...

Información para decidir con libertad

ARQUITECTURA: Sobre la casa abandonada y lo ominoso

Julio Cavallucci

La casa, en el sentido más general de la palabra, es el medio que tenemos las personas para habitar la Tierra; es lo que se encuentra entre nosotros y nuestra incapacidad de habitar la intemperie. Sea como sea, tenga la forma que tenga, la casa tiene fundamentalmente el mismo propósito: Permitirnos habitar un entorno domesticado. Dice Luis Barragán: “Mi casa es mi refugio”. ¿Refugio de qué? De todo lo que se pretende dejar fuera de casa. ¿Pero qué pasa cuando una casa se abandona? ¿Y por qué las casas abandonadas generan esa sensación de miedo o incomodidad cuando las visitamos?

Las casas abandonadas producen una mezcla extraña de sentimientos. Somos capaces de reconocer la casa como casa aunque nunca hayamos estado ahí. Podemos imaginar —en mayor o menor medida— cómo se habitan sus espacios aunque no hayamos conocido a sus ocupantes. Una casa abandonada se presenta simultáneamente y en la misma proporción como conocida y desconocida, reconocible y ajena.

Esa mezcla de sentimientos cae en el campo de lo ominoso o siniestro, adjetivos que rara vez usamos, pero que se refieren a un miedo más cercano a lo desconcertante o lo inquietante. Es un terror que viene desde adentro, desde lo perfectamente reconocible. Friedrich Schelling lo definió como “todo aquello que debió haber permanecido en secreto, escondido, y que, sin embargo, ha salido a la luz”. En inglés se usa la palabra uncanny y en alemán, unheimlich. Sigmund Freud lo explica como “todas esas cosas que, aunque nos son perfectamente familiares, se presentan ligeramente descolocadas, despertando en quien las ve una sensación inquietante”.

Lo interesante de la palabra unheimlich es que su significado está íntimamente relacionado con las casas y literalmente se traduciría como “lo que no proviene del hogar”, donde heim quiere decir hogar. Lo interesante de esta palabra consiste en que, para entender lo que no es hogar, primero tenemos que entender lo que sí es hogar. Dicho de otra forma, para poder sentirnos en una casa ajena, primero tenemos que sentirnos en casa. El escalofrío se produce, no a partir de la fantasía, sino desde un lugar habitual y cotidiano, en el cual ya nos sentimos cómodos y seguros.

Quizás esto explica que la figura de la casa abandonada sea uno de los protagonistas en el género de terror. En la literatura existen muchos ejemplos que logran esta sensación: “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe; “Casa tomada” de Julio Cortázar; o “La casa vacía” de E. T. A. Hoffmann son cuentos que producen descolocación y escalofrío a partir de los lugares más familiares: las casas. Las casas abandonadas representan una contradicción incómoda. Cuando una casa deja de ser habitada, deja de cumplir el propósito por el que existe en primer lugar. La casa abandonada deja de servir como refugio porque entonces permite la entrada de todo aquello que pretendía dejar fuera; la
casa se desdomestica y los intrusos somos nosotros.

Las casas abandonadas también nos recuerdan que la casa es más un acuerdo que una construcción y que el pacto doméstico depende de nuestra activación. Una casa sin habitantes se convierte en un espacio fallido, no por efecto del espacio, sino por la ausencia de sus habitantes.

*Julio Cavallucci. Arquitecto por la Universidad La Salle. Ha trabajado en Zeller & Moye, Cano Vera y Taller ADG. Desde 2021, colabora como profesor asistente del taller Palimpsest Barragán de la Architectural Association.


Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp