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El fútbol como épica, lenguaje e ilusión

El fútbol como épica cotidiana y lenguaje poético: de Javier Marías y Charles Simic a Pasolini y Fassbinder, el texto piensa el juego como una forma de narrar la vida, entre la tragedia, la memoria y el destino.

Alejandro Villaseñor

En Salvajes y sentimentales, su exquisita antología de ensayos futbolísticos, Javier Marías señala que el fútbol es “la escenificación de la épica al alcance de todo el mundo”. Este deporte, donde once jugadores contra once compiten por empujar una pelota dentro del arco rival, tiene a nivel simbólico una carga mucho mayor dentro de la psique del “ciudadano común” que, a mi parecer, Paris clavándole una flecha en el talón a Aquiles o Edipo sacándose los ojos con los broches del vestido de Yocasta. Para Marías, al igual que la tragedia, el fútbol oscila entre la emoción desbordada y la sensibilidad estética. Pero, a diferencia de la épica o la tragedia clásica, el fútbol tiene un elemento casi único que quizá sea lo que lo hace tan popular: “es la recuperación semanal de la infancia”.

Para los que somos aficionados a este deporte, este elemento es clave. Es muy posible que, para millones de aficionados en el mundo, el recuerdo de la derrota o el triunfo de su equipo sea uno de los episodios con mayor carga emocional de sus vidas. Sumemos a esto la lealtad a la camiseta —posiblemente la primera lección de fidelidad para varios de nosotros— y el carácter ritualístico de este deporte —sabemos que, partido a partido, nuestro equipo y sus hombres saldrán al campo a defender los colores. Todo ello nos da la posibilidad de ser griegos o troyanos de manera casi semanal.

Hay en esto un grado de subversión de la épica o la tragedia literaria que resulta fundamental: en el fútbol, no siempre Aquiles muere y no siempre Edipo termina sacándose los ojos. Este deporte nos permite semana a semana vengar nuestros traumas de la infancia y convertir destinos trágicos en heroicos. Escapar a ello, incluso cuando ya somos adultos, resulta dificilísimo para quienes somos aficionados a este deporte.

El poeta Charles Simic ilustra muy bien ese sentimiento en una simpática anécdota de su ensayo Confessions of a soccer addict. En 1994, mientras se encontraba comiendo con Octavio Paz, México e Italia se enfrentaban en la fase de grupos del Mundial que ese año se jugaba en Estados Unidos. Paz, que por lo que sabemos no era gran devoto a este deporte, hablaba apasionadamente de Heidegger. Pero Simic, a pesar de estar conversando con un buen amigo y, sobre todo, con un poeta admirado, confiesa no recordar nada de lo que el Nobel mexicano dijo durante esa comida. Para él, en ese momento, lo único que realmente importaba era estar al tanto de cómo iba el partido que definiría el liderato del Grupo E. Así fue que, durante toda la comida, el poeta serbio-estadounidense estuvo levantándose de la mesa para ir al baño con el único fin de pasar por la cocina y poder ver cómo iba el partido que ahí se transmitía. Al final de la anécdota, lamenta haber ignorado lo que seguramente fue un brillante comentario de Paz sobre el filósofo alemán; con todo, reconoce que ese día lo único que le importaba era saber quién sería el líder de aquel ya icónico “grupo de la muerte”.

Cuento esta anécdota porque —creo— es a esto a lo que se refería Marías al asegurar que el fútbol acerca la épica a todo el mundo. No importa si se es un gran poeta del siglo XX o un simple obrero: ambos forman parte de ese “todo el mundo”, ambos se ven demasiado tentados a participar de esa épica que el fútbol escenifica. Pero ¿qué pasa cuando al fútbol se le ve aún más allá de la simple metáfora o representación, y empieza a entenderse como un lenguaje en sí mismo? Un lenguaje que, como cualquier otro, nos permite crear literatura, a través de la combinación de sus distintos fonemas y de la puesta en práctica de sus propias reglas.

Tras ser entrevistado por la prensa de su país con motivo de la derrota de Italia frente al Brasil de Pelé en la final de México 70, e insatisfecho con sus respuestas, el cineasta y poeta Pier Paolo Pasolini publicó, en el periódico Il Giorno, un artículo de lo más perspicaz y original bajo el título Il calcio è un linguaggio con i suoi poeti e prosatori. En este ensayo, Pasolini exponía la radical idea de que el fútbol, al ser un sistema de signos, tiene todas las características fundamentales del lenguaje y, por lo tanto, puede ser comparado con cualquier lengua escrita o hablada. De hecho —dice el italiano— “las palabras del lenguaje del fútbol se forman exactamente igual que las palabras del lenguaje escrito-hablado”. Para él, las palabras se constituyen a través de lo que se denomina la “doble articulación”, o sea, a través de “las infinitas combinaciones de los ‘fonemas’ que, en italiano, son las veintiuna letras del alfabeto”.

Si la unidad mínima del italiano son los fonemas, en el idioma del fútbol debe de existir un equivalente. Pero es aquí donde Pasolini lleva su analogía un paso más allá: “Un hombre que usa los pies para chutar un balón es la unidad mínima: el podema. Las infinitas posibilidades de combinación de los podemas forman las palabras futbolísticas, y el conjunto de las palabras futbolísticas forma un discurso regulado por auténticas normas sintácticas”. Más adelante añade: “… Los podemas son veintidós (casi igual que los fonemas); las palabras futbolísticas son potencialmente infinitas, porque infinitas son las posibilidades de combinación de los podemas (en práctica, los pases de balón entre jugador y jugador); la sintaxis se expresa en el partido, que es un auténtico discurso dramático”.

Esta idea del fútbol como una lengua en sí misma, en la que cada jugador o podema funge como unidad mínima y cada combinación de éstos puede dar pie a distintas palabras futbolísticas, simplemente es el camino que utiliza Pasolini para llegar a la idea principal de su artículo. Si el fútbol equivale a cualquier otra lengua, entonces “puede haber un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol como lenguaje fundamentalmente poético”. Por razones de cultura e historia, para Pasolini el fútbol de algunos pueblos es prosaico, mientras el de otros tiende a lo poético. Si la Italia de Giacinto Facchetti y Gianni Rivera, con su orden táctico, representaba el fútbol en prosa (“Se basa en la sintaxis, en el juego colectivo organizado, esto es, en la ejecución razonada de un código…”), el Brasil de Pelé era lo contrario, con su juego eminentemente poético. Para el poeta y cineasta, “El regate y el gol son los momentos individualistas-poéticos del fútbol; por eso el fútbol brasileño es un fútbol de poesía”.

Lo interesante del argumento es que tampoco se basa en un criterio totalizante. El lenguaje del fútbol, como cualquier otro, puede pasar de un momento al otro, del verso a la prosa o al revés. Cuadros o equipos que juegan fundamentalmente en prosa pueden ganar un partido a través de acciones eminentemente poéticas. ¿Qué fue, si no, la Argentina del 86 y el inmortal gol que Maradona anotó a los ingleses y que Pasolini quizá anticipó de forma profética al hablar del regate y el gol como las dos acciones más poéticas que se pueden realizar en el fútbol? Pues “De hecho, el sueño de todo jugador (que todo espectador comparte) es arrancar del centro del campo, driblar a todos y marcar. Si, dentro de los límites permitidos, cabe imaginar algo sublime en el fútbol, es precisamente esto”. 

Bajo esta lógica, no habría ningún problema en hablar del astro argentino como el máximo poeta del fútbol. No porque sus goles fueron algunos de los más bellos, sino porque, siguiendo a Pasolini, nadie escribió ese lenguaje de forma tan libre. Si el fútbol puede escribirse en prosa o en verso, pocos versos tan perfectos como aquél que comenzó en la mitad de la cancha y terminó con el balón dentro del arco inglés. Sin embargo, el fútbol no sólo se puede ver como metáfora o lenguaje en sí mismo. A veces, este deporte simplemente es algo que sucede al mismo tiempo que nuestras vidas. Una épica que se representa jornada tras jornada y que, al contrario de lo que ocurría en la anécdota de Simic y Paz, transcurre de manera paralela al drama de nuestras propias vidas, casi sin interpelarnos.

En la última escena de El matrimonio de María Braun, el cineasta y también aficionado al fútbol Rainer Werner Fassbinder expone este fenómeno con total crudeza. Esta  película, que es la primera de su Trilogía BRD, cuenta la vida de María Braun, una mujer que, tras haberlo perdido casi todo durante la Segunda Guerra Mundial, intenta rehacer su vida al mismo tiempo que su país trata de reconstruirse desde las enormes ruinas físicas y morales que dejó el conflicto. La película, que busca funcionar como una metáfora del llamado “Milagro Alemán”, exhibe con cierta distancia crítica cómo la década posterior a la guerra supuso para Alemania un periodo de reconstrucción y crecimiento económico, pero también una época de cinismo y desmemoria, quizá necesarios para superar los traumas del nazismo. En ese contexto vemos a María Braun intentando abrirse camino y reconstruir su vida en un mundo de hombres. No obstante, al final, pese a todos sus esfuerzos y a los compromisos que acepta para salir adelante, llegamos a la triste conclusión de que el milagro no estaba al alcance de todos.

Es aquí donde el fútbol entra en escena. Si en El matrimonio de María Braun Fassbinder intenta hacer una radiografía del “Milagro Alemán” y sugerir que éste tuvo mucho de ilusión porque no estuvo al alcance de todos —empezando por la propia María Braun—, en la última escena de la película el fútbol se convierte en el vehículo perfecto para evidenciarlo. En 1954, menos de una década después del final de la Segunda Guerra Mundial, la República Federal Alemana se enfrentó, en la ciudad suiza de Berna, a la poderosísima Hungría de Puskás, Czibor y Kocsis, el célebre “Equipo de Oro”, en la final de la Copa del Mundo. Contra todo pronóstico, el mucho más modesto conjunto alemán terminó imponiéndose por 3 a 2. Aquel partido, recordado como el “Milagro de Berna”, fue escuchado por millones de alemanes a través de la radio y pronto se convirtió en una poderosa metáfora del renacer nacional. Fassbinder decide mostrar el reverso de ese milagro. Mientras la voz del legendario narrador Herbert Zimmermann estalla de emoción con el grito de “¡Ha terminado, ha terminado! ¡Alemania es campeona del mundo!”, la vida de María Braun termina por destrozarse de manera definitiva. La tragedia íntima de una mujer transcurre exactamente al mismo tiempo que el nacimiento de un nuevo mito nacional.

El poder de esta escena radica precisamente en ese contraste. Incluso cuando el fútbol funciona como una de las metáforas más poderosas de las que disponemos, capaz de representar el renacer de una nación entera o, como proponía Pasolini, de constituirse en un lenguaje con el que también puede escribirse literatura, al final del día continúa siendo un deporte que, aunque emocione y haga soñar a pueblos enteros, transcurre de manera paralela y prácticamente autónoma al único drama que realmente importa: el drama de nuestras propias existencias. Quizá por eso uno de los mayores clichés sobre este deporte, y por repetido que parezca, sigue conservando una enorme verdad. Cuando Jorge Valdano dijo que “el fútbol es la cosa más importante de las menos importantes”, resumió con precisión esa paradoja. Porque, aunque el fútbol sea, como Fassbinder mostró, algo tangencial al drama de nuestras vidas, no por ello deja de ser, para millones de personas, el mejor —y, en ocasiones, el único— vehículo para vivir otros dramas y otras épicas. Una posibilidad si no para desafiar al destino, al menos para escapar de él durante noventa minutos.

*Alejandro Villaseñor. Crítico y lector.
@alex_villasenor

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