Miguel Cane
Vivimos en una era de cinismo fácil y opiniones prefabricadas, donde el ruido de las redes sociales suele ahogar el diálogo cultural sustancial. Por eso resulta un placer encontrarse con una obra que, pese a haber llegado precedida de polémica y de un desmesurado hype, no sólo desafía las convenciones narrativas, sino que recuerda que el cine aún puede ser el punto de encuentro entre el gran espectáculo y el verdadero arte.
La adaptación que Christopher Nolan hace del poema de Homero, inspirándose de manera decisiva en la traducción de la clasicista británico-estadounidense Emily Wilson, no pretende ser sólo un blockbuster. Aspira a convertirse en un acontecimiento cultural: la reinterpretación contemporánea del relato fundacional de la literatura occidental mediante tecnología de vanguardia al servicio de una historia que exige ser vivida en la pantalla más grande posible. El revuelo que ha provocado dice, curiosamente, más de nuestra sociedad que del texto que adapta.
El primer gran acierto de Nolan reside en la precisión de su ejecución técnica y en la audacia de su estructura narrativa. Adaptar estra obra en 175 minutos requería una perspectiva tan compleja como la mente de su protagonista. Lejos de optar por una narración lineal, Nolan construye un rompecabezas donde el tiempo y la memoria se entrelazan constantemente. Es una decisión arriesgada que, lejos de alienar al espectador —salvo a quien se niegue a suspender su incredulidad—, lo sumerge en la confusión mental de Odiseo. Matt Damon ofrece aquí una de las interpretaciones más logradas de su carrera: no luce, no se mueve ni habla como Matt Damon, sino como un hombre desgastado por diez años de guerra y otros diez de errancia, obligado a recomponer los fragmentos de su memoria para encontrar el camino de regreso a Ítaca.
El ritmo es otra de las grandes virtudes de la película. Nolan mantiene la tensión con la misma destreza durante las secuencias épicas —el ataque del cíclope, el saqueo de Troya o el paso por el estrecho de Escila— que en los momentos de intimidad más contenidos, como la víspera de la partida de Odiseo junto a Penélope en el tálamo nupcial. El equilibrio entre espectáculo y emoción rara vez se rompe; cuando lo hace, es siempre en beneficio del desarrollo de los personajes.
La fotografía de Hoyte van Hoytema merece un reconocimiento aparte. La decisión de filmar íntegramente con cámaras IMAX no constituye un mero alarde tecnológico, sino una declaración de principios. La inmensidad del mar, la aspereza de los paisajes y la escala de la mitología adquieren una presencia física casi tangible; pocas veces una superproducción reciente ha sabido aprovechar el formato para acercar al espectador a la experiencia emocional de sus personajes, en lugar de limitarse a deslumbrarlo.
Cada plano parece concebido para narrar algo. El despliegue visual, los efectos prácticos y un diseño sonoro extraordinariamente minucioso —desde el rugido del cíclope hasta la transformación de los hombres en la isla de Circe, pasando por el memorable sonido que hace el arco de Odiseo— nunca se convierten en un fin en sí mismos. Todo está al servicio del relato. Es el delicado equilibrio que distingue una gran superproducción de un simple espectáculo de efectos especiales.
En el centro de este coloso técnico brillan las interpretaciones, y sería una injusticia no detenerse en una actuación que merece figurar desde ahora entre las candidatas naturales a la próxima temporada de premios. Hablo de Samantha Morton.
Su Circe es extraordinaria. Con apenas unos minutos en pantalla, transforma por completo la energía de la película. Morton no interpreta a una villana convencional, sino a una mujer quebrantada por siglos de violencia y soledad, que ha convertido el poder en la única forma posible de afecto y posesión. Ella misma explicó que su aproximación al personaje consistía en “poseerlo y serlo”, y esa idea atraviesa toda su interpretación.
La secuencia en la que convierte a los compañeros de Odiseo en cerdos —filmada con un perturbador sentido del body horror que recuerda al mejor David Cronenberg— constituye uno de los momentos más memorables de toda la película. No sólo por la impecable realización técnica, sino porque Morton consigue que la monstruosidad nazca siempre del dolor. Cuando Nolan afirmó que su trabajo le recordaba al de Heath Ledger en El caballero de la noche, no exageró. Su Circe posee la misma capacidad de dominar cada escena en la que aparece y de hacer que el espectador desee seguir observándola incluso cuando abandona la pantalla; es una interpretación de enorme complejidad y, probablemente, una de las mejores que veremos este año en el cine.
Ahora, si Circe representa el torbellino emocional del viaje, la Penélope de Anne Hathaway encarna, sin discusión, su centro moral. Hay una gravedad en su interpretación que trasciende el arquetipo de la esposa fiel. Hathaway construye una Penélope de carne y hueso: astuta, exhausta, inteligente y dueña de una dignidad que jamás necesita alzar la voz para imponerse. Es ella quien sostiene, muchas veces con un gesto o una mirada, el tejido de una Ítaca que se desmorona en ausencia de su rey. Su presencia es el verdadero hogar al que Odiseo intenta volver.
Hathaway consigue, con una aparente sencillez, que cada uno de sus silencios pese más que los discursos de los pretendientes. Entre ellos destaca Robert Pattinson como Antínoo, bien en su mezcla de cobardía y arrogancia, pero incluso él orbita alrededor de la fuerza contenida de Penélope. Cuando ambos esposos vuelven a encontrarse, Hathaway concentra en una mirada dos décadas de ausencia, esperanza y resistencia. Difícil imaginarse una Penélope mejor interpretada.
La película marca, además, un punto de inflexión en la filmografía de Nolan. Por primera vez, sus personajes femeninos dejan de ocupar posiciones periféricas para convertirse en auténticos motores dramáticos. Circe es un estudio sobre el poder y la posesión; Penélope, la conciencia ética del relato; y la ninfa Calipso, interpretada por Charlize Theron, aporta una melancolía inesperada a un personaje que el guión, lamentablemente, apenas desarrolla. Algo similar ocurre con Mia Goth como Melanto. Su interpretación posee la inquietud habitual de la actriz y deja entrever un personaje mucho más complejo del que finalmente llega a la pantalla. Da la impresión de que parte de su arco dramático quedó en la sala de montaje, una sensación que acompaña a numerosos personajes secundarios de la película.
La oscarizada Nyong'o, por su parte, convierte su breve aparición como Helena de Troya —y sus fugaces segundos como Clitemnestra— en un pequeño acontecimiento. Son intervenciones demasiado breves como para dejar huella profunda en la narración, pero en conjunto funcionan de modo espléndido y bastan para recordar por qué Nolan continúa siendo uno de los pocos directores contemporáneos capaces de reunir repartos de semejante calibre.
Más afortunada resulta Zendaya como Atenea. Consigue transmitir la autoridad de la diosa sin convertirla en una figura distante o solemne. Su Atenea posee inteligencia, ironía y una serenidad casi maternal que acompaña a Odiseo durante todo su recorrido. Sin embargo hasta ella queda inevitablemente eclipsada por el extraordinario trabajo de Morton y Hathaway, quienes terminan siendo las verdaderas columnas emocionales de la película.
Resulta imposible ignorar la polémica que acompañó el estreno. La controversia sobre el casting ha sido, para ser francos, una exhibición bochornosa de prejuicios mal disimulados. Se ha criticado a priori la elección de Nyong’o y Elliot Page, esgrimiendo argumentos tan endebles como la “fidelidad histórica” en una obra de mitología o una supuesta “agenda woke progre” Estas conversaciones se producen sin haber visto la obra, y a menudo sólo buscan encubrir racismo y transfobia.
La belleza de Helena nunca ha sido únicamente física; es una idea, un símbolo, una abstracción capaz de desencadenar una guerra, y Nyong’o es una de las actrices más hermosas y talentosas de su generación. Que su color de piel sea un problema para algunos dice más de ellos que de su trabajo. Del mismo modo, la presencia de Page como el soldado Sinón ha sido recibida con crueldad y sorna. Su interpretación, aunque breve, es esencial para la trama, y su identidad de género es irrelevante para su desempeño actoral. Quienes critican a Page o a Nyong'o por estas razones no han entendido el poder universal de la mitología. Incluso la ridícula queja de que John Leguizamo, quien tiene una participación excelente, aparece en la película a pesar de que Colombia no existía, es un absurdo como el argumento de que les arruina la infancia: es una manera patética de fingir que no se tienen prejuicios, cuando lo que demuestra es una alarmante falta de perspectiva histórica y cultural.
No todo alcanza la misma intensidad. La necesidad de condensar un poema tan vasto obliga a sacrificar algunos episodios y deja la sensación de que personajes como Menelao, magníficamente interpretado por Jon Bernthal, habrían agradecido unos minutos adicionales de desarrollo. Es, sin embargo, una concesión comprensible ante la magnitud del proyecto y una de las pocas reservas que se pueden formular a una película de semejante envergadura.
La Odisea de Nolan es una película que reivindica el poder del cine para contar historias atemporales con un lenguaje contemporáneo, sin renunciar al espectáculo ni a la profundidad emocional. Las interpretaciones son de primer nivel, la dirección es un tour de force y la controversia no es más que una anécdota que, con el tiempo, será olvidada. Lo que perdurará, a fin de cuentas, es una epopeya visual.
Cuando las discusiones sobre el reparto hayan sido sustituidas por la siguiente polémica pasajera de Internet, quedarán las imágenes, la humanidad de sus personajes y la ambición de un cineasta que insiste en fusionar el espectáculo audiovisual con el arte. Las controversias siempre terminan por desvanecerse; las grandes películas, en cambio, encuentran la manera de permanecer, así como los cantos de Homero aún nos emocionan, casi tres mil años después de que un bardo los cantara por primera vez.
*Miguel Cane. Escritor, dramaturgo, crítico y periodista cinematográfico con 30 años de carrera. Su último libro es Liliput (Gato Blanco, 2025).
@AliasCane
Recomendar Nota
