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250 aniversario de la democracia americana

Para conmemorar el cuarto de siglo de la fundación de Estados Unidos, Trump organizó un espectáculo de lucha de la UFC y firmó un acuerdo con Irán que ilustra el fracaso rotundo de EU e Israel. Dice Michelle Goldberg que algún día se escribirá una versión americana de La Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, de Edward Gibbon, y que “su marcador incluirá la escena de una jaula metálica de 92 pies sobre la Casa Blanca mientras en algún lugar adentro del edificio hay gente intentando descifrar cómo vender un desastre de política exterior como una gran victoria”.[1] Así, la cuna de la democracia liberal es ahora el escenario de su ocaso.

Ante una crisis democrática global, este aniversario nos invita a reflexionar sobre aquello de iluminador que encontró Tocqueville en la democracia americana y, sobre todo, a lo que le permitió también identificar las causas de su eventual fracaso con voz profética. En sus viajes por EU, Tocqueville se percató de que la democracia americana no dependía de su ordenamiento jurídico ni de su geografía. Identificó que los ingredientes fundamentales de la democracia americana que explicaban su funcionamiento eran la libertad y la igualdad en equilibrio —o con aspiraciones de equilibrio—. Esta receta sentaría las bases de la democracia liberal y de sus aparatos teóricos principales.

Si bien en la recién nacida democracia americana se podía advertir la aspiración del punto de equilibrio ideal entre libertad e igualdad, la realidad ilustra cómo esta búsqueda de una ponderación adecuada entre ambos principios es un horizonte que sigue en construcción tanto en América como en el resto del planeta. Quizá en un futuro la historia de la democracia liberal pueda leerse como el proyecto de lograr ese equilibrio, más que como una meta siempre frágil. Lo que observamos ahora son más bien aquellos desequilibrios entre libertad e igualdad que generan nuevas formas de opresión, como bien advirtió Tocqueville en su distinción entre democracias buenas y malas.

Hoy podríamos decir que Estados Unidos —como gran parte del globo— se encuentra más cerca de la mala democracia que de la buena. Si bien las causas de este fracaso son innumerables y se han vertido litros de tinta al respecto, corresponde mirar hacia aquellas que señalaba Tocqueville como un profeta que desde el alba atisbó el ocaso. La primera es el individualismo que estructura el mundo contemporáneo. Parecería que la regla dicta cada quien a lo suyo. Con una comprensión muy limitada de lo que es nuestro que termina por reducirlo a la esfera privada. No voltear a ver a lo común y no entender que lo nuestro —lo mío y lo tuyo— es siempre colectivo, es el camino más directo hacia la crisis democrática. Es la mejor manera de desarmar la participación colectiva desarmando primero el pensamiento colectivo, la preocupación —siempre humana— por lo común, por lo político.

Este alejamiento de la política nos lleva a otra causa que señalaba Tocqueville como advertencia de futuras crisis democráticas. Se trata de aquella centralización del poder que, a falta de contrapesos y posibilidades de injerencia ciudadana, desmoviliza. Cuando de plano no hay por dónde entrarle a la toma de decisiones colectivas, la ciudadanía misma se retrae, deja de participar en lo común. Los gobernantes déspotas, habría que añadir ahora, se aprovechan de esta alienación política y del entramado democrático legal para cooptar el poder.

Todo esto nos lleva a la famosa tiranía de las mayorías de la que advirtió Tocqueville desde un inicio y que en este punto del crecimiento de los nuevos populismos, se ha convertido en el pan de cada día. Ante estas causas del desmoronamiento democrático que se han materializado, Tocqueville ofrecía también un antídoto crucial: el cuidado de la comunidad mediante la asociación civil y la participación en la política local. Tanto en Estados Unidos como en México, el camino de construcción o reconstrucción democrática está allí, en la comunidad inmediata como primer peldaño.

Desde este punto histórico que se pinta de ocaso, lo esencial es volver al alba: a eso que sorprendió a Tocqueville de la democracia americana y que se tendría que replicar en las democracias modernas: la capacidad de agruparse con el otro sin serle necesariamente afín. Para ello necesitamos gobiernos que fomenten la participación genuina en la vida pública y ellos necesariamente se encuentran en lo local.


[1] Goldberg, Michelle, “A Garish Spectacle of American Decline”, The New York Times, junio de 2026, disponible en: https://www.nytimes.com/2026/06/15/opinion/ufc-freedom-250-fight.html

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