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Información para decidir con libertad

Cuando la imagen siembra dudas

Antes de intercambiar una sola palabra con alguien, nuestro cerebro ya comenzó a construir una historia sobre esa persona. En una fracción de segundo decidimos si alguien parece confiable, competente, cercano, autoritario o descuidado.

Después vendrá la conversación que podrá confirmar o desmentir esa primera intuición. Pero para entonces ya ocurrió lo más importante: la primera impresión.

La primera impresión es precisa, poderosa y generalmente permanente. Es difícil cambiar una primera impresión porque nuestro cerebro buscará información que confirme aquello que ya creyó desde un principio. Los psicólogos llaman a este fenómeno sesgo de confirmación.

Aunque nos guste pensar que juzgamos únicamente por los hechos, la realidad es otra. No podemos sustraernos a uno de los canales de comunicación más antiguos de nuestra especie.

Mucho antes del lenguaje, la apariencia ya nos ayudaba a decidir si alguien representaba una amenaza, pertenecía a nuestro grupo o merecía confianza.

Umberto Eco dedicó un ensayo completo a esta idea: “El hábito hace al monje”. Su argumento era que la ropa no solo cubre el cuerpo; funciona como un lenguaje. Incluso cuando alguien pretende comunicar que la apariencia no importa, ya está enviando un mensaje.

Lo entendemos desde chicos y se refuerza con educación. Nadie acude vestido igual a una entrevista de trabajo, a una boda o a un funeral. Elegimos la ropa según el mensaje que queremos transmitir, el lugar al que asistimos y las personas con las que vamos a interactuar.

¿Por qué habría de ser diferente en quien ocupa uno de los cargos más importantes del Estado mexicano?

Por eso la discusión sobre la apariencia del presidente de la Suprema Corte no trata de moda. Trata de comunicación institucional.

Es frecuente ver al ministro con prendas que parecen no corresponder al cargo que ocupa. Sacos de talla incorrecta, combinaciones poco cuidadas y una imagen que transmite improvisación más que solemnidad.

No se trata de elegir elegancia ni ropa costosa. Se trata de coherencia y de respeto a la institución que representa.

 Cuando vemos a un piloto impecablemente uniformado, a un cirujano con una bata limpia o a un militar correctamente presentado, difícilmente pensamos que se trata de vanidad. Entendemos que la apariencia también comunica disciplina, orden y respeto por la responsabilidad que tienen en sus manos.

Hace más de un siglo Edward Thorndike describió el efecto halo: la tendencia a atribuir cualidades positivas o negativas a partir de una sola característica visible.

Lo descubrió mientras evaluaba a militares. Observó que quienes llevaban el uniforme impecable y los zapatos bien lustrados no solo eran percibidos como más ordenados; también eran considerados más inteligentes, más responsables y mejores líderes, aunque no existiera evidencia de ello.

La apariencia no demuestra competencia, pero influye profundamente en cómo la percibimos.

Desde el sexenio de López Obrador, la austeridad dejó de ser solo una política pública; también se convirtió en una puesta en escena. La imagen comenzó a comunicar cercanía con "el pueblo" y distancia frente a las élites. Zapatos gastados, restaurantes de carretera, vuelos comerciales y una estética de sencillez formaban parte del mensaje. Después, con mucha menos publicidad, volvieron los traslados en aeronaves de la Fuerza Aérea.

Veníamos del llamado “mirreinato”, una época en la que la sofisticación terminó asociándose con privilegios, excesos y despilfarro. La respuesta fue el movimiento pendular típico de la política: si antes el exceso comunicaba poder, ahora el descuido pretende comunicar virtud: menos formalidad y menos cuidado. Una apariencia deliberadamente sencilla.

El problema aparece cuando se confunde austeridad con descuido, porque la sencillez no está peleada con la pulcritud ni con el respeto institucional.

La paradoja es evidente, mientras la imagen busca comunicar cercanía con el pueblo, siguen existiendo escoltas, asistentes, camionetas oficiales y privilegios propios del poder. Cambió el vestuario; los privilegios encontraron otras formas de permanecer.

Se cuenta que, durante una gira, John F. Kennedy estaba por descender del avión cuando alguien le pidió apresurarse porque la comitiva de bienvenida ya lo esperaba. Él regresó a peinarse y respondió:

“Esperen, yo soy John F. Kennedy. Pero quien está a punto de bajar del avión es el presidente de Estados Unidos”.

Entendía algo que hoy parece olvidarse: cuando se ocupa un cargo público de esa magnitud, la imagen deja de ser completamente personal también representa a la institución. La imagen que se lleve, simboliza el respeto que se le tiene.

La imagen no prueba la competencia. Pero el descuido sí despierta dudas.

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