...

Información para decidir con libertad

Apoya el periodismo independiente

Desaparecidos, ¿por qué son tan incómodos?

Para Ceci Flores y todas y todos los que buscan a sus familiares desaparecidos

Tratemos de entender la dimensión cualitativa del problema de los desaparecidos. Para ello es indispensable, por el momento, dejar a un lado las discusiones coyunturales y partidizadas. Solo permítanme decir que de los peores ejemplos de esa lectura son, por deleznables, las respuestas del gobierno mexicano y de la CNDH al informe del Comité de la ONU sobre Desapariciones Forzadas; los expertos en el tema ya lo han dejado muy claro. ¿Dónde tienen la cabeza?

Van unas reflexiones sueltas. El tema rebasa por mucho a gobiernos, sexenios y partidos, pues se ha convertido desde hace 20 años en el espejo de una de las peores caras del Estado mexicano en el que ningún gobierno desde entonces quiere verse.

En estas dos décadas de la lucha contra las organizaciones criminales el recuento de los homicidios se ha convertido en el indicador de la violencia. Mes a mes conocemos la cifra que revela que la pesadilla continúa sin que podamos desaparecerla; es real: en 20 años alrededor de 500 mil asesinatos. Sin importar ahora cómo la queramos llamar –guerra civil, asimétrica, conflicto armado entre grupos criminales— es una realidad devastadora que nos persigue pese a los intentos por normalizarla y para la cual aún no tenemos las políticas y los instrumentos para detenerla.

En medio de ese paisaje de sangre, el fenómeno de los desaparecidos comenzó a abrirse espacio mediático y a adquirir relevancia creciente a partir de 2012 cuando se contabilizaban alrededor de 27 mil desparecidos hasta llegar ahora a más de 130 mil. Se trata de un fenómeno más complejo, difícil de entender y atender por tres razones.

Primero porque agranda y complejiza la violencia de los grupos criminales, que probablemente son responsables de la mayor parte de las desapariciones por fenómenos como el reclutamiento forzado de jóvenes, los campos de exterminio y su estrategia de desaparecer los cadáveres llenando el territorio de fosas clandestinas. Pero también es más grave porque participan algunos cuerpos estatales (policías municipales coludidas, policías ministeriales corruptos, elementos de las Fuerzas Armadas, etc.) y, cuando desparecen niños, niñas, mujeres, es muy probable que estemos frente a psicópatas y sociópatas individuales o a grupos de trata de personas. El caso es que se enfrenta con la multiplicidad de las violencias, incluida la generada por agentes del Estado, y no solo con los homicidios de narcos.

Segunda razón, los desaparecidos exhiben con mayor contundencia dos pecados capitales del Estado; el primero, la indiferencia, la falta de empatía, con que han tratado el problema; el trato dado a las madres buscadoras especialmente en los gobiernos de la 4T no tiene nombre. Y segundo, la miseria de las fiscalías para cumplir con su obligación de investigar y procurar la justicia. Solo poco más de 3 mil investigaciones abiertas de más de 130 mil casos. Leyes, comisiones, promesas, pero presupuestos ofensivos. Es injustificable la omisión tantos años. Un par de datos para documentar lo anterior.  Según el último censo del INEGI sobre las capacidades de las fiscalías de 2023, dice que había 15 mil 890 cadáveres y 11 mil 365 restos de seres humanos almacenados en las fiscalías del país y solo 62 peritos en antropología forense.

Tercera razón. Los desparecidos conectan el problema de la violencia no solo con el crimen organizado, sino con las víctimas gracias a que los familiares que buscan a sus seres queridos les restituyen la humanidad a quienes hemos convertido en estadística.  Y esta humanización del problema es extremadamente subversiva para un Estado indiferente, omiso e irresponsable. Visibilizar a los desaparecidos, poner en el centro de la discusión el masivo e inmenso dolor de cientos de miles de familias, de toda una sociedad violentada durante tanto tiempo y al mismo tiempo reclamar justicia merecen la mayor solidaridad posible y una enorme gratitud. Es el reconocimiento de que en México existe una tragedia social de magnitud colosal, que Estado y sociedad debemos atender urgentemente.

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp