Juan Carlos I estuvo en México en enero de 1990. Era su segundo viaje a nuestro país. En el primero, en 1978, optó por el encuentro con los exiliados y se reunió con Dolores Rivas Cherif, la viuda del presidente Manuel Azaña.
Rivas Cherif resumió la importancia de la cita, con un mensaje rápido y contundente: “Tengo alegría porque al fin están todos los españoles unidos”.
En Teotitlán del Valle, Oaxaca, 12 años después, la agenda se concentraba en las celebraciones, que tendrían efecto en 1992, del quinto centenario del encuentro de dos mundos, asunto complejo, en lo historiográfico y en lo político.
Ante representantes de pueblos indígenas, el rey de España ofreció, desde su perspectiva, una disculpa de carácter histórico, cuidadosa, porque el objetivo en ese momento, como debiera serlo en todos, era fortalecer la relación entre ambos países, rota por la dictadura de Francisco Franco, pero ya restaurada en democracia.
“La corona de España procuró desde el mismo momento del descubrimiento del nuevo mundo la defensa de la dignidad del indígena”.
Captada la atención de la audiencia, según las crónicas periodísticas de la época, el monarca explicó: “Así, el propio rey Carlos V hizo observar enérgicamente a Hernán Cortés que ‘Dios nuestro Señor creó a los indios libres y no sujetos a servidumbre’. Claro que la prudencia y la ecuanimidad de los monarcas fue, a menudo, lamentablemente desoída por ambiciosos encomenderos y venales funcionarios que, por la fuerza, impusieron su sinrazón”.
Pondero la figura de fray Bartolomé de las Casas, decidido defensor de los indígenas y quien propiciaría la promulgación de las Nuevas Leyes de Indias en 1542.
“Bartolomé de las Casas fue capaz de concebir y ejercitar una seria, coherente y honesta actitud intelectual ante el mundo indígena; y esto es algo que debería servirnos de modelo y pauta a cuantos -como hoy nosotros, aquí- nos acercamos a vuestro mundo con respeto y admiración”.
Y pronosticó: “Porque difícilmente podremos entendernos, hacernos comúnmente inteligibles, si no somos capaces, unos y otros, todos en conjunto -y sin perder ni un ápice de nuestra identidad- de ser tolerantes, abiertos y transigentes”.
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