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La (enésima) tragedia de América Latina

Tiempo atrás, con humor negro y sobrada razón, Moisés Naím escribió: “América Latina tuvo otro año normal: el crecimiento económico fue bajo; la inestabilidad, alta; la pobreza, generalizada; la desigualdad, profunda, y la política, feroz. En otras palabras: nada nuevo”.  

Por ello, es casi esquizofrénico que políticos, académicos y vividores todavía insistan en mirarse el ombligo, formular alegatos inútiles en foros banales como el de Sao Paulo o Puebla, o dejarse esquilmar por partidos españoles moribundos como Podemos y Sumar para ocultar una fría realidad: en el complejo, competido y sofisticado mundo económico, científico y tecnológico del siglo XXI América Latina, como región, existe básicamente en los medios, la comida, sus líderes exóticos, la literatura y poco más.

En una pincelada rápida, el lienzo latinoamericano actual destaca sobre todo por crisis recurrentes de corrupción, inseguridad y crimen organizado; Estados casi fallidos; destrucción institucional y democrática; economías estancadas; incompetencia gubernamental; una degradación de la vida política y de la calidad de la conversación pública, y, por supuesto, una sociedad civil de baja intensidad, donde son muchos los derechos y pocas las obligaciones humanas, como advertía David Konzevik.

Basta recordar como síntoma de ese atraso que, salvo en el caso de México, las materias primas representan todavía alrededor de 56% de las exportaciones totales de bienes de ALC (y 80% de las que van específicamente a China). La región supone menos de 2% de las solicitudes de patentes en el mundo, y de esta contribución marginal, menos de una quinta parte son presentadas por inventores o investigadores latinoamericanos. Según identificó McKinsey, ALC importa ocho veces más propiedad intelectual de la que exporta, la proporción más elevada de cualquier región, con excepción de África. Y ninguna de sus universidades aparece entre las 50 mejores del mundo.

Desde hace décadas, la región se acostumbró a depender de la producción y exportación de commodities y, excepto Brasil y México, prácticamente ningún país emprendió con éxito una transformación estructural amplia y sostenida que los condujera a construir economías más diversificadas, donde los pilares fueran el desarrollo de talento, las innovaciones puestas en valor o el aumento de la productividad.

En consecuencia, ALC no advirtió a tiempo que lo que estábamos viviendo era el surgimiento de un paradigma en cuyo centro está la educación de excelencia, la investigación aplicada y pertinente, las aportaciones de la ciencia a la economía real, y una competitividad sofisticada y robusta.

Lo más grave es que hoy, en lugar de comprender ese mundo demandante y dinámico, de aceptar e incluso anticipar hacia dónde van nuestras economías y sociedades, como lo han logrado otras regiones como Asia, e intentar subirse al vagón del nuevo paradigma, prevalece un proceso de confusión en la narrativa política, de extravío de prioridades y de retroceso intelectual que insiste en abstracciones, recomendaciones canónicas y lugares comunes (“rupturas”, “pactos”, “misiones”,  “planes”), que aconsejan volver a lo que extrañamente algunos líderes políticos y analistas de café verbalizan como un “modelo propio”, lejano de los enemigos que presuntamente representan la globalización, la “colonización”, el “Norte global” etc.

El problema es que, dicho con pragmatismo, como ese modelo no existe, al menos para regiones como ALC, resulta crítico promover una reflexión y una acción distintas que faciliten reorientar el rumbo e impedir que esta región, México incluido, se vuelva definitivamente irrelevante.

En suma, esta es la enésima tragedia de América Latina que nadie quiere reconocer.

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