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Un rincón surrealista escondido en la ciudad

Nido de Quetzalcóatl

Desde que llegué tuve la sensación de estar entrando a otro universo, uno donde las líneas rectas desaparecen, donde la naturaleza no fue destruida para construir, sino abrazada. Y quizá eso es lo que vuelve tan especial este lugar diseñado por el arquitecto mexicano Javier Senosiain.

Ubicado en Naucalpan, Estado de México, el Nido de Quetzalcóatl es una obra monumental de arquitectura orgánica que serpentea entre jardines, cuevas naturales, espejos de agua y caminos imposibles de olvidar. Desde afuera, la enorme serpiente multicolor impresiona, pero nada se compara con recorrerla.

Caminar por ahí fue como entrar a una mezcla entre fantasía, arte y naturaleza, todo fluye. Las ventanas multicolor, los túneles, las formas, la luz refractada que destella vida. No existen los espacios rígidos ni fríos, cada rincón tiene movimiento, y una sensación extraña de calma, en ciertos momentos el canto de los pájaros se convierte en una melodía, intuyo que es por vivir en plena libertad para explayar su trino.

Mientras avanzaba entre sus jardines y curvas, observé que Javier Senosiain no diseña solamente casas o edificios, diseña emociones. Su arquitectura busca que el ser humano vuelva a convivir con la naturaleza de manera armónica, alejándose del concreto agresivo al que estamos acostumbrados en la ciudad.

Senosiain, considerado uno de los máximos representantes de la arquitectura orgánica en México, ha desarrollado proyectos icónicos como la Casa Orgánica, la Casa Nautilus, la Ballena Mexicana y muchas otras obras donde la naturaleza siempre marca el camino. Pero el Nido de Quetzalcóatl tiene algo distinto, algo espiritual.

Quizá porque no parece construido, parece tierra emergida.

Durante la visita tuve momentos donde simplemente guardé silencio para observar los mosaicos brillando con la luz natural, el verde rodeándolo todo, la sensación de estar escondida del mundo aunque la ciudad estuviera tan cerca, hay un momento casi para terminar el recorrido donde entras a un refugio tipo invernadero, donde sientes el cambio de clima y el ambiente se convierte húmedo; me pareció como entrar al corazón de la serpiente, fue espectacular.

Es un lugar que despierta el asombro, y eso hoy vale muchísimo.

Vivimos tan acelerados, tan rodeados de estructuras idénticas, que encontrar un espacio capaz de sorprendernos… de verdad se vuelve un regalo.

El Nido de Quetzalcóatl no es solamente un destino arquitectónico, es una pausa. Un recordatorio de que todavía existen lugares capaces de recordar lo pequeños que somos en comparación con lo vivo de la naturaleza.

Disfruté muchísimo fotografiar cada espacio, pero la verdadera imagen se queda para siempre en mi memoria.

¡Nos vemos en el próximo destino!

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