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Un templo compartido

En un mundo fragmentado por creencias, ideologías y fronteras, viajar ha dejado de ser únicamente desplazarse. Para mí hoy, más que nunca, viajar es buscar sentido y dejarme sorprender por la magia de la naturaleza.

Con esta convicción se consolida el eje de Destinos y Auroras: explorar aquellos lugares donde el alma puede descansar, porque respirar la primera luz del día es una experiencia realmente sanadora.

Espacios que no sólo se visitan, sino que transforman. Sitios que, en palabras de quienes los viven, funcionan como refugio para el espíritu.

El Santuario en Valle de Bravo es uno de ellos.

No es únicamente una obra arquitectónica ni un atractivo turístico. Es un templo compartido, un territorio de quietud. En un país de profundas tradiciones religiosas, donde históricamente los espacios sagrados pertenecen a una fe específica, este concepto resulta disruptivo: aquí la espiritualidad no compite, convive. No impone, invita.

En este recinto los cuatro elementos se manifiestan con profunda claridad: la tierra y sus minerales que abrazan el lugar; el agua que fluye por todo el santuario y va purificando en su entorno natural; el aire limpio que invita a respirar con conciencia, y el fuego, presente en la energía transformadora del temazcal. No son metáforas poéticas: son experiencias sensoriales que sostienen la vivencia espiritual del visitante.

Santuario de Valle de Bravo

 

Toda creación construida desde el alma tiene una historia de origen.

Cuando Michel Domit decidió materializar la visión que su padre había sembrado en su interior, comprendió que los proyectos espirituales no se imponen: se escuchan. Al dejarse guiar por monjes tibetanos recibió una enseñanza contundente: fue una invitación a respetar la tradición, a comprender que custodiar un sueño no significa apropiarse de él, tienes que fluir y escuchar. Y Michel, al dejarse guiar por los monjes, vivió su propia experiencia, ya que la intuición guía los pasos y las personas que permites que te acompañen.

Hubo dudas, escepticismo, obstáculos. Parecía improbable que una idea de esta magnitud se concretara. Sin embargo, el símbolo que acompaña esta historia es el cisne: capaz de deslizarse sobre agua turbia sin manchar su plumaje. Así avanzó el proyecto, con serenidad firme y clara frente a la incredulidad.

Hoy el santuario recibe visitantes de distintas partes del mundo. No llegan sólo por curiosidad arquitectónica. Llegan buscando pausa. Llegan cargando preguntas, duelos, transiciones. Muchos nombran al santuario de manera espontánea como: destino de restauración interior, como descripción honesta de lo que se experimenta.

Desde el momento de la llegada, te reciben con amabilidad genuina y por tu nombre —en el ambiente ya se percibe un ecosistema que abraza. Aquí lo sagrado no necesita etiquetas. Sólo presencia.

Yo lo viví. Presenciar la primera aurora durante mi visita me marcó profundamente. Con un amanecer que se asomaba entre la montaña, desde lo más alto del santuario —afuera de la capilla, donde la noche pasaba la estafeta a la luz tenue que comenzaba a teñir de rojo los bordes del paisaje, comprendí que existen lugares que no sólo se recorren... se habitan interiormente. Esa fue mi experiencia al hacer el recorrido del laberinto de Chartres, réplica del original que se encuentra ubicado en la capilla de Notre-Dame, en Francia, conocido por simbolizar el camino espiritual hacia Dios.

Atardecer en el Santuario de Valle de Bravo

 

Y ahí radica el propósito de Destinos y Auroras: identificar y narrar aquellos destinos donde el lujo no es la ostentación, sino la serenidad. Donde el viaje no es evasión, sino regreso.

Porque en tiempos de ruido global, los verdaderos destinos son aquellos que nos permiten volver a nosotros mismos. Y sí —aunque suene simple— todavía existen lugares donde el alma puede descansar y recomponerse; espacios donde los sentidos se reinician y el tiempo desacelera su marcha. Lugares que no sólo te permiten irte, sino regresar distinto: más consciente, más ligera, profundamente ilusionada para lo que viene.

¡Nos vemos en la próxima Aurora!