Ya viene amaneciendo

El ejercicio de la libertad de expresión se ha vuelto peligroso en México. Calumnias, exhibición de datos personales, demandas por cientos de millones de pesos...

No podía rechazar la invitación de Pablo Hiriart a participar en este diario que hoy es dado a luz –de título inmejorable, La Aurora de México– en estos momentos en que la libertad de expresión está siendo agredida brutalmente por los gobiernos de la autodenominada cuarta transformación, la autoritaria, amarga, inepta, resentida y vindicativa 4T. No podía rehusarme a colaborar en este proyecto encabezado por Pablo y Julián Andrade, periodistas a los que admiro y amigos que han sido muy generosos conmigo.

El ejercicio de la libertad de expresión se ha vuelto peligroso en México. Calumnias, exhibición de datos personales, demandas por cientos de millones de pesos, forzamiento a pedir disculpas públicas, utilización grotesca de la figura de violencia política de género para acallar y/o castigar críticas, sanciones civiles, persecución penal, privación de derechos adquiridos, presión a los medios para que prescindan de ciertos colaboradores… todo ese arsenal ha sido utilizado por la 4T para reprimir ese ejercicio. El asedio a que está sometida la libertad de expresión, que es un derecho humano básico, hace más urgente que nunca practicarla sin amedrentarse.

Yo siempre he creído que escribir me permite enmendar la realidad en mi imaginación y asimismo evadirla, postergar ad infinitum el desencanto, enfrentar los demonios interiores, convocar a los fantasmas entrañables, vengarme de miserias y mezquindades inmunes a mis deseos, reivindicar la libertad frente a todo fatalismo, mirarme en el espejo del alma, sacudir prejuicios… y creo que todo eso, como dice Fernando Savater, “proporciona una extraña y culpable plenitud” que ninguna otra cosa puede darme ni hacerme olvidar. Es una terapia sin costo económico.

Escribo dándome el incomparable gozo intelectual de buscar la verdad sin concesiones a las posturas ideologizadas, a lo que cierto público quiere escuchar o leer porque lo reafirma en su fe política. Y buscar la verdad es la mayor aventura épica imaginable. Muchos de quienes se consideran intelectuales son incapaces ya no digamos de escapar de su credo sino ni siquiera de contrastarlo con la realidad. Después de todo, la humanidad se divide en creyentes, la gran mayoría, y pensantes, un pequeño círculo. Aunque sabemos que abundan los falsos creyentes, los que lo son por conveniencia.

Como observa George Orwell, “el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato parezca respetable, y para dar apariencia de solidez a lo que es puro viento”. En cambio, el mandamiento supremo de la honestidad intelectual prohíbe la mentira y la insinceridad. No escribo para clientela alguna, sino contra las certidumbres indefendibles de toda clientela. Es algo que no perdonan ni la pereza maniquea ni la servidumbre ideológica ni la acomodaticia corrección política.

Ahora mismo, por ejemplo, no son pocos quienes condenan el “secuestro” de Nicolás Maduro, pero nunca reprobaron los secuestros, torturas, desapariciones forzadas, asesinatos, protección a narcotraficantes y a guerrilleros, robo cínico de elecciones y envíos multimillonarios de dinero a Suiza que él y sus colaboradores llevaron a cabo. Los 800 presos políticos que hay en Venezuela fueron secuestrados por Maduro y su gobierno, y siguen secuestrados. La izquierda que hoy gime y llora por Maduro, pero nunca protestó contra sus crímenes, es una izquierda nauseabunda.

Ya viene amaneciendo: nace La Aurora de México.