Saldos. La decisión de saldar la democracia en México como haría un tendero para deshacerse de un producto -un saldo- que debe dejar el espacio al nuevo producto: un régimen autocrático, está develando otro flanco crítico. Está mostrando que el régimen prodictatorial abarata a sus mandos y desvalorizara a la nación misma, en un escenario de reparto del planeta a precio de ganga por los actuales tres poleos de poder mundial.
Sueños hitlerianos. La imagen producida con inteligencia artificial -y difundida por Trump para celebrar el primer año de su segundo periodo presidencial- evoca los anticipos de la Segunda Guerra Mundial, con los movimientos y los sueños hitlerianos incluidos. Desde su escritorio en el salón Oval Trump preside una fila de atentos, dubitativos o azorrillados líderes europeos, con un mapa desplegado a su izquierda en el que aparecen Canadá, Groenlandia y Venezuela integrados ya al territorio de Estados Unidos. Sí. Como Hitler y sus planes (enseguida cumplidos) de expansión sobre Polonia, Checoslovaquia, Holanda, Francia...
Diferencia. El detalle más relevante de esa imagen es que el único país tomado ya por este nuevo expansionismo imperial es Venezuela, al extremo de haberse jactado el propio Trump de estar ya a cargo de la Presidencia de esa nación. A diferencia de la resistencia de la democracia de Canadá a los escarceos del morador de la Casa Blanca fantaseando con hacer de ese país el estado 51 de la Unión Americana, y de los forcejeos de Europa frente a los aprestos estadounidenses de anexión de Groenlandia, a Trump le bastaron unas horas para irrumpir en Venezuela, una nación devaluada por un tirano, capturar al dictador y poner la depreciada estructura dictatorial al servicio del invasor. Sí. ¿Cómo cohesionar, para estos tiempos, una población polarizada y despojada de sus derechos por el dictador?
