...

Información para decidir con libertad

Apoya el ejercicio de la libertad de prensa

La narrativa

Hablemos por un momento de la palabra “transformación”. El diccionario dice que es la acción de cambiar de forma, de convertir algo en otra cosa, generalmente con la esperanza de mejorar. En México, como tantas otras cosas en estos años, hemos decidido reescribir su significado. No corregirlo. Ni ampliarlo. Reescribirlo. Transformación a la morenista, significa cinismo, corrupción, saqueo y crimen. Y se pronuncia con la serenidad que nunca pretende disimular.

Porque si algo ha demostrado la temporada reciente de este reality que nadie pidió, no fue la “vida pública del país”. Solo el lenguaje. Y el truco es impecable. Si cambias las palabras, parece que cambiaste la realidad. Entonces el desastre deja de ser desastre y se vuelve mera narrativa. La evidencia se convierte en percepción. Y la responsabilidad sólo es una sugerencia, no una obligación.

Como Layda Sansores, al frente de un estado quebrado por ella misma, llorando porque no hay dinero. Porque si algo enseña esta Transformación es que ante la falta de resultados, siempre hay espectáculo. El saqueo se hace mientras el reflector se mantiene prendido. Gobernar para ellos es solo administrar la distracción.

Luego está el “gobernador” Rubén Rocha Moya, con una orden de aprehensión flotando como esas verdades incómodas, que se empujan debajo de la alfombra institucional. Y justo ahí, en esa zona gris donde se rasgan las vestiduras, donde se niega sobre negado y donde nadie quiere encender la luz, empieza a dibujarse el verdadero mapa de esta Transformación.

Porque en la penumbra elegante de los pasillos donde se toman decisiones que nunca se anuncian, ya se escuchan pasos. Nombres que se mantienen en secreto por petición, entregas que se negocian, expedientes que caminan despacio y los futuros indiciados ensayando su gesto de indignación y sorpresa frente al espejo. La Transformación tiene esa norma casi generosa. Reparte. Pero tarde o temprano, alcanza.

Lo curioso es que en medio de todo esto, la vieja confiable de la corrupción nunca falla. Esa que no necesita presentación ni rebranding. La de toda la vida, pero ahora envuelta en un lenguaje moral color guinda que la hace parecer novedosa. El saqueo como justicia. El cinismo como franqueza. El desastre como sacrificio necesario. No reinventaron nada. Solo lo narraron diferente.

Y nosotros, que hemos visto esta película en distintas versiones, ya nos sabemos los trucos. El giro que nunca llega. La consecuencia que siempre se pospone. El culpable que se diluye en la narrativa. La ignorancia con sonrisa de La Suplente. El incendio de pruebas en una bodega. Y mientras tanto, el país real sigue con números que no cuadran, con “pruebas” que no reconocen, con nombres que todavía no conocemos, pero que ya están en fila.

Porque la Transformación siempre otorga esa certeza incómoda que se pasea por los radiopasillos, la que se queda en silencio en las conferencias, la que nadie quiere nombrar en voz alta.

Así es que hablemos de transformación. Pero hablemos bien. Porque si esto es cambiar de forma, lo único que cambió es que el saqueo y el crimen ahora son a la luz pública, avalados por la autoridad. Solo eso. Lo demás es la traducción simultánea de la infamia…​​​​​​​​​​​​​​​​

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp