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Las lecciones de Coahuila

Fui un día a hacer campaña a Coahuila en favor de mis compañeros y amigos de Movimiento Ciudadano. Hicimos un recorrido y un crucero. Recuerdo que, bajo un sol inclemente, me acerqué a un auto y su conductor bajó amablemente la ventana. Le di un volante y le pedí su voto para mis amigos y amigas. Me dijo, “muchas gracias, pero soy priista”. Estuve a punto de pedirle una foto para la historia: tenía años —y tres campañas electorales— sin escuchar esa frase en boca de alguien.

Y es que el priismo se encuentra tan debilitado a nivel nacional (en algunos estados alcanza el 60% de rechazo) que es raro que alguien ya lo asuma como una identidad. ¿Qué explica esto? ¿Qué lecciones deja Coahuila?

En primer lugar, el PRI no renació, sino que nunca murió en Coahuila. Desde la época de los Moreira se instauró un modelo de operación electoral tremendamente eficaz y parasitario del Gobierno. Ese sistema pronto se volvió modelo a emular en otras entidades.

Para muestra un botón: hubo urnas con más del 100% de la votación y, en todas, gana el PRI. ¿Qué significa esto en términos llanos? Que existieron más boletas en la urna que personas habilitadas para votar en esa casilla. Pueden ser inconsistencias naturales de cualquier elección, o que el sistema “se pasó” de eficaz. Usted juzgue.

En segundo lugar, no es la prueba definitiva de que a Morena se le puede derrocar. Eso ya se sabe desde el año pasado y los resultados desastrosos para el régimen en Durango y Veracruz.

Lo que es distinto hoy es que la dirigencia nacional del PRI salió a gritar a los cuatro vientos su triunfo electoral —que no fue de la dirigencia, sino del Gobernador Manolo Jiménez— para, aquí sí, revivir un poco.

Del 2018 para acá han ido de derrota en derrota, coronadas con un desprestigio descomunal. De lo que sí es prueba esta elección es de algo que cualquiera más o menos versado en política sabe: toda política es local.

Aquí pesó el buen gobierno de Jiménez, la situación económica del estado y que se puso en el centro del debate electoral el tema de seguridad e hicieron un buen contraste con los pésimos resultados de Morena. Tan es así que la coalición PRI-UDC no se llamó a sí misma “coalición del PRI”: se bautizó “Alianza Ciudadana por la Seguridad”, poniendo el tema en el propio nombre electoral. El caso Rocha fue la cereza táctica del pastel.

En tercer lugar, se equivocan quienes convocan, otra vez, a una “gran alianza opositora” para el 2027. Desde el momento en que el dirigente del PRI es quien hace el llamado —en un tono no ya enérgico sino rayando en la desesperación—, esto debería de levantar sospecha.

Si el PRI aplastó así a Morena, pulverizó al PAN, al PT y al Verde, y detuvo el crecimiento de Movimiento Ciudadano, ¿entonces para qué los necesita? Si son tan insignificantes y ya tienen la fórmula, ¿entonces qué le preocupa al dirigente del PRI?

Pues algo muy sencillo: sabe que esta elección es atípica en muchos sentidos. Sólo se renovaba Congreso, era la única elección en el país, no levantó interés nacional, y sabe que en ningún otro estado tiene un aparato electoral así. También sabe otra cosa, porque encuestas no faltan: el PRI tiene sus días contados y la única opción que les resta para sobrevivir es ir en alianza. Para ellos es aliarse o morir. En política, quien convoca desde la necesidad, no convoca: suplica

Pero quizá la lección más valiosa de esta elección se refleja en la otra cara de esa moneda. El PAN no se desfondó porno ir en alianza, sino precisamente por haber ido en alianza con el PRI todos estos años. Ese extraño amorío le costó ideario, identidad, oferta política y trabajo de tierra.

Al régimen se le derrota desde lo local y creando una alternativa real, no repitiendo las mismas fórmulas del pasado. ¿O ya se les olvidó el 2024 y su “gran” alianza? A mí, no.

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