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ARTES VISUALES: ¿Quién tomó la foto? La niña del napalm y la autoría en disputa

María Fernanda Marín

El 8 de junio de 1972 la fuerza aérea de Vietnam del Sur cometió un error y atacó a sus tropas y a los civiles de la ciudad de Trang Bang con fuego amigo. Sus aviones lanzaron napalm en una ciudad ocupada por Vietnam del Norte, sobre las familias que buscaban refugio. Los niños que resultaron lesionados escaparon hacia la carretera donde se encontraba la prensa, agrupada en un puesto de control. Una pequeña aterrada y completamente desnuda destacaba en el conjunto. El combustible había quemado su ropa hasta alcanzar su piel cuando la escena quedó capturada en El terror de la guerra. Desde entonces, la fotografía está arraigada en la memoria colectiva y asociada con el movimiento por la paz en la zona. El año pasado un debate en torno a su autor volvió a sacudir el mundo del periodismo con preguntas elementales sobre la ética de la imagen. 

La edición pasada del festival de cine Sundance inició la controversia con el estreno de The Stringer. El largometraje denuncia la imposibilidad de que Nick Út, galardonado con el Pulitzer y el premio de la Fundación World Press Photo, sea el autor de la fotografía. Con el respaldo de su investigación periodística y el peritaje de la agencia francesa Index, el equipo de la película atribuye la imagen a Nguyễn Thành Nghệ, quien vendió su carrete a la Associated Press (AP) por unos dólares, sin prever que le robarían el crédito por su trabajo. Los fotoperiodistas locales como él cazaban imágenes en las operaciones militares, era su forma de subsistencia. Así abastecían de material visual a los medios de comunicación en todo el mundo. Una profesión tan vinculada con el peligro, en escenarios extremos, se beneficia de la libertad del trabajo independiente —y padece la precariedad de sus condiciones. 

Carl Robinson, editor de fotografía para la AP en Saigon, cargó por varias décadas con la carga del engaño: fue él quien redactó la descripción que asignaba la autoría a Nick Út. De acuerdo con su relato, acató las instrucciones de su jefe, Horst Faas, un aclamado fotógrafo que llegó a ser director de operaciones de su agencia en el Sudeste Asiático. La alteración podría relacionarse con la muerte de Huynh Thanh My, fotógrafo y hermano de Út (nacido Huỳnh Công Út), en una comisión de Faas. Para no poner en riesgo su carrera, Robinson se mantuvo en silencio, no sin varios intentos fallidos de sacar el secreto a la luz, a partir del fallecimiento de Faas en 2012. Finalmente, se asoció con Gary Knight de la VII Foundation en 2022. Es difícil empatizar con su decisión de esperar tanto tiempo.

Nghệ se refugió en Estados Unidos y llevó una vida discreta porque no contaba con pruebas ni el respaldo institucional para sostener su caso. Le jugaba en contra la reticencia a validar la labor de los vietnamitas del periodismo internacional de los setenta. Trabajó como camarógrafo y archivista en centros de documentación audiovisual hasta sus entrevistas más recientes. Mientras tanto, Út se consagró como periodista y héroe. En su recuento de los hechos, después de su toma, llevó a la niña quemada por el combustible a un hospital de Phan Thị Kim Phúc, y le salvó la vida. Lo más probable es que nada de lo que contó haya sucedido. 

Las instituciones que respaldaron a Út han fracasado en la rendición de cuentas o han sido parcialmente transparentes, con especial cuidado de su reputación. Incluso cometieron actos de intimidación. Algunas comunicaciones internas de la AP, por parte de sus editores e instancias de control interno, evidencian la censura de las quejas de Robinson. La gran organización defensora de la libertad de expresión, dedicada al reportaje desde hace 175 años, no permitió que se investigara su estructura a fondo. Tras el revuelo de la película, AP publicó un reporte donde defiende al autor original. Además, dice que la cámara que se usó fue una Pentax de 50 mm, a pesar de que Út declaró haber utilizado una Leica de 30 mm. 

La WPP ordenó un peritaje adicional, donde abrió la posibilidad de un tercer fotógrafo, Huỳnh Công Phúc, quien estaba en una posición aún más cercana a la toma y del que no sabemos más. También suspendió temporalmente la autoría de la foto. El Pulitzer no se ha pronunciado sobre el tema. Con tantos nombres de prestigio involucrados, la sospecha se coló en todas las versiones, y pocos han tomado partido por una de las dos personas tras las cámaras. Todos son víctimas o culpables a medias, para que el asunto se diluya con el tiempo. A menos de que la demanda por difamación de Út contra Netflix y la VII Foundation en Francia arroje resultados interesantes.

Desde el 24 de junio y hasta el 11 de octubre, en el Museo Franz Mayer, estarán expuestas 33 fotografías del Archivo WPP. La muestra es un repaso por la historia mundial a través de los hitos del fotoperiodismo: abarca desde el fin de la segregación racial, la guerra civil libanesa y la crisis del sida hasta la pandemia de covid, la invasión de Ucrania y las protestas en Venezuela. Pocas veces había visto de cerca impresiones cuidadas por los fotógrafos, algunas incluso autografiadas. En la primera vitrina, localizé las tres variaciones de El terror de la guerra, con la leyenda “autoría en disputa”. La historia que conté al inicio no aparece en la cédula, únicamente la descripción tradicional de la escena. Además de ver la variante más difundida de la fotografía, me encontré con su versión completa, donde se asoman tres hombres en traje militar, al igual que con una más con marcas rojas: el área recortada en 1972. Los curadores procuraron transparencia sobre el asunto, pero no añadieron la información suficiente para interpretar el material.

En el caso de Trang Bang en 1972, estaban presentes corresponsales de la ITN británica, la NBC, The New York Times y el Chicago Tribune. Existen filmaciones y muchas fotografías para reconstruir el momento. A pesar de todos los materiales disponibles, ninguno de los reportes ha sido conclusivo, por razones más bien políticas. Dudo que tengamos una rectificación oficial y convincente de lo que pasó aquel 8 de junio de 1972, pero podría equivocarme. Hasta ahora ha sido más importante enterrar los errores que comprometen el prestigio de muchos. La reacción más audaz y éticamente aceptable ha sido la frase “autoría en disputa”, que nos comunica dos obviedades: “nos equivocamos” y “la verdad es difícil de averiguar”. 

Sólo cuando una imagen está bajo el escrutinio público, reparamos en datos básicos que pasamos por alto todo el tiempo: la identidad de los retratados, el medio de publicación, el tipo de cámara y lente con que se tomó, la distancia necesaria para el encuadre, las impresiones disponibles, las tomas adicionales de un rollo fotográfico, entre otras tantas. Más importante aún, pasamos por alto quién tomó la foto. A esto se suma que casi nunca recurrimos a más de una fuente, ni siquiera cuando se trata de un momento histórico, casi siempre registrado por más de un individuo. Consumimos imágenes y nos encanta la ficción de su impacto positivo en la realidad, sin importar que las cámaras disparan y las personas sufren.

*María Fernanda Marín. Curadora, escritora y editora de arte. Ha colaborado en medios como la Revista de la Universidad de México y Nexos, además de coordinar exposiciones para el MUNAL, el Museo Franz Mayer y el Estudio Pedro Friedeberg.
@marifermargar

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