El mesías vive de promesas futuras. Muere cuando le pides cuentas.
El Estado mexicano representa en nuestros días un caso extraño: el de una república constitucional impecable en el papel, pero con ciudadanos pasivos e instituciones republicanas inoperantes. Si utilizamos la lógica de Karl Popper y hacemos un símil con su paradoja de la tolerancia (la tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia), tenemos una república que, al no exigir virtudes republicanas a sus ciudadanos éstas acaban por perderse. Es un caso insostenible.
Las premisas que fundamenta lo anterior son que la república (res pública o cosa de todos) requiere de ciudadanos que pongan el bien común sobre el interés privado y que éstos exijan resultados al gobernante. Si una república deja de exigir al ciudadano un sentido de la responsabilidad y la virtud cívica, y si éste a su vez no exige al gobernante resultados, la república se convierte en res nullis o cosa de nadie: la república vive en la Constitución, pero muere en los hechos. Tenemos el caso de una república que se suicida por no defenderse, por dejarse despojar de las instituciones que establecen los equilibrios constitucionales y con ello los límites al poder. Se suicida por miedo a la muerte.
Si bien toda ley, poder o tradición son criticables y susceptibles de mejora, la república debería ser intolerante con los intolerantes que la quieren abolir minando las estructuras funcionales de la democracia liberal para imponer de manera programática una autocracia sin límites.
El decisionismo jurídico en el México contemporáneo se manifiesta mediante el uso de una legitimidad mayoritaria que impone decisiones políticas fundamentales por encima del control y formalismo legal. Opera bajo la premisa schmittiana (de Carl Schmitt) de que la voluntad popular (el pueblo bueno y sabio encarnado en “El Movimiento") es la verdadera fuente de derecho, lo que choca frontalmente con la noción de una república basada en equilibrio de poderes, contrapesos legislativos y judiciales.
La soberanía popular se vuelve peligrosa cuando se le manipula, cuando “la voluntad del pueblo” se convierte en marioneta del poder, en divisa del autócrata. Lo cierto es que no hay en México instituciones que corrijan los errores y las omisiones de los gobernantes, y esto sucede cuando se pierde la autocrítica y la autocorrección, cuando se simula la rendición de cuentas, cuando todo se justifica y se cae en la impunidad. Y cuando agentes libres actúan por cuenta y orden del Estado sin responsabilidad alguna.
Los tres Poderes de la Unión caen en esta circunstancia: el Poder Legislativo no hace la supervisión legislativa a la que está obligado y no fiscaliza el gasto que él mismo aprobó; el Poder Ejecutivo no controla el gasto público de conformidad con la aprobación legislativa y su control interno es débil, y el Poder Judicial no sanciona la ausencia de rendición de cuentas.
La división de poderes, el federalismo y los contrapesos institucionales están ausentes y con ello la destrucción de la sociedad abierta, construcción de la democracia liberal, aquella con elecciones libres sancionadas por garantes confiables, aquella en que el juicio político es posible y en que las instituciones de la república limitan los abusos de los políticos. En fin, aquella sociedad que sabe que lo más importante no es quién nos gobierna, sino las instituciones que nos permiten limitar, corregir y remover sin violencia a gobernantes que no dan resultados. La gran tarea es recuperar la democracia para recuperar la independencia de poderes, para reconstruir instituciones fundamentales, convocando para ello a la oposición social.
Recomendar Nota
