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Crecer

El viento que apaga la tarde para dar paso a la noche soplaba en el estacionamiento. ¿Qué niño de seis años se acuerda de que su mamá le dijo que se pusiera la chamarra? Además, traía conmigo la bandera de las Chivas que me compró mi papá. Nada más importaba.

En la entrada del estadio nos pidieron que dejáramos el palo de madera que hacía ondear el escudo de mi equipo en un bote que estaba junto al encargado de revisar los boletos. El guardia tomó una de las entradas, le dio la vuelta y me dijo, “él es el mejor portero del mundo”.

Una foto de Adolfo Ríos, en ese entonces guardameta del Necaxa, resguardaba los pases con la misma seriedad que cuidó la portería esa noche en la que no dejó entrar nada.

No le importó que esa fuera la primera vez que iba al estadio Azteca, mucho menos que esa también fue la primera vez que iba a ver a mi equipo en vivo. El “mejor portero del mundo” me obligó a esperar años para poder cantar un gol de las Chivas desde la tribuna.

Es inútil describir el sentimiento de dar los primeros pasos por el túnel de acceso junto a mi papá, ver las butacas en el fondo antes de que el verde del pasto me llenara los ojos. Es algo que a quien le gusta el futbol no hace falta explicárselo y a quien no, no lo va a entender nunca.

La tragedia de esa noche empezó mucho antes del silbatazo inicial. Mientras hacía mi mejor esfuerzo por absorber la enormidad del escenario, sentí algo que me caía en la cabeza. Con un reflejo natural, me llevé la mano derecha a la parte donde había sentido el contacto.

La gorra que me prestó Chuy, el papá de mis amigos y vecinos Sofi y Santiaguito, que fueron con nosotros al estadio, me salvó de que el escupitajo que alguien lanzó desde la parte alta de la tribuna se me escurriera por el pelo.

Lo que no pudo detener fue que la baba viscosa se me embarrara entre los dedos en el instante que mi mano llegó a mi cabeza. Malditos reflejos… maldita curiosidad.

Una búsqueda rápida dice que el partido acabó en un 3-0. Yo sólo recuerdo que salí triste y enojado más por la derrota que por otra cosa.

Como había que encontrar un responsable, le reproché a una de las playeras del Necaxa que se vendía en uno los locales de afuera del estadio porque habían obligado a las Chivas a usar el jersey blanco de visitante.

A lo mejor por eso, menos una camisa de entrenamiento que me compraron mis papás años después, sólo uso la rojiblanca que me conquistó desde los cuatro años.

Hay primeras veces que duelen. Bien dice Hal, el padre de familia en la serie Malcolm el de en medio, que “las decepciones son parte de crecer”. Ese día yo crecí doble.

Años después, cuando escuché las palabras que le dedicó el cantante argentino Andrés Calamaro al campo que este jueves inaugura por tercera ocasión un Mundial, me identifiqué a mi manera.

“Cuando era niño y conocí el estadio Azteca

Me quedé duro, me aplastó ver al gigante

De grande, me volvió a pasar lo mismo

Pero ya estaba duro mucho antes”.

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