“Las liberades necesarias, dádnoslas, y entonces os concederemos, si lo queréis, que el poder sea fuerte. Pero antes, dadnos la libertad individual garantizada, la libertad de prensa, la libertad electoral, la libertad de los representantes de la nación para controlar a todos los ministros, el derecho de interpelación. En cuanto tengamos eso, tendréis un poder fuerte, porque será un poder controlado, un poder responsable, un poder que no podrá abusar”, Adolphe Thiers, 1864.
Ninguna transformación política tiene sentido si combate las libertades necesarias: individuales, de prensa, electorales; los derechos que protejan la libertad ante el Estado, el amparo ante leyes arbitrarias, el derecho a la interpelación; la defensa ante el poder concentrado del Estado. Han pasado más de ocho años, suficientes para que la cuarta transformación demostrara en los hechos que su esencia ha sido la toma del poder a toda costa sin importar que sus decisiones impusieran altos costos sociales al país: en la salud, la educación, la infraestructura, la hacienda pública, la fiscalización, la transparencia, el equilibrio de poderes, el sistema de justicia, el sistema electoral.
Desde su inicio a fines de 2018, con la llegada del primer gobernante del “movimiento”, se impusieron costos sociales impulsados por un decisionismo político ampliamente superado en las democracias liberales: la noción de que la voluntad de una autoridad es más importante que las leyes escritas, que el diálogo y el debate, que el equilibrio de poderes. Así, lo que da validez a una ley no es su contenido moral sino el hecho de que la autoridad soberana así lo decida. Es como decirles a todos: “Primero la transformación, luego vemos lo de las libertades. El pueblo nos dio el poder fuerte”.
Cuando la cuarta transformación tomó este camino, asumió que el derecho nace de las necesidades políticas del Estado y no de los derechos del hombre. El decisionismo político está vinculado a la obra de Carl Schmitt que sostenía en tiempos de la República de Weimar, allá por 1932, que la vida política tiene momentos que para consolidar el poder no se puede sustentar en las leyes normales y por lo tanto es necesario tomar decisiones absolutas para actuar desde el Estado, las cuales se justifican aun cuando se actúa fuera de la ley. No resulta extraño que esta teoría jurídica conquistara la atención del nacionalsocialismo, cuyas tesis le vinieron como “anillo al dedo” a Hitler para asaltar, por la vía democrática, el poder en Alemania.
La historia nos enseña que el camino de los autócratas es un camino aprendido. Schmitt tenía muy presentes los experimentos autócratas de personajes que, por la vía democrática, habían llegado al poder y que inmediatamente después les habían torcido el brazo a las leyes: Luis Napoleón, el príncipe-presidente y después emperador; Otto von Bismark, parlamentario prusiano, ministro presidente de Prusia, canciller de la Confederación Alemana. Su noción del decisionismo político surge de necesidades de transformaciones políticas para asumir el poder pleno que se imponen invocando el bienestar colectivo, aunque en realidad esto es lo único que no importa.
En este contexto resuenan fuertes las palabras de Thiers pronunciada en el cuerpo legislativo francés en 1864 contra el Segundo Imperio de Napoleón, ocasión en que le exige a éste reponer las cinco libertades necesarias despojadas por el autócrata que llegó al poder en Francia por la vía democrática y después se enseñoreó en el poder y que tantos daños le causó a la nación francesa. Esto lo orilló a declarar: “No queda error por cometer”.
¿Qué error le queda por cometer a la cuarta transformación?
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