores emisiones contaminantes. Paradójicamente, el cambio climático podría dificultar el funcionamiento de uno de los medios de transporte más eficientes y con menores emisiones de carbono disponibles en Europa.

También podría modificar el mapa económico.

Regiones enteras prosperaron precisamente porque estaban junto a esos ríos. La Renania alemana constituye el ejemplo más evidente. Róterdam es otro. Si disminuye permanentemente la capacidad de navegación del Rin, una ventaja geográfica que durante generaciones parecía inamovible perdería parte de su valor.

El problema alcanza asimismo a la seguridad alimentaria. El valle del Po concentra buena parte de la agricultura italiana y es particularmente importante para el cultivo de arroz. Una disminución persistente del agua disponible puede traducirse en menores cosechas, mayores costos agrícolas y presión sobre los precios de los alimentos.

El Danubio plantea otro problema todavía más delicado. Ucrania depende de él como una de sus rutas de exportación de cereales y productos agrícolas. En un continente que pretende aumentar su autonomía económica y estratégica, perder capacidad logística en una de sus principales arterias orientales representaría una vulnerabilidad adicional.

De ahí la paradoja que destaca el artículo de The New York Times. Europa busca simultáneamente independizarse del gas ruso, competir con la industria china, depender menos militarmente de Estados Unidos, desarrollar energías limpias, fortalecer sus cadenas internas de suministro y garantizar su seguridad alimentaria. Pero buena parte de ese proyecto supone disponer de una infraestructura que nadie tuvo que construir: los grandes ríos europeos.

Si esa infraestructura natural deja de ser confiable durante varios meses del año, las cuentas cambian radicalmente.

Adaptarse, advierte Coates, podría llevar décadas y exigir inversiones gigantescas. Habría que ampliar redes ferroviarias, modificar cadenas logísticas, crear sistemas alternativos de suministro energético y posiblemente reconsiderar la ubicación de determinadas industrias. Algunas regiones ganarían importancia y otras podrían perder la ventaja que la geografía les concedió durante siglos.

Hay además una dimensión política. Los ríos europeos no sólo transportaron mercancías: contribuyeron a integrar economías. El Rin conecta Suiza, Alemania, Francia y los Países Bajos con el Mar del Norte; el Danubio enlaza buena parte de Europa central y oriental. Esa interdependencia económica ayudó también a fortalecer la integración europea.

La disminución de sus caudales podría, por tanto, generar nuevas disputas sobre agua, navegación, energía y prioridades nacionales precisamente cuando Europa necesita mayor coordinación.

El reportaje termina con una ironía reveladora. Un medio satírico neerlandés propuso recientemente utilizar helicópteros contra incendios para “rellenar el Rin”. La ocurrencia es absurda, pero resume bien la magnitud del desafío.

Durante décadas Europa consideró sus ríos una constante. Estaban ahí, transportaban mercancías, alimentaban industrias, refrigeraban centrales eléctricas, producían energía, regaban campos y conectaban puertos con fábricas. Nadie incluía en los balances nacionales el valor económico del agua que descendía gratuitamente desde los Alpes hacia el Mar del Norte o desde Alemania hasta el Mar Negro.

Ahora esa gratuidad empieza a mostrar condiciones.

La advertencia de Ben Coates en The New York Times va por ello bastante más allá del cambio climático. Lo que está en juego es una parte de la infraestructura económica invisible sobre la que Europa construyó su prosperidad.

Los esqueletos de mamut y los barcos de la Segunda Guerra Mundial que aparecen sobre los bancos de arena son la imagen llamativa de la sequía. La imagen verdaderamente preocupante sería otra: fábricas europeas esperando materias primas, centrales eléctricas sin suficiente agua para operar y barcos cargados de mercancías detenidos porque el río que durante siglos fue una carretera dejó de tener profundidad suficiente para navegar.

Europa descubre así que la geografía también puede cambiar. Y que cuando se seca un río como el Rin o el Danubio, no solamente desaparece agua: puede empezar a secarse también una de las fuentes históricas de su riqueza y de su poder.

Reseña elaborada a partir del reportaje/análisis de Ben Coates publicado en The New York Times.

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