Guanajuato.- Esta semana, durante una discusión en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, se dijo que quienes nacen mediante fertilización in vitro “a lo mejor podríamos estimar que no forman parte de la familia”.
No es un error de semántica. No es solo una forma desafortunada de decir algo. Es una idea que merece una reflexión más profunda.
Porque detrás de la fertilización in vitro no hay únicamente un procedimiento médico. Hay historias humanas.
Historias de parejas que intentaron durante años tener hijos sin lograrlo. De diagnósticos difíciles. De tratamientos largos, invasivos y costosos. De decisiones complejas que implican desgaste físico, emocional y económico.
Quienes pueden convertirse en madres o padres sin atravesar ese camino son, simplemente, afortunados. Afortunados de que la biología haya funcionado sin obstáculos.
Afortunados de no haber tenido que enfrentar la incertidumbre de la infertilidad.
Para muchas familias, la ciencia no fue una alternativa cómoda. Fue la única puerta posible.
Cuando en 1978 nació Louise Brown, la primera bebé concebida mediante fertilización in vitro, el mundo reaccionó con miedo.
Los médicos que hicieron posible ese nacimiento fueron insultados, acusados de “jugar a ser Dios” y sometidos a una ola de descalificaciones. Hubo ataques personales, cuestionamientos morales y una violencia simbólica que hoy resulta difícil de entender.
Con el tiempo, la realidad terminó por imponerse. Hoy millones de personas han nacido gracias a técnicas de reproducción asistida.
Y, sin embargo, todavía surgen dudas que parecen venir de aquel mismo momento de miedo.
Tal vez convenga mirar la historia desde otro ángulo.
Si algo caracteriza a quienes llegan al mundo mediante reproducción asistida es que su existencia no fue accidental. Fue profundamente buscada.
La fertilización in vitro, en muchos sentidos, representa la forma más consciente de paternidad y maternidad. Porque requiere decisión. Esfuerzo. Persistencia.
Implica atravesar tratamientos, asumir costos, sostener la esperanza cuando las probabilidades no siempre acompañan.
Cada nacimiento es, en realidad, la culminación de un enorme deseo de ser padres.
Y ese contraste también debería invitarnos a pensar.
Porque mientras hay familias que luchan durante años por traer una vida al mundo, también hay miles de niños que llegan sin haber sido realmente deseados, producto de decisiones poco conscientes o de contextos donde la responsabilidad parental simplemente no aparece.
Niños que crecen a la deriva. Niños que enfrentan abandono, negligencia o indiferencia.
La pertenencia a una familia no la define la forma en que ocurrió la concepción. La define la decisión de cuidar, acompañar y asumir la responsabilidad de una vida.
Por eso, cuando se sugiere que quienes nacen mediante fertilización asistida podrían no formar parte de una familia, lo que se pone en duda no es un procedimiento médico.
Se pone en duda la legitimidad de vínculos que, paradójicamente, suelen ser de los más conscientes, deseados y trabajados.
La ciencia no sustituyó a la familia. La hizo posible para quienes no podían tenerla de otra manera.
Y quizá lo que esta conversación nos recuerda es algo más simple: que la familia no comienza en un laboratorio ni en un momento biológico preciso.
Comienza cuando alguien decide, con absoluta claridad, que quiere traer una vida al mundo y hacerse responsable de ella.
