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La vergüenza debe cambiar de bando

Durante un periodo de nueve años, en Mazan, Francia, Dominique Pelicot sedaba a su esposa con ansiolíticos tan potentes que la dejaban en una inconsciencia parecida a un estado de coma. En un principio aprovechaba esa inconsciencia para violarla. No satisfecho con eso, en algún momento empezó a invitar por internet a numerosos hombres para que también violaran a la mujer sedada en su propia habitación. Todo lo filmaba.

Tomaron parte en esas violaciones 72 hombres de entre 21 y 74 años. Algunos violaron a la mujer hasta seis veces. Un dato inquietante: sólo dos de los invitados se negaron a aceptar, pero no dieron aviso a la policía. Estos delitos se mantuvieron ocultos casi una década por el pacto de silencio entre los agresores. La víctima fue violada, sin darse cuenta, 92 veces.

La historia se descubrió por casualidad. Los guardias de un supermercado detuvieron a Dominique, un jubilado de 68 años, porque descubrieron que con su teléfono móvil grababa por debajo de la falda a mujeres que hacían sus compras. Cuando la policía registró su casa encontró en su computadora una carpeta denominada “Abusos” que contenía más de 20 mil fotografías y videos catalogados con fecha, nombre o apodo y título pornográfico. Eran las imágenes de las violaciones a su esposa, con la que llevaba 50 años casado y había procreado tres hijos.

De los 72 hombres que perpetraron las múltiples violaciones, la policía identificó y atrapó a 50. Todos fueron declarados culpables. La pena más alta, 20 años de prisión, fue para Dominique.

La agraviada, Giséle Pelicot, ha conquistado la admiración del mundo. Es usual que las víctimas de violación permanezcan en el anonimato y los juicios se lleven a cabo sin público porque ellas se sienten avergonzadas de lo que les sucedió. Giséle quiso que el juicio fuera a puerta abierta para que la sociedad dirigiera el reproche en la dirección correcta: a los violadores.

En su libro Un himno a la vida. Mi historia (Lumen, 2026), explica:“‘La vergüenza debe cambiar de bando’. Estas palabras, que llevaban más de 10 años acompañando a las mujeres víctimas de violación y violencia, y que había oído, se instalaron en mi mente como un estribillo, como si de repente pequeñas cuchillas afilaran mis pensamientos. Todo el mundo tenía que ver a los cincuenta y un violadores. Eran ellos los que tenían que agachar la cabeza. No yo”.

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