Para poder hablar del T-MEC es importante definir que un tratado no es un fin en sí mismo; es, ante todo, un instrumento de política pública regido por el derecho internacional que vincula jurídicamente a las naciones que deciden firmarlo y así se convierte en ley.
Con la extraordinaria visión de los presidentes Bush, Salinas y Mulroney, se diseñó y firmó un tratado que, dada las asimetrías económicas y sociales de los países firmantes, creaba una de las integraciones comerciales más innovadoras e importantes de la historia. Los resultados para México han sido extraordinarios.
México ha sido el país más beneficiado del tratado; pasó de ser un país maquilador y casi monoexportador (petróleo), a ser una potencia industrial. Hoy, es la 12a. economía del mundo.
La política es dinámica, y con la llegada de Trump a su primer mandato, dejó claro su desacuerdo con el TLCAN y el déficit que éste había generado, básicamente a favor de México. Trump forzó a una revisión que generó un segundo tratado: el T-MEC.
Sin embargo, bajo la mediocre presidencia de Joe Biden, muchos de los compromisos firmados no se cumplieron y el déficit se acrecentó. El deterioro del Estado de derecho en México y la amenaza para la seguridad de EU que suponen las organizaciones criminales en México, le dieron a Trump todos los argumentos que necesitaba para confirmar un cambio de política pública en EU: MAGA.
En este contexto, EU decide ahora no renovar el tratado, y pasar a revisiones anuales del mismo hasta 2036. Hay que aceptarlo, tenemos otro tratado.
No cabe duda de que la decisión de Trump tiene muchos matices electorales y él necesita un discurso proteccionista y populista para poder triunfar en las elecciones intermedias de noviembre. México será uno de los “objetivos” principales de su campaña.
Uno de los elementos fundamentales de un tratado, como política pública, es otorgar certeza y condiciones de largo plazo para los inversionistas que requieren muchos años para ver madurar sus proyectos. No parecería que una planta industrial pudiera amortizar su inversión en 10 años.
Los tratados requieren de largos tiempos y complejos procesos de negociación y aprobación. ¿Cómo vamos a sostener políticamente esta tensión anual y dar al mismo tiempo certeza a los mercados?
No sabemos si se va a proponer un calendario temático de las revisiones anuales que den una visión mínima de futuro o si vamos a depender del humor del inquilino de la Casa Blanca.
La actitud de CSP y sobre todo de Ebrard: “no pasó nada”, es tan peligrosa como irresponsable. No han querido, o no han podido, entender el cambio de paradigma en EU. Si no han podido con la renovación del tratado, ¿cómo van a enfrentar ahora las negociaciones anuales?, ¿cree de verdad Ebrard que México tiene hoy el mejor acuerdo posible? Tuvo dos años para trabajarlo y no lo consiguió. Tal vez es tiempo de un cambio de negociador.
Pancho Graue
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