Estamos a dos semanas de que termine el tan esperado Mundial de Futbol 2026; incluso este domingo se celebró el último juego en nuestro país. Han sido semanas de fiesta y alegría; días de emociones, convivencia y de olvidar diferencias. Un oasis en un desierto de problemas, inseguridad y calamidades. Pero como todo lo que inicia, esta fiesta está por terminar y es momento de analizar lo que deja en materia de salud.
En todo fenómeno que provoca la movilización masiva de personas existe el riesgo de transmisión de enfermedades que pueden estar ocurriendo en otras partes del mundo, o que incluso son comunes en esos sitios y no en el lugar de encuentro. Meses antes de que iniciara el torneo, se detectó un brote de ébola —una enfermedad infecciosa de alta mortalidad— en uno de los países participantes. Mientras que Estados Unidos y Canadá decidieron cerrar sus fronteras a la República Democrática del Congo, México optó por mantener la vigilancia y permitir la llegada de personas procedentes de esa nación. Hasta el momento no se han detectado casos y esperamos que la portería siga invicta. Con todo, sigo pensando: ¿para qué otorgar un penalti cuando se pudo haber evitado el riesgo?
Como aprendimos en la pandemia de Covid-19, la sana distancia evita el contagio de enfermedades infecciosas, sobre todo las de tipo respiratorio. No es una sorpresa para nadie que se esté presentando un nuevo repunte de Covid-19 en nuestro país. Son miles de casos nuevos de personas que no están dispuestas a mantener el aislamiento por no perderse la fiesta, y que acuden a lugares conglomerados donde la enfermedad se seguirá diseminando. Afortunadamente, se trata de una infección que a través del tiempo ha logrado entenderse, diagnosticarse y tratarse de forma adecuada. Aun así, las personas más vulnerables siguen corriendo el riesgo de presentar un cuadro severo, llegar al hospital e incluso morir.
Algo similar ocurre con las enfermedades gastrointestinales y las intoxicaciones etílicas o por otras sustancias, las cuales se han incrementado de forma importante en estas semanas. Asimismo, un problema que empezamos a observar quienes nos dedicamos a diagnosticar y tratar pacientes es el aumento de infecciones de transmisión sexual (ITS). Los casos de gonorrea y uretritis por Chlamydia han presentado un incremento considerable; al ser de incubación corta, estas dos son las que se manifiestan con mayor rapidez. Por lo tanto, no será una sorpresa que en los próximos meses notemos un aumento en los registros de sífilis, herpes y del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).
Será fundamental que la autoridad sanitaria desarrolle programas de detección temprana para evitar que estos casos pasen inadvertidos. De lo contrario, aumentará el número de personas con VIH que viven sin saber que están infectadas y que, por ende, continúan transmitiendo el virus mientras la enfermedad progresa. Este ya es, de por sí, un problema grave en nuestro país.
Como todo en la vida, también hay aspectos positivos que el Mundial puede dejar en la salud. Los niños y jóvenes reciben esa descarga de pasión que los mueve a jugar y ejercitarse. Es el momento justo para aprovechar esta inercia y promover el deporte en la infancia. Previo al torneo se echó a andar un programa para el desarrollo y la restauración de más de 4 mil canchas de futbol; tristemente, para cuando empezó la competencia, solo se había cumplido con 40% de lo prometido. Es hora de retomar esa promesa e incentivar a la juventud mexicana. Somos el país con el índice más alto de obesidad infantil, y para combatir este problema se necesitan tanto programas de nutrición como el desarrollo de espacios deportivos. No debemos desperdiciar la euforia y la ilusión de estos momentos, cuando los jóvenes aspiran a ser como esos héroes que les han dado tantas alegrías.
Más allá de los virus, las estadísticas y las promesas gubernamentales pendientes, el Mundial nos recuerda la profunda interconexión de nuestra condición humana: celebramos juntos, pero también nos contagiamos juntos. Cuidar la salud propia y la de los seres más vulnerables que nos rodean es, en última instancia, el acto de corresponsabilidad más noble que nos deja esta fiesta. Que la euforia compartida en las tribunas y las calles no se desvanezca con el término del torneo; canalicemos esa misma empatía y energía para proteger la vida en el día a día. Al terminar el juego, el legado más valioso que podemos rescatar es entender que en el cuidado de la salud, igual que en el futbol, nadie gana solo.
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