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Hantavirus y el estrés pospandemia

El crucero MV Houndis zarpó oficialmente el pasado 1 de abril desde el puerto de Ushuaia con destino al Atlántico Norte. Entre los pasajeros se encontraba el "paciente cero": un ciudadano neerlandés de 70 años que, semanas antes, había realizado un viaje por carretera en el que estuvo en contacto con aves y, presumiblemente, roedores. Al embarcar, el pasajero se encontraba asintomático. Sin embargo, el 6 de abril comenzó a manifestar fiebre, dolor muscular y diarrea leve. Para el 11 de abril, el hombre falleció a bordo; inicialmente, su deceso fue atribuido a causas naturales.

​La cronología del brote revela las grietas en los controles sanitarios internacionales. El 24 de abril, la embarcación arribó a la Isla de Santa Elena, donde se desembarcó el cuerpo del fallecido junto a su viuda —quien ya presentaba síntomas— y otros 30 pasajeros que regresaron a sus países de origen sin controles médicos. La tragedia continuó: el 26 de abril, la viuda fue retirada de un avión en Johannesburgo en estado crítico y falleció poco después en un hospital de Sudáfrica, donde las pruebas confirmaron la presencia de Hantavirus (cepa Andes).

​A partir de allí, el goteo de casos fue incesante: un pasajero británico evacuado a cuidados intensivos, una ciudadana alemana fallecida por neumonía a bordo y múltiples traslados desde Cabo Verde hacia los Países Bajos, incluyendo al médico del barco. Hasta la fecha, tras el arribo del MV Houndis a Tenerife para un desembarco controlado, se han confirmado ocho casos y tres fallecimientos.

​La sombra de 2020

​Tras la experiencia del Covid-19 —que se cobró más de 20 millones de vidas—, la vulnerabilidad social está a flor de piel. Hoy, la comunicación inmediata y las redes sociales propagan el miedo con la misma velocidad que un patógeno. El pánico afecta no solo a los pasajeros y sus familias, sino también a las zonas de desembarque y las comunidades a las que regresan los viajeros tras esta pesadilla.

​Para dimensionar el riesgo real, es imperativo distinguir entre el Covid-19 y el Hantavirus. El primero fue una pandemia global debido a que se trataba de un virus nuevo para el cual la población humana no tenía inmunidad, sumado a una altísima tasa de contagio, incluso en fase asintomática. Por el contrario, el Hantavirus es un viejo conocido: fue aislado en 1976 por el surcoreano Ho-Wang Lee, aunque se sospecha que causó miles de bajas durante la Guerra de Corea (1950-53).

​El peligro de la cepa Andes

​La gran diferencia radica en la variante detectada en este brote. Mientras que en los años 90 los casos en EU afectaban principalmente los pulmones, en 1996 se identificó en Argentina la cepa Andes, la cual posee una característica inquietante: la capacidad de transmitirse de humano a humano, y no solo a través de excreciones de roedores.

​Es evidente que el brote del MV Houndis responde a esta variante. El desafío logístico es mayúsculo: el Hantavirus tiene una mortalidad cercana a 30% y un periodo de incubación extremadamente largo (de 18 a 45 días), lo que dificulta enormemente el rastreo de contactos y el aislamiento preventivo.

​No obstante, la historia llama a la calma prudente. Los brotes previos de Hantavirus han demostrado ser autolimitados. A pesar de la posibilidad de contagio interhumano, este no ocurre con la facilidad del coronavirus; requiere, por lo general, de un contacto estrecho y prolongado. Estamos ante una alerta sanitaria grave, sí, pero el conocimiento científico y los protocolos actuales son nuestra mejor defensa contra el estigma y el pánico innecesario.

En un mundo hiperconectado, el miedo se propaga con mayor velocidad que el propio virus, alimentado por la memoria colectiva del confinamiento. Sin embargo, la gestión de esta crisis nos ofrece una oportunidad de aprendizaje social: enfrentar la enfermedad sin caer en el pánico ni en la estigmatización de los viajeros. La verdadera resiliencia pospandemia consiste en transformar la vulnerabilidad en una cultura de prevención informada, donde la empatía hacia los afectados y la confianza en los sistemas de salud actúen como el mejor antídoto contra la desinformación y el estrés social que hoy nos acecha.

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