Acuciado por las muchas impugnaciones que enfrenta en el ámbito doméstico, el presidente de España, Pedro Sánchez, aprovechó el encuentro bajo el lema hierático de “En Defensa de la Democracia” y contra el avance de la ultraderecha, celebrado en Barcelona, para desviar la atención frente a estos y para erigirse de manera oportunista como adalid internacional contra el unilateralismo trumpista. En efecto, justo después de que su esposa, Begoña Gómez, fuese imputada por malversación, tráfico de influencias, corrupción en los negocios y apropiación indebida de fondos, cargos todos que Sánchez niega, éste emprendió una nueva huida hacia adelante, utilizando el expediente exterior, tal y como ha hecho antes con la guerra de Gaza e Israel, para presentarse como referente internacional, e incluso “líder moral”, a decir de sus exaltados partidarios.
El cónclave congregó a líderes autoproclamados como progresistas, tales como los mandatarios de Brasil, Luiz Inácio Lula Da Silva; de Colombia, Gustavo Petro; de México, Claudia Sheinbaum; de Uruguay, Yamandú Orsi, así como el premier sudafricano, Cyril Ramaphosa. Destacó además la presencia, entre otros, del expresidente chileno Gabriel Boric y el líder del Partido Socialista francés, Olivier Faure.
En el caso particular de la mandataria mexicana, su desplazamiento a Barcelona y presencia en la cumbre al lado de Sánchez pareció poner fin al distanciamiento entre España y México que se había prolongado a lo largo de ocho largos años tras la exigencia de su antecesor López Obrador a la corona española para que se disculpase por las “atrocidades cometidas durante la Conquista” en el siglo XVI.
El anfitrión y los asistentes mostraron una tenaz resistencia a condenar a las autocracias de supuesto signo afín, tales como China, Cuba y Venezuela, mostrando con ello sin pudor alguno su sesgo ideológico y su espíritu poco democrático.
Como muy poco democráticas fueron las palabras de Lula en defensa de una dictadura, la cubana, que ha reprimido salvajemente a su población a la que ha dejado exangüe tras 67 años de tenaz persecución de la utopía que nunca llega. Lula ha sido igualmente indulgente e incluso comprensivo con otros regímenes tiránicos, señaladamente la Rusia de Putin y la sangrienta teocracia iraní, que ha masacrado a su propio pueblo.
Escasamente liberales o tolerantes han sido también las sectarias expresiones de Sánchez al referirse a la oposición a su gobierno en España, que a decir de diversos sondeos representa de modo consistente u promedio de 48% del electorado de ese país. Se puede inferir de ello que Sánchez -teórico presidente de todos los españoles- gobierna nada más para los suyos con exclusión e indiferencia de la virtual mitad de sus ciudadanos: la otra España, en un triste ejercicio de sostenimiento del espíritu divisorio de la Guerra Civil, si bien en sentido inverso al del franquismo, pero igualmente antidemocrático.
Y qué decir de los pronunciamientos de la presidenta Sheinbaum al regresar de su periplo: “La derecha es el odio, la derecha es la discriminación, la derecha es el clasismo, el racismo, la derecha es la represión”, en sospechosa sintonía con su homólogo español, al que, hasta hace muy poco, no podía ver ni en pintura, pese a sus supuestas afinidades ideológicas.
Valiente defensa de la democracia, la del sainete barcelonés, en la que los protagonistas exhibieron sin pudor su aversión a la pluralidad y parecieron decir: democracia es sólo si ganamos nosotros o los nuestros.
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