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Agamenón y su porquero

El gran Antonio Machado arranca su célebre Juan de Mairena con esta sentencia implacable: “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”. En efecto, los enunciados descriptivos son verdaderos o falsos con independencia de quien los emita. Son los hechos, recordando a Bertrand Russell, lo que hace falso o verdadero a un enunciado. Escuché el discurso que Cayetana Álvarez de Toledo pronunció el pasado lunes 1 de junio, y en él identifiqué varios de estos enunciados. Eso me motivó a poner en la plataforma X el siguiente mensaje: “Los argumentos de @cateyanaAT [sic] sobre la realidad mexicana son inapelabes; no encontrarán en ellos fallos lógicos, ni de sustancia. El diagnóstico es brutal, pero también esperanzador”. En relación con ambas cuestiones, mi querido colega y amigo Bernardo Bolaños escribió un artículo crítico que tituló: “Cayetana ¿inapelable?”[1] Creo que los misiles de Bolaños están más dirigidos al personaje de Cayetana que a lo inapelable de sus argumentos en ese discurso concreto. Y coincido: Cayetana, como persona, no es inapelable, pero los argumentos sobre las causas que actualmente amenazan nuestra soberanía, sí lo son.  

En efecto, el discurso de Cayetana está lleno de enunciados verificables —que, por cierto, reconoce mi amigo Bolaños—, y de ahí derivé mi calificativo “inapelable”. El hecho de que Cayetana sea española, marquesa, de derechas, cercana a Ayuso, y que esté asociada con un personaje tan oscuro como el magnate Ricardo Salinas Pliego, no quita peso a sus afirmaciones sobre los males actuales que padecemos en México. Puede ser que la actuación pública del personaje, sus filias ideológicas con Vox y su cercanía con ciertos personajes siniestros de la ultraderecha española despierten, como en mi caso, un claro desprecio; sin embargo, por mal que nos pese, eso no produce la falsedad de algunas de sus afirmaciones. Podemos asimilarla al porquero de Mairena, y aun así seguiría teniendo razón.

¿A qué enunciados me refiero? A los que giran en torno al núcleo de su discurso, que puede sintetizarse en esta frase: la soberanía mexicana no está amenazada por fuerzas externas, sino internas: el crimen organizado, el populismo autoritario y la mentalidad de dependencia. Sólo un porquero como el de Mairena (recordemos que la frase termina con el desacuerdo de éste) podría negar que en México el crimen organizado controla amplios sectores del territorio nacional, que el "derecho de piso" es una realidad lacerante, que hay más de 134 mil desaparecidos y que las madres buscadoras, con varilla en mano, buscan los restos de sus hijos ante la indolencia del Estado. También es innegable que el régimen iniciado por López Obrador ha avanzado mediante reformas constitucionales y legales (que pueden consultarse, si se duda, en el Diario Oficial de la Federación) hacia una concentración del poder como no se veía en décadas, amparada en un discurso de pretendido “amor al pueblo de México”. Me refiero también a la reforma judicial de 2024, con la que se cooptó al Poder Judicial mediante vulgares mecanismos de acordeones y tómbolas; a la eliminación de varios organismos constitucionales autónomos, a la militarización del país y a la transformación del INE en un apéndice del gobierno federal. Podríamos agregar en este rubro la más reciente reforma constitucional sobre nulidad de elecciones por intervención extranjera, publicada en el DOF el 2 de junio de 2026. Finalmente, en cuanto a la mentalidad de dependencia, no podemos negar que las políticas sociales de este gobierno operan como mecanismos clientelares con evidente rendimiento electoral, con lo cual la dependencia aludida se vuelve posible.

Todo lo anterior tampoco puede servir como pretexto para santificar a Cayetana. Yo mencioné dos dimensiones de su discurso: la lógica y la sustancia. Sin embargo, nada dije -se trataba de un simple tuit- sobre el contexto en que pronunció el discurso, ni sobre el lugar en que lo dijo, ni bajo qué patrocinio lo hizo, ni cuáles son sus verdaderos propósitos. En todo eso hay mucho qué objetar. La intencionalidad política es innegable y los intereses que defiende son también cuestionables. Pero si nos tomamos en serio la teoría de la argumentación, hemos de reconocer que su discurso cumplió con el cometido de todo discurso: logró persuadir, entre otras razones, porque utilizó verdades afiladas para exhibir las incongruencias del régimen.

He sido crítico de la 4T, como lo he sido de los regímenes del PRI y del PAN. Jamás he sostenido que antes de la reforma judicial todo fuera miel sobre hojuelas. Es cierto que, como bien sostiene Bolaños, la división de poderes anterior a la reforma judicial tampoco era real; asimismo, es falso que antes no hubiera impunidad ni clientelismo, como parece desprenderse de un discurso descontextualizado. Podemos aceptar que Cayetana pasa por alto nuestra complejidad, y que las legítimas aspiraciones de la izquierda mundial no pueden demeritarse a partir de ejemplos concretos. La objeción de Bolaños sobre el amparo como “justicia VIP” es de fondo, y la atiendo: solo que, leída con cuidado, describe la debilidad de nuestras fiscalías —no un exceso de jueces independientes—, de modo que su remedio sería fortalecer la acusación, no cooptar al juez. El verdadero tu quoque llega después, cuando, ya sin argumento, recuerda que “los liberales de todo el mundo ponen cerrojos”: que un mal sea antiguo o universal no lo vuelve tolerable, ni desmantela un diagnóstico basado en hechos irrefutables. No puedo coincidir con quienes se niegan a ver el mal desempeño del gobierno en turno, sea del color que fuere, amparados en el pasado peor.

Bolaños no encontró un fallo: encontró un desacuerdo, que no es lo mismo. Apelar un argumento es legítimo —yo mismo lo hago aquí con el suyo—, pero apelar no es refutar; y recordar que el pasado también fue oscuro no aclara el presente. Entre Agamenón y su porquero queda en pie lo único que quise sostener: que hay verdades que no se vuelven falsas por venir de quien nos disgusta. El patrocinio, los marqueses, las simpatías con Vox son terreno fértil para la crítica, y ahí coincido con mi amigo. Pero la crítica al mensajero, por certera que sea, deja intacto el mensaje.


[1] https://www.razon.com.mx/opinion/2026/06/04/cayetana-inapelable/

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