Hace unos días, una comisión de militantes de izquierda de varios países visitó La Habana. Su intención: dar apoyo y solidaridad al régimen castrista, y mostrar al mundo que las cosas en Cuba no están tan mal como lo denuncian activistas cubanos y medios internacionales.
Entre los visitantes estaba Pablo Iglesias, creador de Podemos, esa estafa político-electoral española que nació de la indignación ciudadana, llegó rápido al poder y luego se desvaneció. Hoy sobrevive gracias a pactos con el Partido Socialista Español (PSOE) y al financiamiento de narcodictaduras como la del defenestrado Nicolás Maduro, en Venezuela, o el régimen obradorista mexicano.
Su supervivencia depende de la venta de “servicios” que él y su grupo prestan a países latinoamericanos gobernados por proyectos afines. Especializados en comunicación política de izquierda, dan la batalla cultural desde Canal Red, con presencia en España, México y otros países de la región. Desde allí atacan todo lo que consideran una amenaza, que termina —como casi todo lo que no les gusta— en el cajón del “fascismo”.
Como Iglesias, muchos líderes de izquierda han encontrado en el modelo cubano una forma de vivir. Y ahora están a punto de perder densidad y razón de ser al ritmo que el régimen de la isla cae por inanición, apagones y una presión real de EU para forzar una salida.
Por eso han acudido a La Habana a dar su apoyo al régimen fundado por Fidel Castro. Y lo han hecho a lo grande: se hospedaron en los hoteles más lujosos de la isla —el Nacional, el Copacabana, esos que aún conservan el glamour de otra época, siempre que se tenga acceso a divisas—, recorrieron sitios emblemáticos en autobuses privados, participaron en eventos cuidadosamente coreografiados y, por supuesto, posaron para las fotos. Todo con cargo a las finanzas de un gobierno que no tiene luz en los hospitales ni comida para su pueblo.
La visita desesperada de políticos y activistas tiene una sola razón, y no es el sufrimiento del pueblo. Sin el régimen cubano “funcionando” —o al menos dando señales de que resiste dignamente ante el gigante yanki—, muchos vividores del pensamiento comunista que llegaron al poder se quedan sin su referente principal.
El modelo cubano ha resistido con el apoyo de agentes externos; por sí solo no habría sobrevivido más de 65 años. Su fracaso era evidente hace décadas, pero se mantuvo con vida porque es el sostén ideológico de muchos proyectos políticos que necesitan que el castrismo siga en pie.
Fidel Castro, mentor de Hugo Chávez, dotó al régimen venezolano de ideología, identidad, servicios de inteligencia y médicos. A cambio, recibió buques de petróleo durante décadas —hasta enero de 2026—, que la dictadura cubana revendía para obtener recursos y algo de energía.
México también ha apoyado a la isla, siempre bajo el pretexto del embargo de EU. En los dos sexenios más recientes, envió petróleo en cantidades millonarias, contrató médicos cubanos —que entregan casi todo su sueldo al régimen— y compró balastro para el Tren Maya.
Ahora la isla está a punto de colapsar sin esos regalos, tratos comerciales y dádivas que diversos gobiernos le otorgan porque representa su faro ideológico, su razón de ser, su inspiración máxima.
Veremos qué será de todos esos gobiernos poblados por militantes que de jóvenes se pusieron la boina, se dejaron crecer la barba, portaron la estrella roja y leyeron las hazañas del Che y de Fidel, libertadores del pueblo cubano. Generaciones enteras que prefirieron no abrir los ojos ni reconocer que ese modelo fue un fracaso rotundo, porque aceptarlo duele, anula la ilusión de los años mozos, decepciona y, sobre todo, puede dejar en la ruina a quienes hicieron del castrismo su modo de vida y a los que se enriquecieron en el poder al ritmo de la trova cubana.
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