Daniela Martínez
El cuerpo humano tiene alcances sorprendentes: puede realizar múltiples acciones simultáneas y, para ello, requiere obligatoriamente de un espacio. La ocupación espacial en la danza es clave, ya que es una actividad donde se realizan extensiones, giros, desplazamientos, subidas y bajadas. Además del movimiento, la orientación y la proyección, en la danza el espacio puede representar un choque con la otredad y consigo mismo. Lo anterior nos invita a plantear: ¿cómo conecta la danza con los otros y con el territorio?
Desde la perspectiva de la geógrafa Linda McDowell, “un cuerpo, aunque no todos los estudiosos de la geografía lo crean, es un lugar”. Se considera que el cuerpo humano es un lugar debido a su ocupación física y a que es un escenario donde se desenvuelven procesos de cambio. El cuerpo es un espacio puesto que se habita, atestigua historias y puede comunicarse con movimientos, manchas y cicatrices. Al igual que un espacio delimitado por una superficie terrestre, el cuerpo es un espacio propenso a la territorialidad.
Diversos géneros como el baile de salón, los ritmos latinos y la danza contemporánea requieren de contacto físico con los otros. Al tocar, se crea una comunicación corporal que induce a explorar el territorio del otro, lo cual puede generar incertidumbre por el temor a enfrentarse con lo desconocido. El traspaso de las barreras físicas entre dos personas mediante el baile es una interacción simbólica, donde el contacto puede crear lazos de pertenencia, empatía, atracción, temor y dominio. De igual forma, mediante la creación de figuras, patrones de movimiento y roces o toques, se construyen símbolos que no se pueden expresar de manera individual. Para ilustrar esto, la reconocida Danza de Guan Yin de las mil manos se caracteriza por representar la deidad de la compasión y la misericordia. En dicha pieza, un conjunto de bailarinas se coloca en fila con el objetivo de sincronizar sus manos, perfectamente, para crear el efecto visual de un solo ser. El contacto con el otro trasciende lo desconocido para dar paso a la creación de un único ente.
Reconocer la otredad permite localizar la identidad individual dentro de un conjunto; es decir, la percepción de un individuo que a su vez es parte de un todo. El sentido de pertenencia, además de percibirse por la proximidad física, se puede desarrollar por las características en común de las bailarinas: como el lugar donde habitan o su origen étnico. Por ejemplo, en la emblemática danza Flor de piña, realizada en Oaxaca, se ejecuta en conjunto y a través del contacto entre las bailarinas, representa la algarabía por las cosechas, la cuantiosa producción agrícola y el sentimiento de pertenencia a la región de la Cuenca del Papaloapan. La proximidad física entre las bailarinas concibe y abraza la otredad para identificarse como parte de una cultura y simbolizar el arraigo a las virtudes de un territorio terrestre, así como el apego al espacio y la autoconcepción dentro del mismo.
En conclusión, la identidad y el apego a un territorio terrestre se puede concebir también desde los cuerpos, que son un escenario en sí mismos, donde la danza delimita sus fronteras ante los otros y con los otros. El reconocimiento de la otredad dentro de un conjunto es posible y, a través de la proximidad física, permite construir redes y conectar con el entorno. Por tanto, las fronteras se quiebran con los pies.
*Daniela Martínez. Politóloga y bailarina de Ori Tahiti galardonada en competencias nacionales. Defensora de la diversidad corporal y la apropiación del espacio.
@DannRedhead
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