En medio de un apagón generalizado que ha sumido en completa obscuridad a la isla, la Revolución cubana se extingue a ojos vista. A 67 años de la huida del entonces dictador Fulgencio Batista y del ingreso triunfal de los barbudos a Santiago y a La Habana, el movimiento encabezado por Fidel Castro, que prometió acabar con la explotación, el colonialismo y la humillación imperial, ofreció crear un hombre nuevo, una sociedad justa y un nuevo horizonte para América Latina se viene abajo en medio de privaciones sin cuento.
Con el desplome del bloque soviético en 1989, y la desaparición de la Unión Soviética dos años más tarde, Cuba entró en el periodo especial, tras décadas en las que el régimen pidió a la población hacer sacrificios y apretarse el cinturón. La llegada de Hugo Chávez al poder en Venezuela en 1999 dio tregua al régimen castrista, cuya economía ineficiente y parasitaria sería ahora subsidiada por el petróleo venezolano, como antes lo había sido por la masiva ayuda económica y militar soviética. La captura de Nicolás Maduro en enero pasado puso abrupto fin a esa extorsión y precipita ahora el ocaso inminente de un sistema que muere de consunción.
Hace mucho que la hueca retórica revolucionaria dejó de tener sentido para los 11 millones de cubanos. Entre 1 y 2 millones -más de 10% de la población- han huido de la isla en los últimos cinco años, lo que constituye el mayor éxodo en la historia del país, impulsado por una grave crisis económica y la feroz represión política. La huida general es testimonio contundente del completo fracaso de un sistema que prometió, libertad, justicia social y prosperidad y trajo en cambio tiranía, hambre y enfermedad.
Incluso los logros supuestos de la revolución, como la alfabetización y la sanidad pública, han sido cuestionados. Según el censo cubano de 1953, 77.9% de la población total de la isla sabía leer y escribir y en las zonas urbanas era de 88.9%, de los más altos de América Latina. Los brotes epidémicos de dengue y chikunguña y la crónica escasez de fármacos y equipo médico dan cuenta del colapso del sistema sanitario. Miguel Díaz-Canel guarda un enorme parecido con Batista.
Los devotos de la revolución en América Latina, Europa, y en propio Estados Unidos, siguen culpando a un inexistente bloqueo -que es como denominan al embargo comercial impuesto en octubre de 1960 por Dwight Eisenhower, tras las expropiaciones de empresas y propiedades estadounidenses por el régimen castrista- de la ruina de la revolución. Aunque las sanciones estadounidenses a las importaciones de petróleo se endurecieron a principios de este año, ha sido la incapacidad del régimen revolucionario por diversificar la economía cubana y hacerla sustentable, lo que ha llevado al país a la miseria más absoluta. Los revolucionarios prometieron una Arcadia y acabaron convirtiendo a la Perla del Caribe en un nuevo Haití. Fueron precisamente sus inflexibles dogmas ideológicos los que impidieron, a toda costa, que los cubanos pudieran cultivar frutas y verduras, pescar en sus costas, criar ganado o emprender cualquier iniciativa económica. El régimen se convirtió desde el principio en una opresiva dictadura militar, extractiva y explotadora de su propio pueblo, todo ello en nombre de la redención y de la justicia. La revolución fue, en efecto, un giro de 360 grados.
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